El hijo prodigo y el angel de la muerte, capitulo 8.

 El hielo crujía bajo los golpes rítmicos de los obreros. Jesús Manso Smith observaba con los brazos cruzados mientras el hielo se astillaba en fragmentos afilados y resplandecientes. Había traído aquellos bloques a petición de la colonia en el planeta de los volcanes. Con su agua líquida escasa y su atmósfera hostil, cualquier recurso hídrico era invaluable. Sin embargo, algo extraño ocurría.


Un murmullo inquieto recorrió a los trabajadores cuando, en lugar de agua derretida, una sustancia negra y espesa comenzó a filtrarse entre las grietas del hielo. No era un líquido, sino algo más denso, algo que parecía tener voluntad propia.

Los obreros retrocedieron cuando los fragmentos dispersos de aquel material comenzaron a deslizarse unos hacia otros. Primero, se arrastraron como si un campo magnético invisible los uniera; luego, cuando el último pedazo encontró a los demás, la sustancia se elevó en el aire.


El gas negro se arremolinó, expandiéndose y contrayéndose en un vaivén hipnótico, hasta que, de pronto, adoptó una forma definida. Era humanoide. No solo eso: tenía el rostro y la silueta de Jesús Manso Smith.

Los colonos alzaron sus armas. Nadie disparó, pero los dedos estaban tensos sobre los gatillos. El ente gaseoso permaneció inmóvil, con el reflejo opaco de unos ojos que imitaban los de Jesús. Su piel de sombra parecía vibrar con las corrientes de aire, pero su postura era serena. No mostraba signos de agresión.


William avanzó con cautela, sacando de su bolsa un tarro metálico con una sustancia espesa de color ámbar: dulce de jarabe de algas. Lo destapó y se lo tendió a la criatura.

Hubo un instante de expectación. Luego, el ente extendió una mano nebulosa y tomó el tarro con dedos sin solidez aparente. La sustancia negra que lo conformaba se envolvió alrededor del frasco, analizándolo. Después, con una fluidez inquietante, el tarro quedó vacío.


El silencio reinó en el campamento. La criatura había consumido el dulce sin ninguna señal de violencia o incomodidad.


—Lo ha aceptado —dijo William, girándose hacia los demás.


Los obreros bajaron ligeramente sus armas, aunque no apartaron la vista del ente.

—continuó William—. Durante las exploraciones en Marte, encontraron vestigios de algo parecido. Siempre pensamos que estaban extintos, pero no lo estaban. Solo dormían en el hielo.


Jesús Manso miró su reflejo viviente. El ente parecía estudiarlo a su vez. No había hostilidad en su expresión, sino una extraña curiosidad.


El aire del planeta de los volcanes vibraba con el calor que ascendía del suelo, distorsionando la silueta de la criatura. Por primera vez en siglos, aquellos seres no estaban extintos. Habían despertado.

Los enormes cargueros descendieron lentamente sobre la plataforma de aterrizaje de la fortaleza de Malerius. Un siseo metálico acompañó la liberación de los seguros de las compuertas, y en cuanto estas se abrieron, una hilera de figuras emergió de la bruma que se disipaba con el calor de los propulsores. Eran las mujeres soldado de Nueva Europa, creadas genéticamente para la guerra, cada una con una precisión biomecánica en sus movimientos, ojos fríos e inquebrantables, cuerpos esculpidos para el combate.

Malerius las observó desde una plataforma superior, las manos entrelazadas tras la espalda. No había informado a sus aliados sobre este cargamento, y no tenía intenciones de hacerlo.


—Llévenlas al laboratorio —ordenó a los científicos.


Las figuras vestidas de blanco avanzaron con instrumentos de análisis en mano. Aquellas mujeres soldado debían ser comprendidas, diseccionadas si era necesario, copiadas. Malerius no confiaba en depender de Nueva Europa más de lo indispensable.

Mientras tanto, la producción de armamento a cargo de los hombres bestia alcanzaba niveles estratosféricos. En las forjas ardientes, las bestias trabajaban sin descanso, sus garras moldeando el metal con precisión brutal. Martillos caían con estrépito, las chispas saltaban en el aire denso de hollín. Cañones de energía, rifles de asalto, lanzadores de plasma, todo salía de aquellas fábricas en cantidades inimaginables.


Malerius revisó los informes y, con una leve inclinación de cabeza, emitió una nueva orden.

Rodeen el planeta de los piratas. Mantengan la vigilancia en todo momento.


Flotas de acorazados se desplegaron en el espacio, formando un cerco impenetrable alrededor del planeta. Cualquier intento de fuga sería sofocado antes de que siquiera se activaran los motores de salto.


Poco después, una sombra se proyectó en la estancia de Malerius.


Era Flecha Negra.

Su presencia era como un pozo sin fondo de oscuridad, un vacío que devoraba la luz a su alrededor. Su silueta era humanoide, pero su piel parecía absorber la realidad misma, como si fuera un reflejo del abismo. No emitía sonido al moverse, y su voz era un murmullo espectral que se filtraba en la mente.


—Necesito herramientas —dijo—. Y armamento funcional.


Malerius entrecerró los ojos.


—¿Para qué?


—Para ejecutar a Ángel.


El nombre hizo que el aire pareciera volverse más pesado. Malerius apoyó las manos en la mesa de control.

—¿Te refieres al amigo de William?


Flecha Negra asintió.


Malerius midió sus opciones. Podría intentar negociar, pero intuía que aquello sería inútil. Aquel ser no cedía, no aceptaba condiciones.


—Puedo darte lo que necesitas —dijo finalmente—, pero…


Flecha Negra inclinó levemente la cabeza, la negrura de su rostro sin ojos perforándolo con una mirada invisible.


Malerius suspiró y cedió.


—Que así sea.

Las forjas rugían con el estruendo de martillos golpeando metal ardiente, y el aire denso olía a ceniza, sudor y aceite. Dentro de las cavernosas fábricas subterráneas, los hombres bestia trabajaban sin descanso, sus músculos tensos bajo la luz anaranjada del fuego, sus garras ensangrentadas por heridas que nunca tenían tiempo de sanar.


Pero la fatiga se acumulaba.


Los líderes de las tribus más antiguas se reunieron en secreto en una de las cámaras más profundas de la forja, lejos de los ojos vigilantes de Malerius y sus agentes. Allí, la única iluminación provenía del brillo del metal fundido que se deslizaba por canales en las paredes, reflejándose en los ojos afilados de los presentes.

Skarn, un viejo obrero de pelo gris golpeó el suelo con la base de su lanza improvisada.


—Hemos trabajado hasta desgarrarnos las garras, hemos forjado armas para otros mientras nuestras crías mueren de hambre. —Su voz era un gruñido profundo, reverberante—. ¿Cuánto más aguantaremos?


A su lado, Grezh, una mujer bestia de pelaje oscuro y cuernos astillados, asintió con un resoplido.

—nosotros ser esclavos.

Un murmullo de aprobación recorrió la sala. Algunos de los presentes apretaron los puños, otros dejaron escapar gruñidos bajos y amenazantes.


—Si alzamos la voz demasiado pronto, nos aplastarán —dijo skarn—. Pero si no lo hacemos, nos desgastaremos hasta convertirnos en polvo.


Skarn miró a cada uno en la sala. Respiró hondo, sintiendo el peso de la historia sobre sus hombros.

—No propongo una rebelión abierta. Aún no. Pero debemos prepararnos. Almacenar recursos, asegurarnos de que las armas que forjamos para ellos puedan volverse en su contra si llega el momento.

En una pequeña sala de reuniones improvisada, el aire estaba cargado con el olor metálico de los circuitos y el zumbido suave de las pantallas holográficas que flotaban alrededor de la mesa. Yosarian Junior, con su cabello corto y oscuro, jugaba con una esfera de metal entre sus dedos, sus pensamientos más allá del cuarto, en los cálculos y los pactos que se tejían en la vasta red de alianzas interplanetarias.

Freddy, su amigo de ojos brillantes y cara afilada como una cuchilla, se recostaba en una silla con una pierna sobre la otra, mirando la holografía que mostraba los modelos de naves que Yosarian había diseñado: pequeñas, ágiles, de un material flexible que podría resistir las extremas variaciones de temperatura del planeta de los valles. De bajo costo, pero efectivas. Naves que no solo servirían para el transporte, sino también como herramientas para de guerra.

—Es impresionante —comentó Freddy, tomando una bocanada de aire y dejándola escapar lentamente—. ¿sigues planeando convocar a William?


Yosarian levantó la mirada de los esquemas que flotaban frente a él. Sus ojos, de un verde intenso, brillaban con una mezcla de ambición y cálculo. Su rostro, aunque joven, reflejaba la experiencia adquirida en años de intriga política y acuerdos arriesgados.

—Lo necesito —dijo, su voz suave, pero con una determinación que resonaba en las paredes metálicas del cuarto. Giró la esfera en sus manos, observando cómo brillaba en la luz tenue de la sala—. William sera... un títere, Freddy. Y necesito uno para mis planes. No puedo permitirme fallar en esto.


Freddy arqueó una ceja, claramente intrigado. La sala era cálida, el sonido de la nave que orbitaba afuera, en su estación temporal, se filtraba en forma de un zumbido bajo. El entorno estaba lleno de tecnología avanzada, pero el ambiente era casi claustrofóbico, con las luces parpadeando levemente en la penumbra. Una sensación de pesadez colgaba en el aire.


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