El angel de la muerte y el hijo prodigo, capitulo 11.

 Yosarian Junior había tejido su telaraña con paciencia. Como un eco en la selva, el rumor se deslizó entre las sombras, filtrándose en cada rincón de Big African. Al principio, fue un murmullo suave, un secreto compartido en susurros entre los hombres bestia. Pero pronto, se convirtió en un rugido, en una promesa de libertad que encendió corazones y despertó viejas heridas.  


El aire estaba cargado de humedad y tensión cuando estalló la guerra civil. La selva vibraba con el estruendo de los tambores de guerra, el repiqueteo de los cascos y el ulular de los cuernos tribales que convocaban a los clanes a la batalla. Bajo la luz roja de un atardecer sofocante, el fragor del combate se desató como un incendio incontrolable.  


Los hombres bestia, con sus cuerpos cubiertos de cicatrices y su pelaje erizado, cargaron contra las fortalezas de sus amos con una furia alimentada por generaciones de opresión. El aire se llenó del hedor del sudor y la pólvora, de la sangre caliente que teñía la tierra oscura. Se escuchaban rugidos de leones humanoides, aullidos de lobos de guerra y los bramidos de los colosos rinocerontes que embestían las murallas con sus cuerpos masivos.  


En la capital, el palacio de mármol blanco de los amos humanos temblaba con cada explosión. El fuego lamía los edificios más antiguos, el humo ascendía en columnas espesas que oscurecían la luna. 

Las calles se convirtieron en ríos de muerte. Las lanzas de obsidiana de los hombres bestia se clavaban en los pechos de sus antiguos amos, mientras las balas silbaban entre las ruinas como insectos metálicos. Un lobo de pelaje plateado derribó a un capitán con un salto, desgarrando su garganta con colmillos afilados. En otro rincón, un minotauro arrancó las puertas de un arsenal, su aliento entrecortado por la emoción de la guerra, sus ojos inyectados en sangre.  


Pero la resistencia humana no cedía. Soldados con corazas de bronce disparaban desde las azoteas, sus rostros perlados de sudor, el miedo latiendo en sus sienes. La artillería tronaba como una tormenta, despedazando filas enteras de rebeldes con cada impacto.  


El despacho estaba iluminado por la tenue luz de una lámpara de aceite, proyectando sombras danzantes sobre las paredes de caoba oscura. Yosarian Junior se encontraba sentado frente a una larga mesa de cristal, sus dedos tamborileando sobre la superficie fría mientras esperaba la respuesta de los enviados de Nueva Europa. 

Los diplomáticos uropenses, vestidos con trajes impecables y perfumados con esencias cítricas, intercambiaban miradas. Habían escuchado la propuesta de Yosarian, pero todavía había escepticismo en sus rostros. Uno de ellos, un hombre de cabello plateado y bigote fino, tomó la palabra con voz pausada y calculada.  


—Señor Junior, lo que propone es… ambicioso. Retirar nuestro apoyo a Malerius no es un asunto menor. ¿Cómo puede garantizarnos que William estará bajo control?  


El silencio se alargó. Yosarian sonrió con confianza, dejando que la tensión creciera antes de responder. Afuera, en el puerto, se escuchaban los sonidos del metal golpeando el metal, el crujido de la madera de los barcos y las voces graves de los obreros que descargaban mercancías en los muelles.  


—William cree en la libertad de su pueblo, pero la libertad tiene un precio —dijo finalmente, inclinándose ligeramente hacia adelante—. Él necesita armas, logística, una economía que sostenga su revolución. ¿Quién puede proporcionarle todo eso sino yo? No es cuestión de controlarlo… es cuestión de ser indispensable para él.  


Los europeos intercambiaron miradas de nuevo. La lógica de Yosarian era impecable, pero aún así, había dudas.  


—Si nos retiramos de Malerius, nuestra prioridad será la estabilidad. No queremos otra guerra prolongada, queremos producción, queremos recursos. 

—Y los tendrán —interrumpió Yosarian, su voz firme como una hoja de acero—. Pero no como se hacía antes, no con esclavos y látigos. No más emperadores de tronos dorados, no más conquistadores. Es el tiempo de las fábricas, del capital. La sangre ya no se derramará en campos de batalla, sino en contratos y tratados. Es la era de las industrias.  


Hubo un largo silencio, roto únicamente por el crepitar de la lámpara de aceite. Finalmente, el diplomático de cabello plateado exhaló y extendió la mano.  


—Si cumples tu palabra, tendrás en nosotros a tus mejores compradores. 

Yosarian estrechó la mano con firmeza. A través de la ventana, vio los barcos cargueros balanceándose sobre las olas, listos para zarpar con los recursos de Big African. Sonrió para sí mismo. Había sellado el destino de una nueva era y forjado un nuevo orden.

Las luces del palacio parpadeaban como un espectro moribundo. El aire olía a ceniza y metal caliente, impregnado del sudor de los soldados que aguardaban órdenes en los pasillos. Malerius estaba de pie frente a la gran pantalla de comunicaciones, su silueta rígida iluminada por la neblina azulada del mensaje entrante.  


Las palabras eran frías, directas, como el filo de una daga hundiéndose en su espalda: Nueva Europa ha decidido suspender toda cooperación. No habrá más suministros, no habrá más refuerzos. Esta guerra ha terminado.


 Explosiones distantes hacían temblar el suelo bajo sus pies. El crepitar de los incendios era interrumpido por el rugido de motores de guerra, por los disparos erráticos de aquellos que aún se resistían a aceptar la derrota. Pero Malerius sabía la verdad. La guerra estaba perdida.  


Con un movimiento rápido, desconectó la pantalla. No había tiempo para el lamento ni para la ira. Solo quedaba huir.  


Atravesó los pasillos oscuros del búnker, su capa negra arrastrándose tras él como una sombra viviente. El eco de sus botas resonaba en el suelo de metal, marcando el ritmo de su última marcha en ese mundo. A su paso, soldados le dirigían miradas llenas de incertidumbre, pero ninguno se atrevió a preguntar. Sabían lo que significaba su prisa. Sabían que su líder los abandonaba.  


Cuando llegó al hangar, el olor a combustible fresco y ozono quemado lo envolvió. Su nave personal, el Relámpago Carmesí, estaba lista, con su casco negro reluciendo bajo las luces rojas de emergencia. Subió la rampa sin detenerse. Tras él, los motores comenzaron a zumbar con un sonido profundo y vibrante, acumulando la energía necesaria para el despegue.  


Desde la cabina, observó una última vez la superficie del planeta. Columnas de humo se elevaban hasta el cielo carmesí, testigos de una guerra que nunca debió librarse. Big African, el mundo que había jurado gobernar, se desmoronaba bajo su fracaso.  


Los controles vibraron en sus manos mientras iniciaba la secuencia de escape. Los propulsores rugieron como bestias hambrientas y, en un instante, la nave se disparó hacia el cielo. La gravedad tiró de él con furia, pero no lo detendría. Se alejó del planeta como una sombra en la noche, dejando atrás su imperio hecho cenizas.  


Cuando rompió la atmósfera y vio el vacío infinito extendiéndose ante él, Malerius exhaló lentamente. La guerra estaba perdida, pero él aún respiraba. En algún rincón del cosmos, encontraría un nuevo destino.

El aire del planeta pirata era denso y salado, con un hedor a aceite quemado y agua estancada que flotaba en cada rincón de la ciudad. Angel caminaba con paso tranquilo, su capa ondeando levemente bajo el viento cargado de ceniza. A su alrededor, los callejones de metal corroído y madera podrida eran testigos de siglos de pillaje y violencia. La noticia de la fuga de Malerius se había esparcido como pólvora. Sin su líder, la guerra estaba prácticamente terminada.  


Pero entonces lo sintió.  


Una presencia oscura, un peso en el aire, como si la misma atmósfera se volviera más densa, más opresiva. Se detuvo en seco. Frente a él, emergiendo de las sombras de un callejón estrecho, una figura imponente se alzó. Sus ropajes negros parecían absorber la luz, y sus ojos brillaban con un fulgor siniestro.  


—Después de 1600 años… finalmente te encontré.—La voz del desconocido era grave, resonante, como el eco de una amenaza ancestral.  


Angel frunció el ceño. No lo conocía.


—¿Quién eres?  


El hombre sonrió, una sonrisa fría, sin alegría.  


—Soy tu peor pesadilla.


Angel cruzó los brazos.  


—No tengo pesadillas.  


La expresión del hombre se endureció. Dio un paso adelante, su presencia imponiéndose como una sombra viva.  


—Fui quien destruyó tu clan.


Por un momento, Angel no respondió. Los recuerdos de su infancia, las historias que su abuelo le contaba, se entrelazaron en su mente.  


—Mi abuelo hablaba de un hombre… Lanza Roja.


La temperatura pareció descender. Flecha Negra apretó los puños, su mandíbula tensa.  


—¡No me llames así! —gruñó, con voz afilada como una hoja—. El verdadero nombre es Flecha Negra.


El silencio entre ellos fue pesado, cargado de electricidad contenida. Angel inclinó la cabeza ligeramente.  


—¿Qué quieres?  


Flecha Negra entrecerró los ojos, como si la pregunta lo divirtiera.  


—Quiero destruirte. En una gloriosa batalla.


Angel exhaló lentamente y flexionó los dedos. Era inevitable.


Ambos dieron un paso atrás, adoptando sus respectivas posturas de combate. El sonido de los muelles oxidados y el murmullo de los piratas en la lejanía se desvanecieron. Solo quedaban ellos dos, en un duelo que llevaba siglos gestándose.  


El viento levantó polvo y cenizas a su alrededor.  


Flecha Negra desenvainó una hoja oscura, su filo resonando con un silbido letal.  


Angel desenfundó su propia arma, su mirada firme, su respiración controlada.  


Por un instante, el universo pareció contener el aliento.  


Luego, como un trueno en el silencio, ambos se lanzaron el uno contra el otro.

El cielo sobre el planeta pirata se oscureció, como si la misma galaxia contuviera el aliento ante el enfrentamiento. Angel y Flecha Negra desataron todo su poder, una tormenta de energía dorada chocando contra una vorágine de sombras vivas.  


Angel avanzó, su chi envolviéndolo como un manto radiante, sus movimientos dejando estelas doradas en el aire. Flecha Negra se mantenía firme, sus ojos relampagueando con un brillo carmesí mientras su brujería se manifestaba en espirales de oscuridad que brotaban del suelo, retorciéndose como tentáculos hambrientos.  


El choque de fuerzas estremeció la tierra. Angel giró en el aire, lanzando una ráfaga de luz desde su palma. Flecha Negra alzó una barrera de sombras, pero la explosión lo hizo retroceder. Su defensa flaqueaba.


Pero Angel también sentía el agotamiento en sus músculos, el fuego en sus venas extinguiéndose lentamente. Su chi, antes ardiente e inagotable, comenzaba a dispersarse como cenizas en el viento.  


Flecha Negra, jadeando, se tambaleó sobre una viga oxidada. Su magia negra se deshilachaba en el aire, disipándose como humo tras una hoguera extinguida.  


Ambos lo supieron. Se habían quedado sin energía.


Era el momento del combate cuerpo a cuerpo.  


Sin mediar palabra, corrieron el uno hacia el otro. Angel lanzó el primer golpe, un directo al rostro. Flecha Negra inclinó la cabeza en el último instante, desviándolo por centímetros, y respondió con un codazo al costado de Angel, quien gruñó y giró sobre su eje, encajando una patada en las costillas de su oponente.  


El impacto resonó como un tambor de guerra. Flecha Negra escupió sangre, pero en lugar de detenerse, sonrió con los dientes manchados de rojo.  


Angel intentó seguir con otro golpe, pero Flecha Negra atrapó su brazo, lo torció y lo lanzó contra el suelo con un brutal derribo. Angel sintió el metal oxidado cediendo bajo su espalda, el dolor recorriendo su columna.  


Flecha Negra se lanzó sobre él, con los puños en alto. Angel rodó a un lado justo antes de que los nudillos de su enemigo golpearan el suelo, abollando la superficie. Desde el suelo, Angel impulsó su pierna en un barrido, derribando a Flecha Negra.  


Ambos cayeron, jadeando. Sus cuerpos, magullados y cubiertos de heridas, temblaban por el esfuerzo.  


Se incorporaron lentamente. Sus respiraciones eran entrecortadas. Ya no había magia ni chi. Solo ellos dos.  


—No... perderé... —murmuró Flecha Negra, alzando los puños.  


Angel sonrió con esfuerzo.  


—Entonces ven y demuéstralo.  


El duelo final estaba por comenzar.

La lucha se había reducido a puños y reflejos, a carne golpeando carne, a respiraciones entrecortadas y músculos al borde del colapso. Angel sentía cada fibra de su cuerpo arder, sus nudillos ensangrentados, su pecho subiendo y bajando con cada aliento forzado. Pero aún podía moverse. Aún podía pelear.  


Flecha Negra, en cambio, estaba igual de agotado, pero su mirada mantenía ese brillo cruel, esa chispa de malicia que le había permitido sobrevivir por tanto tiempo. Cada golpe que lanzaba no solo era fuerza bruta, sino estrategia calculada. Sabía exactamente dónde golpear, dónde hacer más daño.  


Angel se abalanzó con un puño directo al rostro. Flecha Negra inclinó la cabeza en el último segundo, desviándolo por centímetros, y respondió con un rodillazo al estómago que hizo que Angel casi escupiera sangre. El impacto le dejó sin aire, pero su instinto lo llevó a girar en un solo movimiento, lanzando un codazo que chocó contra la mandíbula de su enemigo con un sonido sordo.  


Ambos titubearon, tambaleándose sobre sus pies. **Estaban al límite.**  


Fue en ese momento cuando Angel lo notó. **Un mazo de cartas.**  


Durante todo el combate, incluso en los momentos más frenéticos, Flecha Negra protegía inconscientemente su bolsillo derecho, donde un grueso mazo de cartas descansaba. Cada vez que Angel lo empujaba en esa dirección, él torcía el cuerpo, alejándolo.  


Ese mazo era importante. **Vital.**  


Angel fingió un ataque directo. Flecha Negra lo esquivó, pero Angel giró en el aire y, con un solo movimiento certero, sacó una pequeña cuchilla oculta en su guante. Su hoja cortó el aire con un destello plateado y, con precisión quirúrgica, desgarró el bolsillo de Flecha Negra.  


Las cartas se dispersaron en el viento.  


Por un instante, el tiempo pareció congelarse. Flecha Negra bajó la vista, observando cómo su mazo se deshacía en el aire como cenizas en una tormenta.  


—No... —susurró, con una expresión de horror absoluto.  


Y entonces su cuerpo comenzó a disolverse.  


Su piel se fragmentó en hilos de sombra, deshaciéndose como si nunca hubiera sido real. Sus ojos se abrieron en un gesto de furia impotente, extendiendo una mano hacia Angel, como si pudiera aferrarse a la existencia un poco más.  


—No puedes... —Su voz se distorsionó, volviéndose un eco lejano—. ¡No puedes derrotarme así...!  


Angel dio un paso atrás, observando cómo Flecha Negra se evaporaba, su forma reduciéndose a polvo negro que fue barrido por el viento del planeta pirata.  


Cuando la última brizna de sombra desapareció, solo quedaron las cartas esparcidas por el suelo, sin poder, sin dueño.  


Angel exhaló, sintiendo el peso de la batalla desaparecer. Se quedó allí, mirando el lugar donde su enemigo se había desvanecido, sintiendo el sudor y la sangre secándose en su piel.  


Finalmente, la lucha había terminado.

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