El arca, capitulo 4, temporada 2.
Fatality había dispuesto a los habitantes en veinte filas perfectas, cada una con doscientos cincuenta cuerpos inquietos y silenciosos. El eco de los pasos resonaba en las paredes metálicas del arca como una marcha fúnebre. El ambiente estaba cargado de una tensión añeja, acumulada durante un siglo de encierro, de rutina forzada, de sobrevivencia. El aire dentro del arca olía a acero sudado y a humanidad en conserva.
Las puertas, inmensas como las fauces de una bestia dormida, comenzaron a crujir. Un quejido grave y oxidado se arrastró por las paredes, como si todo el arca gimiera por dentro. El sonido era tan profundo que vibraba en los estómagos de los presentes. Los más cercanos dieron un paso atrás por reflejo, y una nube espesa de polvo rojo cayó con estruendo cuando los engranajes finalmente cedieron.
Kilogramos de óxido se precipitaron como tierra cayendo sobre un ataúd abierto. El sol, tras cien años de ausencia, irrumpió sin piedad. Fue como un latigazo de luz. Algunos cerraron los ojos de inmediato, otros los mantuvieron entrecerrados, intentando soportar el resplandor con la piel aún pálida y fina, como si no perteneciera a este mundo.
Eran más de cinco mil personas emergiendo, pero el silencio era casi absoluto, roto apenas por jadeos breves y el susurro de pies arrastrándose por primera vez sobre suelo seco y polvoriento. Nadie hablaba. Nadie se atrevía a hacerlo.
La atmósfera no olía a muerte, como muchos temían, sino a algo más inquietante: a nada. No había rastro de flores ni de humedad, ni siquiera el hedor de la descomposición. El mundo allá afuera parecía haber sido despojado de todo olor, como si los sentidos aún no pudieran reactivarse del todo tras tanto tiempo en pausa.
La tierra estaba resquebrajada, árida, y el horizonte parecía un lienzo abandonado. Las estructuras que alguna vez se alzaron con orgullo eran ahora esqueletos retorcidos. La ciudad —si aún podía llamarse así— era solo un espejismo de concreto desmenuzado y sombras largas.
Un murmullo recorrió las filas como una ráfaga de aire: “¿Y si Elder estaba equivocado?”
El miedo los apretó por dentro, ese miedo que los había mantenido sumisos y obedientes en el encierro. La supuesta radiación. La vieja amenaza invisible. Aun así, Elder avanzó sin vacilar. Sus botas crujían sobre el polvo, su sombra era la única que parecía firme.
—No hay radiación —afirmó, su voz era grave, sin titubeos—. Lo verían en mis ojos, en mi piel. Lo sentirían en sus huesos. Pero mírenme: sigo en pie.
Algunos lo observaron con duda, otros con esperanza. La mayoría simplemente no podía dejar de mirar la nada.
Elder señaló hacia el este, más allá de una formación montañosa cuya silueta se alzaba como una barrera natural entre lo desolado y lo desconocido.
—Tras esa montaña —dijo—, la vegetación sobrevivió. El verde vive.
El murmullo se transformó en un suspiro colectivo. No era fe, era necesidad. Necesidad de creer. Y comenzaron a avanzar.
Las próximas horas se deslizaron como un suspiro denso mientras los habitantes del arca, aún aturdidos por la luz y el aire sin filtrar, se esparcían para explorar la isla. Lo hacían con pasos cuidadosos, como si el suelo pudiera quebrarse en cualquier momento o despertar alguna bestia dormida bajo la corteza reseca.
El calor les lamía la piel con una lengua áspera. No era el calor artificial al que se habían acostumbrado dentro del arca, ese que podía ser regulado, medido, apagado. Este era salvaje, indomable, real. El sudor empezó a recorrerles la espalda, la frente, los pliegues de los codos, dejando caminos salados que les picaban en la piel. Algunos se quitaban las capas superiores de sus trajes, otros las apretaban con más fuerza, como si eso pudiera protegerlos de lo desconocido.
El terreno era una amalgama de texturas extrañas. Por momentos, el suelo era suave, cubierto de una capa de ceniza fina que se levantaba con cada paso y se les metía en la garganta como un puñado de arena; en otros tramos, era rocoso, irregular, plagado de formaciones que parecían haber sido erosionadas por siglos de vientos furiosos. El sonido de las pisadas era crujiente, como si caminaran sobre huesos secos.
La vegetación era escasa al principio, apenas algunos matorrales marchitos, raíces expuestas como venas muertas. Pero, conforme avanzaban, comenzaron a notar manchas de verdor tímido brotando entre las grietas: helechos enanos, musgos aferrados a las piedras, ramas retorcidas que aún conservaban brotes de hojas pequeñas y fuertes. La vida, aunque herida, resistía.
Los sonidos de la isla eran desconcertantes. El viento silbaba de manera irregular, atrapado entre los riscos y elevaciones, generando un canto que parecía humano a ratos. A lo lejos, algún ave solitaria dejaba escapar un graznido seco, como una advertencia. El crujido de ramas rotas bajo sus pies a veces los hacía girar con sobresalto. No estaban acostumbrados al silencio vivo del mundo.
Los más curiosos tocaban todo. Las rocas calientes al tacto, los troncos quebradizos, los restos oxidados de una civilización antigua: postes torcidos, ruedas enterradas, fragmentos de vidrio cubiertos de polvo. Un niño encontró un cubierto de metal con una inscripción ilegible y lo sostuvo con asombro como si fuera un objeto mágico. Nadie sabía qué era real y qué era ruina.
El grupo se dividía sin quererlo, formando pequeñas células que se movían entre los senderos naturales, gritando nombres de vez en cuando para no perderse. Elder, que iba al frente, se detenía en cada altozano para observar el horizonte. Sus ojos buscaban algo más allá de los escombros, más allá del miedo.
Entonces, entre las sombras de una colina, alguien gritó:
—¡Verde! ¡Hay verde aquí!
El murmullo se extendió como fuego en pasto seco. Todos comenzaron a correr, jadeando, empujándose, tropezando. La esperanza, por primera vez, tenía color, tenía olor. Y olía a tierra mojada.
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