El hijo prodigo y el angel de la muerte, capitulo 5.
William descendió del cielo nocturno con las alas aún vibrando por el vuelo. La nave de Jesús Manso Smith flotaba a la distancia, oculta tras un cúmulo de asteroides dispersos. Bajo él se extendía el planeta de los piratas, una tierra sin ley, de mares oscuros y ciudades flotantes hechas de restos de naves antiguas. El aire estaba cargado de sal y óxido, un hedor a metal viejo y combustible rancio impregnaba cada rincón.
Aterrizó en la plataforma de una de las ciudades flotantes, donde luces parpadeaban entre cables expuestos y estructuras improvisadas. Las calles eran un laberinto de pasarelas chirriantes y edificios ensamblados con pedazos de cargueros estrellados. Miradas afiladas lo siguieron mientras avanzaba. Hombres y mujeres con cicatrices, piel curtida por el sol alienígena y ropas remendadas lo rodeaban desde las sombras, sus armas a la vista, sus dedos inquietos sobre los gatillos.
—William Disis… —Una voz rasposa se elevó entre el murmullo de la multitud.
Un pirata de complexión robusta, con una mandíbula mecánica y un ojo cibernético que brillaba con un resplandor azul, se adelantó. Su chaqueta raída estaba adornada con insignias arrancadas de naves conquistadas.
—Dicen Que huiste como un cobarde. —Su tono era desafiante, pero sus ojos escondían una chispa de curiosidad.
William lo miró sin vacilar.
—Dicen muchas cosas. Pero lo que deberían preguntarse es: ¿Que hará malerius?
Un murmullo recorrió la multitud.
—Nos dejara pudrir aqui —murmuró una mujer con brazos cubiertos de tatuajes tribales.
William asintió.
—Malerius tomará el trono. Y ustedes saben lo que eso significa. Más patrullas, más ejecuciones, más esclavitud. Pero yo no estoy aquí para prometerles un futuro mejor con palabras. Estoy aquí para darles una oportunidad de tomar lo que siempre les han negado.
Los piratas intercambiaron miradas. La palabra “oportunidad” resonó en ellos como un anhelo enterrado.
El hombre de la mandíbula mecánica escupió a un lado y se cruzó de brazos.
—¿Por qué habríamos de seguirte?
William se acercó lentamente, dejando que su sombra se proyectara sobre los más cercanos bajo la tenue luz rojiza de los neones.
—Porque cuando la flota imperial llegue a este planeta, ustedes no tendrán dónde huir. Pero si luchamos juntos, si convertimos este lugar en un infierno para ellos, entonces serán ustedes quienes dicten las reglas.
Silencio. Luego, una carcajada grave y resonante.
—Ja… ja… ja… —El pirata de la mandíbula mecánica lo miró con nuevos ojos. Luego, levantó su puño al cielo.
—¡Por la rebelión!
El grito se propagó como fuego entre los presentes. Uno tras otro, los piratas golpearon sus armas contra el metal del suelo, un estruendo de guerra que anunciaba el inicio de la lucha contra Malerius.
El palacio imperial ya no era el mismo. Donde antes colgaban estandartes dorados con inscripciones de la antigua dinastía, ahora flameaban banderas escarlatas con el emblema de Malerius, una garra negra que se cerraba sobre un planeta roto. El mármol blanco de los pasillos estaba manchado de sangre y cenizas; el eco de botas militares resonaba constantemente, disipando el silencio de los tiempos pasados.
Malerius observaba la ciudad desde su balcón, la vista dominada por imponentes torres de vigilancia y hileras de soldados marchando en formación perfecta. Los edificios civiles habían sido transformados en cuarteles, y en cada esquina se alzaban pantallas transmitiendo su imagen en bucles incesantes.
Un general de uniforme negro, con placas brillando bajo la luz fría, se cuadró ante él.
—Señor, la última resistencia en los distritos exteriores ha sido sofocada. Hemos enviado a los cabecillas a los campos de reeducación.
Malerius esbozó una sonrisa helada.
—Excelente. Que sirvan de ejemplo para los demás.
A lo lejos, se oían gritos apagados, arrastrados por el viento que soplaba entre los rascacielos grises. La ciudad, otrora vibrante, ahora estaba envuelta en un aire de opresión sofocante. Las calles estaban vacías, salvo por patrullas de soldados que revisaban documentos y arrastraban a sospechosos hacia transportes blindados.
Malerius giró sobre sus talones y caminó hacia la sala de comunicaciones. Una enorme pantalla holográfica se iluminó, revelando la imagen de un hombre de tez pálida y mirada calculadora, el Alto Canciller de Nueva Europa.
—Malerius —dijo el Canciller con un tono pausado—. Veo que has tomado el control con eficiencia.
—No esperaba menos de mí —respondió Malerius, con una leve inclinación de cabeza—. El caos está siendo purgado. La disciplina se impone.
El Canciller asintió, sus dedos entrelazados sobre la mesa.
—Nuestra alianza fortalecerá tu dominio y nos garantizará el acceso a tus recursos.
Malerius entrecerró los ojos.
—Los que aún se resisten serán encerrados. En unos meses, ya no quedarán voces disonantes.
El Canciller sonrió levemente.
La comunicación se cortó, dejando un resplandor azul sobre el rostro de Malerius. Exhaló lentamente y se volvió hacia su ministro de seguridad.
—Asegúrate de que ningún prisionero salga con vida. Que sus nombres sean borrados de la historia.
El ministro asintió con rigidez y salió de la sala.
Desde las celdas subterráneas llegaban sollozos ahogados y el rechinar de las puertas automáticas al cerrarse. Los pasillos estaban iluminados por luces mortecinas, lanzando sombras alargadas sobre los cuerpos encadenados de los rebeldes capturados.
Malerius cerró los ojos por un momento y disfrutó del sonido del silencio. Un imperio no se construye con palabras. Se construye con miedo.
La sala de conferencias en la embajada del Cúmulo Oceánico de Planetas tenía un aire húmedo y salado. Sus paredes, construidas con una aleación azulada extraída de los fondos abisales de sus mundos acuáticos, emitían un resplandor tenue, como si contuvieran la luz de un océano eterno. A través de los ventanales curvos, se veía el inmenso mar de gaseosa azul que cubría la mayor parte del planeta anfitrión, con enormes criaturas translúcidas deslizándose en las profundidades.
Yosarian Junior, vestido con un traje negro impecable, se reclinó en su silla con una confianza estudiada. A su lado, Freddy –o mejor dicho, Federico Douglas– trataba de mantenerse serio, aunque su pierna rebotaba ligeramente bajo la mesa, delatando su ansiedad. Frente a ellos, el embajador oceánico, una figura alta y esbelta con piel gris perlada, los observaba con una mezcla de recelo y curiosidad.
—Entonces, señor Yosarian —dijo el embajador con voz burbujeante—, ¿debo entender que el contrato quedará registrado bajo el nombre de su… socio?
—Correcto —respondió Yosarian Junior, deslizando el documento sobre la mesa de cristal luminiscente.
El embajador tomó el pergamino digital con sus largos dedos palmeados y leyó en silencio. Sus ojos, parecidos a los de un pez profundo, se estrecharon en cuanto llegó al apartado del titular.
—¿El… Freddy? —preguntó, levantando una ceja casi invisible.
Freddy tragó saliva, pero Yosarian Junior ni siquiera titubeó. Se inclinó ligeramente hacia adelante, con una firmeza que hizo que la temperatura de la sala pareciera descender unos grados.
—El señor Federico Douglas para ti —dijo con voz cortante.
El embajador parpadeó y dejó escapar un sonido gutural, una mezcla entre un clic y un siseo. La tensión se acumuló en la sala.
Freddy sintió una gota de sudor recorrerle la sien, pero Yosarian Junior no apartó la mirada. La firmeza en su tono no era una simple corrección: era una declaración de poder, una advertencia disfrazada de cortesía. En el Planeta X, los nombres significaban algo. Y si alguien pensaba que Freddy era solo un segundón, se llevaría una desagradable sorpresa.
Finalmente, el embajador sonrió levemente, mostrando dientes afilados como los de un depredador marino.
—Mis disculpas, señor Federico Douglas —dijo, inclinando la cabeza—. Es un placer hacer negocios con usted.
Firmó el contrato con un movimiento ágil de su garra membranosa y lo deslizó de vuelta.
Freddy lo tomó con manos algo temblorosas, pero cuando miró a Yosarian Junior, vio que este le dirigía una sonrisa leve, casi imperceptible.
Salieron de la embajada con el contrato sellado y un nuevo trato comercial con el Cúmulo Oceánico. Freddy exhaló un suspiro de alivio mientras bajaban por la pasarela suspendida sobre el mar gaseoso.
—No tenías que ser tan intenso —murmuró.
Yosarian Junior sonrió de lado.
—En este juego, si no impones respeto, te devoran. Y créeme, prefiero estar del lado de los depredadores.
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