El hijo prodigo y el angel de la muerte, capitulo 7.
Días después, la pantalla holográfica frente a Malerius brillaba con un resplandor helado. Su dedo tocaba suavemente la superficie cristalina, desplazando la imagen de Jesús Manso Smith, el piloto que había logrado evadir una trampa aparentemente infalible. Sabía, sin lugar a dudas, que era él, el único con la habilidad necesaria para haber ejecutado tales maniobras en medio del caos del espacio. La imagen de Smith apareció con una nitidez casi inquietante, sus ojos grises, desafiantes y fríos, reflejaban una calma casi sobrenatural frente al peligro. Malerius apretó los labios, reconociendo la verdad en su interior: ese hombre no era solo un piloto, sino un obstáculo.
El resplandor azul de la pantalla iluminó su rostro severo, pero la tensión en sus hombros delataba la tormenta interna que se desataba en su mente. William, su hermano, no era más que un estúpido afortunado. Había arrastrado su suerte de batalla en batalla, pero nunca con la brillantez que Malerius sabía que era necesaria para ganar una guerra. Mientras sus dedos comenzaban a deslizarse sobre la mesa de obsidiana negra, una firme resolución tomó forma en su mente.
No había tiempo que perder. En su mirada, el deseo de venganza se encontraba con una estrategia despiadada. Sin pestañear, dio la orden. El tono de su voz era como el filo de una navaja.
—Ejecutar al Fantasma. Cualquier piloto que lo consiga… ascenderá inmediatamente.
El silencio que siguió fue espeso, casi palpable. La única fuente de sonido era el suave zumbido de los sistemas holográficos y el murmullo distante de los motores de la estación espacial. El capitán a cargo del envío de órdenes se inclinó ligeramente, apenas moviendo un músculo, y salió sin decir una palabra. No había necesidad de más explicaciones. Malerius siempre obtenía lo que quería, sin importar cuán costoso fuera.
Sin perder el ritmo, Malerius introdujo una nueva orden. Un toque más sobre la pantalla hizo que una imagen de una tonelada de zorgon se materializara frente a él. El material brillaba con un resplandor casi etéreo, su superficie líquida parecía absorber la luz, como si el propio espacio lo quisiera devorar. Malerius observó la proyección, sabiendo que la oferta que acababa de hacer llevaría a muchos a intentar descubrir la identidad del amigo de William. Ese guerrero desconocido que había acompañado a su hermano durante tanto tiempo. En su mente, una sospecha se formó, pero no estaba dispuesto a arriesgarlo todo sin más pruebas. La recompensa en zorgon aseguraría que los cazadores de sombras lo trajeran ante él.
Finalmente, Malerius permitió que su vista se deslizara hacia el horizonte estrellado a través de los ventanales de la sala de guerra. La vastedad del espacio era impresionante, pero lo que realmente ocupaba su mente era la cercanía de la guerra. La tensión en el aire, la presión de las decisiones que ya no podían ser ignoradas, lo envolvía todo.
Con un movimiento decisivo, activó la siguiente orden. Los informes sobre los hombres bestia, alienígenas, criaturas peludas y humanoides, fueron desplegados sobre su pantalla. Sus ojos recorrieron rápidamente los detalles, observando las estrategias que habían funcionado para moldear sus cuerpos y mentes. La guerra ya no podía ser evitada. Era inevitable. Pero con el uso de estos seres, la balanza podía inclinarse a su favor.
—Explotar el trabajo de los hombres bestia-alienígenas. Que comiencen la producción de naves y armas de batalla de inmediato.
El sonido de la notificación de la orden se perdió en el aire mientras los datos comenzaban a fluir hacia las fábricas y laboratorios. La guerra se acercaba. Y esta vez, no habría lugar para la suerte o la improvisación.
El polvo volcánico se levantaba en pequeñas nubes a cada paso que William daba sobre la tierra, una tierra que había conocido en su infancia y que, a pesar de los años, seguía siendo la misma. A su alrededor, el paisaje árido y de tonos grises se extendía hasta donde la vista alcanzaba, con las cumbres de los volcanes apagados recortadas contra el cielo de un azul intenso. Los arcos de roca, las montañas erosionadas, las grietas en la superficie del suelo… todo en este planeta mostraba las cicatrices de una época que ya no existía.
A pesar del aspecto desolado, la colonia era un refugio oculto en este vasto territorio. Había sido construida en una serie de cavernas naturales y estructuras adaptadas a las rocas, con materiales que se fundían perfectamente con el entorno del volcan La construcción era sólida, con una arquitectura que reflejaba la austeridad y la necesidad de adaptación a un ambiente tan hostil.
Cuando William y sus amigos llegaron, la recepción fue cálida y sin pretensiones. Los colonos, la mayoría de ellos de rostro curtido y manos ásperas por el trabajo diario, lo miraron con una mezcla de nostalgia y respeto. Había algo en sus ojos, un destello de reconocimiento y cariño, que William no había sentido en mucho tiempo. Las voces, profundas y amables, se entrelazaban mientras se acercaban a saludarlo. En ese lugar, él no era solo un visitante, sino uno de los suyos, un hermano perdido que volvía a su hogar.
La figura de su madre, la emperatriz, flotaba en sus recuerdos, pues era ella quien lo había enviado aquí cuando apenas era un niño. Su crianza había sido comunitaria, algo ajeno a la realeza, pero en este rincón lejano del universo, William había encontrado un sentido de pertenencia que nunca tuvo en los palacios dorados. Los sujetos lo miraban curiosos, algunos de ellos reconocían en él al niño que había sido, con los mismos ojos de fuego, aunque ahora algo más endurecidos, como si las experiencias y las batallas lo hubieran forjado de una manera diferente.
El aire estaba cargado de la tierra volcánica, con un aroma metálico que dejaba un gusto ácido en la lengua. El sonido de los pasos sobre las superficies rocosas resonaba con un eco sordo, mientras los colonos se aproximaban para saludarlo. Las mujeres, con sus ropas sencillas pero funcionales, traían platos sencillos, pero de un olor que evocaba la calidez de las comidas compartidas. El viento soplaba, llevando consigo partículas de polvo y el olor característico de la lava enfriada, pero también un frescor de las pequeñas plantas resistentes que crecían en las grietas de las rocas, una señal de vida que persistía a pesar de las dificultades.
William respiró hondo, dejando que la sensación de pertenencia se filtrara en su pecho. Sabía que este lugar, aunque remoto y peligroso, era su verdadero hogar. Aquí, no había coronas ni tronos, solo su gente, su familia.
En un rincón olvidado de la galaxia, donde la luz de las estrellas apenas lograba filtrarse a través del manto de la oscuridad, un ser solitario permanecía inmóvil, como una sombra más en el vasto vacío. Su mirada era tan profunda y oscura como el espacio mismo, un abismo inalcanzable que parecía devorar toda esperanza y luz. La capucha blanca que cubría su rostro añadía un aire etéreo y misterioso, difuminando las líneas de su figura. Sólo sus ojos, dos espejos de oscuridad, revelaban la intensidad de su presencia.
Ante él, sobre una mesa rudimentaria de metal desgastado, descansaba una foto amarillenta y arrugada de un joven. El chico de la imagen tenía una expresión desafiante, su rostro un reflejo de la dinastía que el hombre odiaba profundamente. El joven en la foto al que William llamaba angel era el objetivo de la recompensa que Malerius había ofrecido. El sujeto conocido como "Flecha Negra" no necesitaba pensar mucho para saber lo que significaba esa recompensa. Lo que Malerius proponía no era solo dinero; era una trampa para aquellos que se atrevieran a desafiar su poder.
El aire en la pequeña habitación estaba denso, cargado de la electricidad de una decisión inminente. El brillo de las estrellas a través de una ventana opaca apenas iluminaba su rostro. La atmósfera era pesada, a la vez opresiva y quieta, como si todo el universo se hubiera detenido solo para escuchar los susurros del viento que se filtraban por las rendijas de la nave en la que él residía. La nave estaba situada en un sector de asteroides, donde el frío del espacio profundo y el calor de los sistemas internos de la nave competían en una danza perpetua, creando una sensación de incomodidad, pero el sujeto parecía no inmutarse ante ello.
Con un movimiento lento pero preciso, el "Flecha Negra" sacó una baraja antigua de cartas del tarot de su capa. Las cartas, gastadas por el tiempo y el uso, tenían bordes dorados que brillaban débilmente en la oscuridad, como si estuvieran imbuidas de una energía arcana. Las sostenía con una mano firme, su otra mano deslizando suavemente la capa de su capucha hacia atrás, revelando parte de su rostro sombrío. Sus labios se movieron, pronunciando palabras en latín, como si las cartas fueran la llave a una puerta de destino sellada por eras.
"Veni, veni, quem ego quaero," murmuró con una voz grave, como si estuviera invocando algo antiguo y poderoso, algo que trascendía el tiempo y el espacio. El aire a su alrededor pareció volverse más denso, casi palpable, como si las palabras tejieran una realidad diferente en el tejido del universo.
Con una precisión casi ceremonial, comenzó a barajar las cartas, el sonido del papel rozando entre sus dedos como el crujir de un fuego lejano. Cada movimiento estaba impregnado con la concentración de años de experiencia, de sacrificios, de decisiones que le habían llevado hasta este punto. Sabía que el destino de este chico, Ángel, estaba ligado a él de una manera que ni el mismo joven entendía. Aquel chico, heredero de una dinastía que él repudiaba, era ahora el centro de su próximo objetivo.
El "Flecha Negra" no era un hombre de palabras innecesarias. No necesitaba hablar de más, solo dejaba que el susurro de las cartas guiara su camino. Con una mano, barajó hasta que una carta se destacó por encima de las demás, una carta que brilló levemente en la penumbra. Un presagio, tal vez. O quizás, el principio de algo mucho más grande.
Sin dudar, con un gesto decidido, recogió la carta. La miró fijamente, dejando que su mente viajara más allá de las estrellas, hasta el corazón mismo de su objetivo. El viento silbó levemente en los rincones de la nave, como una última advertencia.
El aire denso y húmedo del salón de negociaciones en el planeta de los piratas envolvía a Yosarian Junior, quien se encontraba de pie frente a los representantes, su mirada firme, mientras observaba el entorno con cautela. La sala, ubicada en lo profundo de una fortaleza subterránea construida en las entrañas de un volcán extinto, estaba iluminada por luces frías y artificiales que reflejaban sobre las superficies metálicas del lugar, dándole un tono grisáceo a todo lo que tocaban. El aire estaba impregnado de un ligero olor a óxido, mezclado con el humo de las cigarrillos de los piratas, cuyos residuos flotaban por el ambiente.
Los representantes del planeta, figuras encapuchadas y con ropas oscuras de cuero, se hallaban sentados alrededor de una mesa ovalada, cada uno de ellos vigilante, con los ojos entrecerrados y llenos de desconfianza. A diferencia de Yosarian, que parecía imperturbable, ellos mantenían una postura cerrada, dispuestos a negociar solo hasta donde les convenía. Las marcas de guerra y desgaste en sus vestimentas mostraban años de batalla y resistencia, mientras sus manos descansaban sobre sus armas de última tecnología, visibles en todo momento.
Yosarian Junior rompió el silencio con una voz clara y calculada, que resonó en la sala como el eco de una decisión tomada: “Enviaré las armas, pero con una condición. Cuando esta guerra termine, quiero la instalación de mis fábricas en su planeta. Quiero producción, quiero comercio”. Las palabras colisionaron en el aire con un peso casi tangible, el eco de su determinación se extendió más allá de la mesa.
Un murmullo recorrió el grupo de piratas. Algunos se tensaron, mientras que otros se limitaron a mirar a Yosarian con una mezcla de respeto y desdén. El líder del grupo, un hombre de rostro cicatrizado, con un parche en uno de los ojos, inclinó su cabeza hacia un lado, observando con cautela a Yosarian. Su mirada era intensa, como si estuviera evaluando cada palabra que había dicho.
"Eso lo decidirá el próximo emperador," replicó uno de los representantes, su voz grave y áspera, como si cada palabra estuviera recubierta de metal. Un desafío implícito se percibía en su tono, un recordatorio de la jerarquía bajo la cual habían vivido durante generaciones. Los piratas nunca habían estado acostumbrados a seguir órdenes de nadie, pero el poder imperial era algo con lo que siempre habían tenido que lidiar.
Yosarian Junior no se dejó intimidar. Su expresión, dura como el acero, permaneció impasible. Caminó lentamente por la sala, sus botas resonando con fuerza en el suelo de metal. La vibración de sus pasos se sentía en los huesos de aquellos que lo observaban. “Si ganan esta guerra,” dijo, con una sonrisa astuta, “no tendrán que seguir obedeciendo a un emperador. Podrán gobernarse a sí mismos, libres de esa opresión.”
El silencio llenó la sala. Los piratas intercambiaron miradas, algunos aún escépticos, otros más receptivos a la idea. La promesa de libertad era poderosa, más que cualquier emperador que pudieran desafiar. Finalmente, el líder de los piratas asintió lentamente, un gesto apenas perceptible, pero lo suficiente para que Yosarian supiera que había conseguido lo que quería.
“Trato cerrado,” dijo el líder, y la tensión que había impregnado el ambiente comenzó a disiparse, aunque aún quedaba una sombra de duda en el aire.
Yosarian Junior, satisfecho, giró sobre sus talones y comenzó a caminar hacia la salida la vibración de sus pasos resonando una vez más en la sala, como un recordatorio de que ahora tenía una nueva carta en su mano, un trato que podría cambiar el destino de todo el sistema.
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