El arca, capitulo 2, temporada 2.

 La sala de asambleas del Arca, amplia y hexagonal, estaba atestada de cuerpos tensos. Las paredes metálicas, cubiertas por pantallas opacas y tubos que exhalaban vapor, devolvían un eco leve a cada palabra, como si el propio lugar opinara. Un zumbido constante, profundo, proveniente del núcleo de energía, vibraba bajo los pies, inquietante como el latido de un enfermo al borde del colapso.

Fatality se mantenía de pie en el centro, vestido con su gabardina oscura, con los pergaminos digitales en la mano izquierda y una expresión tan severa como el acero desgastado que lo rodeaba. Frente a él, veinte figuras se alineaban semicircularmente: los líderes de las colonias internas, hombres y mujeres curtidos por la organización del encierro. Algunos llevaban uniformes ajados, otros túnicas de telas recicladas. Todos, sin excepción, estaban agitados.

—Los motores están cediendo —dijo Fatality, sin rodeos, con la voz firme como una orden de batalla—. Las vibraciones se incrementan cada hora. El sistema de soporte ya no aguanta. La única opción es evacuar.

Un murmullo se extendió como un fuego bajo entre la multitud. El aire olía a óxido, sudor y una tensión amarga, como si la desesperación tuviera aroma propio.

—¿Evacuar? ¿A la superficie? —espetó un hombre de barba gris y manos grandes, líder del sector de logística—. ¡Es suicidio! La radiación sigue ahí fuera. Todos lo saben.

—Lo sabíamos hace cien años —replicó Fatality—. Pero ahora sabemos más. He cruzado las lecturas de los satélites externos, los sensores de microclima, los filtros de la torre sur. Todo indica lo mismo: la radiación es mínima, comparable a los niveles previos a la guerra.

—¿Y qué hay del informe Helix? —intervino una mujer alta, con gafas de análisis colgando del cuello—. Afirmaba que la exposición prolongada era letal.

Fatality pulsó un botón en su brazalete. Las pantallas de la sala parpadearon y mostraron gráficas, registros, imágenes de animales vivos en la superficie: ciervos delgados, musgo en expansión, incluso un zorro dormido al sol.

—El informe Helix fue escrito hace tres generaciones —continuó—. Basado en datos incompletos, manipulado por el canciller para mantenernos aquí. Nos contaron un mito. Que allá fuera no había más que muerte.

Un silencio helado cayó sobre la sala. Incluso el zumbido del Arca pareció menguar.

—¿Y si es una trampa? —preguntó otro líder, con la voz quebrada—. ¿Y si todo esto es una ilusión? ¿Una falla del sistema?

—Entonces moriremos bajo tierra como ratas —respondió Fatality, con una calma terrible—. Pero si tengo razón, el mundo allá fuera no solo es habitable... es necesario. El Arca no resistirá otro ciclo. No es una decisión, es una condena si no actuamos.

Uno a uno, los líderes intercambiaron miradas. El sudor goteaba por las sienes, el metal crujía con el cambio de presión. Afuera, los motores gemían con mayor fuerza, como una bestia que se desgarra desde dentro. Y el mito… el mito comenzaba a desmoronarse.

La luz parpadeante del salón central apenas bastaba para iluminar los rostros cansados de los presentes. El aire estaba viciado, cargado con ese olor metálico y rancio tan común en los espacios cerrados del Arca. Tras la acalorada discusión con los líderes, Fatality se irguió ante la asamblea, con el semblante endurecido por la urgencia.


—Necesitamos un explorador —dijo, y sus palabras fueron cuchillas—. Uno que no tema a los mitos.


Las miradas se cruzaron, esquivas. Nadie hablaba. El silencio era espeso, como si cada garganta se hubiese sellado con plomo. Fue entonces cuando un leve ronquido quebró la tensión. En el rincón más oscuro de la sala, medio enterrado en su capucha desgastada, Elder dormía profundamente, con el rostro pegado a sus rodillas.


Una carcajada nerviosa surgió entre los más jóvenes, pero se apagó de inmediato cuando Elder se incorporó de golpe, como si las palabras de Fatality lo hubieran alcanzado en sueños. Se frotó los ojos y se puso de pie, estirando sus huesos con el crujido de un metal viejo.


—¿Un valiente, dijiste? —dijo con voz áspera, aún empapada de sueño—. Me apunto.


Los líderes lo miraron con mezcla de asombro y desconcierto. Elder, el excéntrico de la zona de reciclaje, el que hablaba con los motores y escribía poemas en los muros con grasa. Fatality no dudó.


—Sígueme.


El aire del pasillo que tomaron era más frío. Se oía el zumbido de cables ocultos en las paredes y el goteo rítmico de una fuga sin reparar. Caminaban rápido, Fatality en silencio, Elder observando cada detalle, aún medio incrédulo.


Llegaron a un hangar pequeño y oculto, sellado por una compuerta con inscripciones que databan de las primeras décadas del encierro. Fatality deslizó su brazalete por un lector, y la puerta se abrió con un suspiro mecánico. Dentro, un artefacto los esperaba: una cápsula del tamaño de un ataúd grande, aerodinámica, con una cúpula de cristal y propulsores laterales de baja elevación como alas plegadas.


—La Raven-9 —anunció Fatality—. Proyecto secreto de exploración. Energía solar, blindaje reforzado. Te llevará y te traerá. Si hay algo allá fuera... lo sabremos por ti.


Elder se acercó. Tocó la superficie lisa y sintió una vibración cálida bajo sus dedos. No era un simple vehículo. Era una promesa.


—¿Y si no vuelvo? —preguntó, sin miedo.


—Entonces sabremos que el mito tenía razón —respondió Fatality, serio.


Sin más ceremonia, Elder subió. El asiento era ajustado, casi abrazándolo. Las correas le oprimían el pecho. La cabina olía a plástico nuevo y metal aún virgen. Las luces se encendieron. El zumbido de los motores fue suave al principio, luego un rugido contenido.


La compuerta del hangar se abrió hacia el cielo gris. Una ráfaga de aire desconocido entró, húmedo, con un matiz vegetal que nadie en el Arca había sentido en generaciones.


Y con un bramido, Elder partió hacia lo desconocido.

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