El hijo prodigo y el angel de la muerte, capitulo 9.

 La guerra estalló con la violencia de una tormenta cósmica. En los vastos rincones del sistema solar, las naves de combate surgieron de la nada, emergiendo del hiperespacio con un estruendo ensordecedor que sacudió las estructuras mismas de la realidad. Los motores rugían, vibrando en el aire con una furia incontrolable, y el espacio, en su infinita quietud, se convirtió en un campo de batalla donde la vida y la muerte se medían en destellos de energía.


A través de los ventanales blindados de las naves, el cielo estrellado se iluminó con explosiones cegadoras. Los disparos de plasma salían disparados, cruzando el vacío con la rapidez de un relámpago, mientras las naves enemigas se desplegaban en formaciones geométricas, sus escudos brillando con el impacto de los proyectiles. Cada choque resonaba en el vacío, un sonido solo perceptible a través de la vibración que se sentía en los huesos de los tripulantes. Era como si el mismo espacio temblara bajo el peso de los impactos.


En las cubiertas de mando, los oficiales gritaban órdenes a través de los altavoces, sus voces resonando en las salas llenas de pantallas holográficas. Las imágenes de las naves enemigas se proyectaban con precisión matemática, mientras los operadores de armas ajustaban los controles, enviando ráfagas de energía pura hacia las siluetas oscuras del enemigo. El aire estaba denso, cargado con el humo artificial de los sistemas de combate, y la humedad de la preocupación se filtraba por cada rincón. El sudor cubría las frentes de los hombres y mujeres que, por un momento, olvidaban la frialdad del espacio y se sumergían completamente en la tensión de la batalla.


En las naves más pequeñas, los pilotos sentían el retumbar de los disparos en sus cuerpos, como si el impacto de cada proyectil pudiera arrancarles la vida en un segundo. El acero de las naves crujía bajo la presión de las ráfagas, y la vibración de los motores se filtraba a través de las piernas y los brazos, como si la nave misma fuera una extensión del cuerpo humano. Los monitores parpadeaban, proyectando imágenes de fuego y devastación, mientras el aire en la cabina se volvía cada vez más pesado, cargado de desesperación y adrenalina.


Fuera, las explosiones iluminaban el espacio, un mar de luz en la oscuridad infinita. Los misiles atravesaban el vacío, dejando estelas de fuego que se desvanecían en segundos, pero cada destello dejaba su marca en el firmamento. Los cascos de las naves estallaban con un rugido de metal doblado, y las nubes de escombros se dispersaban en todas direcciones, como meteoros en caída libre.


El espacio ya no era más un lugar silencioso y vacío. Se había convertido en una tumba resonante, llena de gritos silenciosos, rugidos de motores y el crepitar de la energía destruyéndolo todo. La guerra era imparable, inevitable, y su ruido se extendía como una enfermedad por todo el sistema, donde cada estrella parecía ser un testigo mudo del caos.


En el corazón de una fortaleza flotante, William jadeaba, su cuerpo cubierto de pelo, sus músculos tensos después de horas de entrenamiento. Yosarian Primero, de pie frente a él, lo observaba con la calma de un veterano que ha visto innumerables batallas.


—No es solo la fuerza —dijo el anciano, cruzando los brazos—. Es la intención detrás de cada movimiento, debes desatar tu rabia.


William asintió, sintiendo la vibración de la nave bajo sus pies mientras los motores se ajustaban en la órbita. La sala de entrenamiento estaba llena de dummies mecánicos desmantelados, restos de un combate implacable. Su respiración era pesada, y el aire olía a metal recalentado y aceite quemado, una mezcla que se adhería a su piel como un recordatorio de la guerra inminente.


—De nuevo —ordenó Yosarian.


William tomó una posición de combate. Sus músculos ardían, pero su mente estaba enfocada. El entrenamiento no era solo para fortalecer su cuerpo, sino para templar su espíral.


A años luz de distancia, en el planeta de los piratas, Ángel se enfrentaba a la tormenta.


La arena de batalla era un cráter polvoriento, rodeado por ruinas oxidadas de antiguas naves caídas. El aire estaba denso con el olor a sangre y sudor, el calor sofocante hacía que cada inhalación se sintiera como fuego líquido entrando a los pulmones.


Frente a él, cinco guerreras genéticamente modificadas, Verdugos de élite, lo rodeaban en una formación letal. Sus cuerpos eran perfectas máquinas de guerra, sus músculos afilados como cuchillas y sus ojos carentes de piedad. Sus movimientos eran demasiado rápidos, casi imperceptibles, como si el tiempo mismo se doblara a su alrededor.


Ángel sintió la presión de la batalla antes de que siquiera comenzara. Sus enemigos eran implacables, cada una de ellas con habilidades sobrehumanas. La primera atacó, su espada cortando el aire con un silbido mortal. Ángel apenas tuvo tiempo de esquivar antes de que la segunda entrara en acción, obligándolo a retroceder.


Sacó su primera espada, una reliquia del pasado, su filo resplandeciente bajo la luz carmesí de los soles gemelos. Bloqueó un golpe, giró sobre su eje y cortó en diagonal. Chispas volaron cuando el metal chocó contra metal, y un alarido inhumano retumbó cuando su espada encontró carne.


Pero no tuvo tiempo de descansar. Las otras cuatro atacaron al unísono.


Con un gruñido, Ángel desenvainó una segunda espada, luego una tercera. Cada arma tenía su propia historia, su propio peso en la guerra. Esquivó un tajo por centímetros, sintiendo el aire silbar junto a su mejilla, y respondió con una estocada rápida, atravesando el cuello de otra Verdugo.


Una tras otra, sus enemigas caían. Sus movimientos se volvían más feroces, su instinto de supervivencia avivado por la brutalidad del combate. Finalmente, cuando solo quedaba una, Ángel detuvo su último golpe con una de sus espadas y hundió la otra en su pecho.


El cuerpo de la última Verdugo cayó pesadamente al suelo.


El silencio se instaló en el campo de batalla. Solo su respiración agitada rompía la quietud.


Ángel guardó sus espadas una a una, su mirada perdida en el horizonte ardiente.


Había vencido. Pero la guerra apenas comenzaba.

Resistencia en Big African


El planeta Big African era un caos en llamas. Las inmensas llanuras, antes dominadas por el rugido de las máquinas extractoras, ahora vibraban con los gritos de guerra de los hombres bestia. Eran miles, quizás millones, organizados en células de resistencia que atacaban sin piedad. Sus cuerpos colosales, cubiertos de pelaje grueso y cicatrices de antiguas batallas, los convertían en enemigos formidables. Sus ojos brillaban con un odio ancestral hacia los soldados enviados a sofocarlos.


Las ciudades semiindustriales estaban en llamas. Las enormes factorías, con sus chimeneas que antes escupían humo negro al cielo anaranjado del planeta, ahora yacían en ruinas o bajo asedio. Las balas apenas ralentizaban a las bestias, cuya fuerza bruta hacía trizas los blindajes de los vehículos de guerra. Cada escuadrón enviado era tragado por la vorágine de la revuelta, sus cadáveres destrozados quedaban esparcidos entre las ruinas.


Desde su despacho fortificado en la capital del planeta, Malerius observaba con el ceño fruncido los informes holográficos. Las cifras eran alarmantes: la producción estaba cayendo en picada, los envíos de recursos se retrasaban y los ataques se multiplicaban como una plaga indomable. La sala de mando estaba llena de oficiales que intentaban gritar órdenes entre el sonido constante de alarmas y explosiones lejanas.


Malerius activó su comunicador y, con voz tensa, exigió una conexión inmediata con el canciller de Nueva Europa.


—Necesito un préstamo, ahora —espetó apenas la imagen del canciller apareció en el proyector—. Si no aseguramos refuerzos, perderemos. fríos, suspiró.


—Las tasas serán altas, Malerius. Esto es un riesgo enorme.


—No hay opción.


El trato quedó sellado en cuestión de minutos, pero la guerra en el planeta continuaba devorándolo todo.


Coordinación en Planeta X


Mientras tanto, en la lejana órbita de Planeta X, Yosarian Junior Estaba en el centro de una vasta red de producción industrial, donde el rugido de las fábricas nunca cesaba. Desde su estación de mando, observaba a los ingenieros y operarios moverse como hormigas entre las colosales cadenas de ensamblaje. El aire olía a aceite caliente, metal fundido y sudor.


Su voz resonaba en los altavoces de la base:


—Redirijan toda la energía a la línea de ensamblaje 7. Necesitamos más armaduras y refuerzos mecánicos para los piratas.

Los monitores mostraban números fluctuantes. Cada hora contaba. Si la resistencia en Big African se salía de control, la guerra entera podría cambiar de rumbo.


Con un gesto, Yosarian Junior envió la señal a todas las fábricas del sector. Planeta X trabajaría sin descanso. Las fábricas vomitarían armamento a un ritmo inhumano. No había otra opción.


La guerra lo demandaba.



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