El hijo prodigo y el angel de la muerte, capitulo 10.
Ángel se hallaba frente a las dos mantis, sus exoesqueletos relucientes reflejando la luz mortecina del sistema binario que flotaba sobre ellos. Eran clones de la Guadaña, aquel antiguo asesino cuya leyenda era suficiente para hacer temblar a los guerreros más curtidos. Sus cuerpos segmentados parecían obra de un escultor cruel: finos como cuchillas, con extremidades terminadas en afiladas hojas quitinosas que podían atravesar el acero como si fuera papel mojado.
El aire vibraba con la tensión del combate inminente. Una brisa cálida y polvorienta se deslizaba entre las ruinas a su alrededor, trayendo consigo el eco lejano de depredadores nocturnos que merodeaban en busca de carroña. La arena se filtraba en los engranajes de sus botas, crujía bajo sus pies en cada movimiento sutil.
Ángel desenfundó su espada más larga con un sonido metálico que rasgó el silencio. La hoja emitió un destello azul bajo la luz estelar, una serpiente de muerte ansiosa por morder. Sus dedos se cerraron con firmeza en la empuñadura, sintiendo el pulso de la energía condensada que recorría su filo.
—Crecí en un mundo donde criaturas como ustedes eran dioses —dijo, su voz tan firme como la hoja que blandía—. Un planeta donde cada día era un duelo con la muerte.
Las mantis inclinaron sus cabezas en un gesto inhumano, sus ojos compuestos reflejando miles de pequeños Ángels en cada faceta. No mostraban emoción, solo la fría determinación de depredadores perfeccionados a lo largo de milenios.
El primero en moverse fue Ángel.
Su cuerpo se lanzó hacia adelante como un relámpago, su espada cortando el aire en un arco preciso. El impacto resonó con un chasquido de metal contra quitina cuando una de las mantis desvió el golpe con su brazo en forma de guadaña. La vibración recorrió los huesos de Ángel, pero no se detuvo. Giró sobre su eje, esquivando un contragolpe que pasó a milímetros de su pecho.
El aire olía a óxido y carne vieja, un recordatorio de los incontables combates que habían teñido ese suelo de rojo.
La segunda mantis se movió con una rapidez imposible, apareciendo detrás de él en un parpadeo. Ángel apenas tuvo tiempo de alzar su espada cuando el filo de la criatura descendió en picado, cortando un mechón de su cabello. Sintió la brisa fría sobre su nuca, un aviso de la muerte danzando cerca.
No podía permitirse la distracción.
Con un rugido, se impulsó hacia adelante, deslizando la espada en un corte descendente. La primera mantis saltó hacia atrás, pero no lo suficientemente rápido: su brazo izquierdo cayó a la arena con un chasquido seco.
Un chillido agudo resonó en el aire, un sonido que perforó el cráneo de Ángel y lo hizo tambalearse por un segundo.
Suficiente para que la segunda mantis atacara.
Pero Ángel ya había aprendido a sobrevivir entre monstruos.
Se giró con una velocidad inhumana, levantando la espada en un tajo ascendente. La hoja surcó el aire con un silbido letal y encontró su objetivo.
Cada golpe resonaba con una violencia que hacía vibrar el aire, el eco de metal contra quitina rebotando entre las ruinas. Ángel apenas tenía tiempo de respirar. Sus músculos ardían con el esfuerzo de mantener el ritmo, su espada deslizándose en cortes veloces que las mantis apenas conseguían esquivar.
Las dos criaturas se movían con una velocidad aterradora, atacando en perfecta sincronía. Una hoja quitinosa descendió en picado hacia su cabeza; Ángel apenas logró desviar el golpe con su espada, sintiendo el impacto recorrer su brazo hasta el hombro. Un segundo ataque vino desde la derecha, directo a su costado. Se giró en el último instante, el filo rozándole la armadura y dejando una chispa azulada en su superficie.
Su respiración era un rugido en sus oídos, mezclado con el latido frenético de su corazón.
Una ráfaga de polvo y arena se alzó alrededor de ellos mientras esquivaban y atacaban sin tregua. El sudor le empapaba la frente, escurriéndose por su mejilla en un rastro salado. Sus músculos gritaban por alivio, pero no podía ceder. No contra ellas.
—¡No voy a caer aquí! —gruñó, impulsándose con todas sus fuerzas.
Se movió más rápido de lo que su cuerpo parecía capaz, sintiendo el viento cortante a su alrededor cuando su espada se cruzó con la de la primera mantis. Las chispas danzaron entre ellos como un enjambre de luciérnagas en la noche. Un destello de luz cegadora iluminó el campo de batalla cuando la criatura giró su segundo brazo, intentando un tajo descendente.
Ángel se deslizó bajo el ataque en el último instante, el filo silbando sobre su cabeza por una fracción de segundo. Sintió el calor de su propia sangre cuando la guadaña enemiga le cortó superficialmente el brazo, pero no se detuvo.
Usó la inercia de su movimiento para impulsarse hacia arriba y, con un grito, lanzó un tajo ascendente con toda su fuerza.
La espada encontró su objetivo.
Un chasquido seco resonó cuando la cabeza de la primera mantis rodó por la arena.
La segunda criatura chilló, un sonido agudo que perforó el aire. Sus extremidades se crisparon, su cuerpo entero vibrando de furia. Y entonces se lanzó sobre él.
Era más rápida. Más brutal.
Ángel sintió el peso del cansancio aplastándole los pulmones, cada respiración un incendio en su pecho. Pero no podía rendirse. No ahora.
Concentró toda su energía en un solo movimiento.
Cuando la mantis atacó con ambas guadañas al mismo tiempo, él dejó caer su espada, atrapando los filos con sus propias manos enguantadas. El dolor se encendió en sus palmas, pero no lo soltó.
Con un rugido, usó la fuerza de la criatura en su contra, girando sobre su eje y empujándola hacia el suelo con un impacto brutal. En un parpadeo, recuperó su espada y la hundió en el torso del monstruo.
Un último chillido. Luego, silencio.
Su pecho subía y bajaba con dificultad.
Había ganado.
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