El arca, capitulo 3.

 

Elder se hallaba enclaustrado en el vientre estrecho de la Raven-9. Las correas seguían ceñidas a su torso, y el zumbido grave del motor había menguado hasta convertirse en un ronroneo casi maternal. A través de la cúpula de cristal, el paisaje pasaba en destellos borrosos: formas grises, tierras agrietadas, árboles delgados como esqueletos y sombras moviéndose con la brisa.

Tras algunos kilómetros, la cápsula descendió lentamente, como si el mismo suelo la reclamara. Las patas de aterrizaje tocaron la tierra con un crujido sordo y definitivo. Luego, el silencio. Un silencio limpio. No ese murmullo mecánico del Arca, sino uno real, sin interferencias, sin cables zumbando. Solo el mundo... esperando.

La compuerta se abrió con un chasquido hidráulico. Un haz de luz amarillenta, filtrada por una atmósfera cargada de humedad, penetró en la cabina. Elder no se movió. Su respiración era entrecortada, los dedos aferrados al borde del asiento. El miedo era denso, un nudo metálico en la garganta. Los mitos aún lo rozaban, susurrando sobre la piel quemada, la carne que se pudre al contacto del sol.

Pero entonces, una ráfaga entró.

No como una bofetada, sino como un suspiro antiguo. El aire lo envolvió, cálido y fresco al mismo tiempo, cargado de tierra mojada, de hierba viva, de algo floral que no sabía nombrar. Era como si la vida misma le acariciara los pulmones. Se le aflojaron las piernas. Se quitó las correas y bajó lentamente, con los pies tocando por primera vez un suelo sin baldosas, sin hierro.

Cerró los ojos y respiró hondo. El pecho le dolió por la profundidad de la inhalación, pero lo aceptó como se acepta un regalo. El aire era denso, vibrante, con un dejo salado, como si el mar estuviera cerca. Los olores lo aturullaban: corteza húmeda, savia dulce, moho verde, una brisa que olía a fruta madura. La piel se le erizó. No sentía dolor. No se deshacía. No moría.

Mientras tanto, en la sala de control de logística del Arca, Fatality se inclinaba sobre una mesa de proyección donde hologramas flotaban como medusas. Su voz era medida, calculada, pero cargada de urgencia.

—Si Elder sobrevive, los puntos de distribución deben estar listos en dos semanas —decía, mientras las rutas de evacuación se encendían en rojo—. Cinco centros: uno en las ruinas del antiguo distrito alfa, otro cerca del cauce este, y el tercero en lo que queda del aeropuerto. Los últimos dos dependerán del escaneo ambiental que nos devuelva la cápsula.

Una técnica joven, con el rostro ojeroso, asintió.

—¿Y si no vuelve?

Fatality tardó en responder. Miró la imagen en vivo del exterior: Elder de pie, inmóvil, con los brazos abiertos al viento.

—Entonces sabremos que el mundo no nos quiere de vuelta.

Pero en ese momento, Elder sonreía. Por primera vez en décadas, alguien había respirado el mundo. Y no era una muerte. Era un despertar.

Elder avanzaba entre la vegetación con pasos medidos, dejando que sus botas se hundieran en la tierra blanda. La humedad le lamía los tobillos, y el sonido del follaje al ceder bajo sus pisadas era casi musical, como si el mundo mismo celebrara su presencia. El aire estaba cargado de aromas: néctar, corteza húmeda, algo cítrico que flotaba desde unas flores anaranjadas. Los rayos de sol caían a través del dosel como haces dorados, pintando sombras móviles sobre su cuerpo.


No había esperado esto. Nada en los archivos del Arca describía tal abundancia. La isla no era una ruina, no era un páramo. Era... vida. Plenas enredaderas se aferraban a los troncos, frutas colgaban como joyas biológicas, y las aves —aves reales— cruzaban el cielo con chillidos agudos y plumajes que parecían arrancados de un sueño tropical.


Pero entonces, algo interrumpió su calma.


Desde una elevación cubierta de hierba alta, Elder divisó una forma en el mar, moviéndose lenta pero segura. Entrecerró los ojos. No era una roca, ni una masa flotante de algas. Era simétrico. Estructurado. Artificial.


Un barco.


Su silueta se recortaba contra el horizonte como una cicatriz en la calma azul del océano. Avanzaba con precisión, flanqueado por estelas suaves. Elder contuvo el aliento. No había reportes de actividad humana fuera del Arca. Y, sin embargo, allí estaba. Un navío.


Sin perder un segundo, se deslizó por entre los arbustos, cubriéndose con ramas bajas y helechos altos. Su respiración se volvió silenciosa, entrenada. Se ocultó tras una formación rocosa cubierta de musgo y esperó. El barco tocó tierra con un sonido profundo, casi orgánico, como el gemido de una bestia antigua al despertar.


La compuerta descendió, y lo que salió de ella no eran autómatas ni sondas de reconocimiento.


Eran hombres.


Altos. Ninguno parecía medir menos de un metro noventa. Sus cuerpos estaban esculpidos por algo más que simple genética; cada músculo se movía con precisión, como si la fuerza misma hubiese sido cultivada en ellos. No llevaban armas visibles, pero Elder sabía que con cuerpos así, quizás no las necesitaban. Sus ropas eran simples: pantalones de tela gruesa, torsos descubiertos, pies descalzos. Caminaban como si la isla fuera suya.


Elder no sentía miedo. No conocía el miedo, no como otros. Pero comprendía el valor de la cautela. Se mantuvo inmóvil mientras los observaba hablar entre sí en un idioma que no alcanzó a descifrar. Sus voces eran graves, potentes, resonaban como truenos controlados. Uno de ellos alzó un fruto, lo olfateó y lo guardó en una bolsa de fibra tejida.


Luego, sin prisa, regresaron al barco. No dejaron rastro, ni basura, ni señales de permanencia. Solo sus huellas pesadas en la arena.


Elder esperó hasta que la embarcación se perdió de vista.


El mundo había cambiado.


No estaba solo.


Debía regresar a la Raven-9. Lo que había visto no podía quedarse en su memoria. Necesitaba ser reportado. Urgente.

Horas después, Elder regresaba al corazón del Arca, aún con la sal pegada a su piel y la selva latiendo en sus recuerdos. Las compuertas metálicas se cerraron tras él con un zumbido sordo, y el familiar olor del acero reciclado y la humedad filtrada lo envolvió. Caminaba por los pasillos con paso firme, pero la mente ocupada, aún palpitando con las imágenes del encuentro.


Al llegar a la cámara de mando, lo esperaban los otros líderes. Un semicírculo de figuras erguidas con túnicas grises, la mirada fija en él como si fuese una aparición. Fue entonces cuando lo escuchó, por primera vez en voz alta:


—¡John sin miedo! —gritó uno de ellos, levantando el puño en señal de respeto.


—¡John sin miedo! —repitieron otros, coreando el sobrenombre con una mezcla de fervor y asombro.


Elder frunció el ceño, desconcertado. ¿John sin miedo? Nunca había oído ese nombre en su contexto. Pero no era momento para detenerse en títulos. Caminó hacia el centro del salón, el sudor seco en su cuello, la sangre aún caliente por lo que había presenciado.


—He visto humanos —dijo, y la sala enmudeció al instante—. Vivos. Organizados. Altos, fuertes, disciplinados. Llegaron en un barco. Recolectaron frutos. Se fueron. Como si esa isla les perteneciera.


Un murmullo se esparció entre los líderes como una marea densa. Ojos que antes parecían seguros ahora titilaban con duda, como si el suelo bajo ellos ya no fuese confiable.


Fatality se levantó de inmediato. Su silueta, alta y angulosa, proyectaba una sombra larga bajo las luces frías del techo.


—No podemos ignorarlo —dijo con voz cortante—. Si hay otros humanos allá fuera, tenemos que suponer lo peor. ¿Y si no son amigables? ¿Y si vienen por nuestros recursos?


Uno de los ancianos tomó la palabra, su voz temblorosa como papel viejo:


—¿Y si simplemente... coexistimos? No conocemos sus intenciones.


—¡Precisamente! —interrumpió Fatality—. No las conocemos. No podemos arriesgarnos. Tenemos familias aquí, niños. Agua limitada. Comida calculada al grano. ¿Vamos a esperar a que nos ataquen?


El debate se intensificó. Algunos pedían exploración, diálogo. Otros hablaban de levantar barreras, replegarse, asegurar los pasillos internos. La palabra “guerra” aún no se pronunciaba, pero ya flotaba como humo denso entre ellos.


Elder escuchaba. Analizaba. No podía negar lo que había sentido: una fuerza organizada, meticulosa. No eran salvajes, pero tampoco mostraron señales de querer contacto.


Entonces Fatality golpeó la mesa, haciendo que todas las miradas regresaran a él.


—Escuchen —dijo, con una gravedad que heló el aire—. Si no nos preparamos para la guerra, la guerra nos encontrará desprevenidos. No hablo de atacar. Hablo de sobrevivir. De tener un plan. Porque si mañana despiertan y esas criaturas ya están aquí… será demasiado tarde para discutir.


El silencio volvió, pero ahora era distinto. Pesado. Consciente.


Elder apretó los labios. Sabía que acababa de abrir una puerta que ya no podía cerrarse.

La casa de Elder era un cubículo de metal reciclado, con placas oxidadas en las esquinas y telas colgadas en lugar de puertas. El aire tenía ese olor a humedad vieja mezclado con las especias que su madre cocinaba con esmero: ajo en polvo, una pizca de algas secas, y lo poco que lograban cultivar en las torres hidropónicas. Las luces eran tenues, parpadeaban de vez en cuando como si dudaran de su propia energía.


Elder apenas había cruzado la entrada cuando escuchó la voz de su madre, alta y clara como siempre.


—¡"John sin miedo", por favor! ¿Quién fue el ridículo que inventó eso? —decía mientras removía algo en una olla de barro—. Ese nombre suena como si fueras un luchador de feria, no un líder de exploración.


—Tal vez lo sea —se burló su hermana desde el rincón, tumbada en una hamaca con los pies colgando y una sonrisa traviesa pintada en el rostro—. ¡John sin miedo! ¡El gran salvador del Arca! ¡Protege a las abuelas y espanta a los gatos!


Elder se apoyó en el marco de la entrada, cruzando los brazos, con una sonrisa cansada que no podía evitar. La voz de su hermana era aguda y burlona, pero tenía ese tono cariñoso que solo usaba con él. Llevaba un paño en el cabello y el mono gris del cultivo aún manchado de tierra.


—Mamá —dijo Elder con voz tranquila—, no es como si yo me lo hubiese puesto.


Su madre se giró con una cuchara en mano, apuntándolo como si fuera una espada.


—¡Pues debiste decir que no! Tienes un nombre. Hermoso, con carácter. Elder Space. Así te nombré. Así debes ser recordado.


—"Elder Space"... —repitió su hermana con un suspiro teatral, llevándose una mano al pecho—. ¡Eso suena a poeta galáctico, mamá! ¿Quieres que lo confundan con un cantante?


—Quiero que lo respeten —respondió la madre mientras servía tres platos humeantes—. No como una caricatura. No como un mito con nombre de chiste. Elder Space suena a destino, a misión, a alguien que puede mirar más allá del límite.


La comida olía a hogar. A lo poco que tenían y todo lo que significaba. Elder se sentó, respiró el vapor cálido del plato y miró a su madre. Tenía arrugas marcadas, pero su mirada seguía firme, como el acero que formaba las paredes.


—Te lo agradezco, mamá —dijo, con un dejo de ternura—. Pero allá fuera, los nombres los pone la gente. No uno mismo.


—Entonces que ellos digan lo que quieran —replicó ella, sentándose frente a él—. Pero tú, en tu corazón, sabes quién eres. Y para mí siempre serás Elder Space, el que nació mirando el cielo, no el que le teme a nada.


Su hermana soltó una carcajada mientras masticaba, y Elder sonrió, dejando que el calor de la comida, la voz de su madre, y las risas de su hermana lo envolvieran como un escudo contra lo que vendría.



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