el hijo prodigo y el angel de la muerte, capitulo 2, temporada 2.

 El eco metálico de los últimos ajustes en la nave resonaba en la cabaña. La estructura oxidada crujía levemente con cada prueba de encendido, como un animal herido que lucha por ponerse en pie. El sudor perlaba la frente de William mientras repasaba cada uno de los sistemas improvisados que habían instalado. El zumbido monótono del radio seguía sonando, pero ahora con un nuevo matiz: una señal intermitente que no correspondía a las anteriores. Su corazón latió con fuerza al captar la posibilidad de contacto.

—Aquí William, en frecuencia abierta. ¿Alguien escucha?— su voz era firme, pero la tensión en sus dedos revelaba la ansiedad contenida.

Un chisporroteo cruzó el canal, seguido por un gruñido ininteligible. Luego, una voz grave y pausada respondió:

—Frecuencia recibida. Identifíquese.

William intercambió una mirada con Ángel antes de responder.

—William Disisi, Necesitamos transporte inmediato al puerto espacial más cercano. Es urgente.

Hubo un largo silencio. Luego, la voz regresó con un tono escéptico.

—El transporte no es gratis. ¿Qué ofrecen?

William respiró hondo y miró su nave. Aquella estructura vieja y remendada era su mejor recurso. Exhaló con resignación.

—Mi nave.

Un segundo de vacío en la transmisión, y luego una carcajada ronca.

—¿Quieres cambiar tu nave por un simple viaje? Suena desesperado.

—Lo estamos —respondíó William con calma—, pero también sabemos que esta nave tiene un generador funcional y un sistema de propulsión adaptable. Es vieja, pero te servirá, solo necesitamos llevar nuestra pertenencias personales.

Un murmullo de deliberación se filtró por el altavoz. Finalmente, el navegante suspiró.

—Acepto.

William miró a Ángel, quien asintió con resignación. No tenían alternativa.

—Hecho.

Horas después, con el sol de aquel planeta agonizando en el horizonte, William y Ángel se encontraban en el puerto. Un aire salobre impregnaba el ambiente, mezclándose con el inconfundible olor a combustible y metal quemado de las naves ancladas.

El baúl de veinte kilogramos que llevaban contenía todo lo que les quedaba en la vida: documentos, herramientas, piezas de repuesto y una pequeña cantidad de recursos valiosos. A su lado, un bote de carga flotaba en una plataforma mecánica, esperando ser abordado.

—Y ahora ¿qué? —preguntó Ángel, cruzándose de brazos.

William, con una expresión imperturbable, respondió:

—Todos los movimientos están fríamente calculados.

El traqueteo de los cargueros automáticos acompañó su camino hasta el mercado del puerto, un sitio caótico donde mercaderes y viajeros negociaban con rapidez. Entre las mercancías, sobresalían contenedores de metales raros, paquetes de suministros y cilindros con sustancias exóticas.

Frente a un comerciante de rostro curtido por los años y la desconfianza, William sacó una muestra de zorgon, un mineral reluciente de tonalidad azulada.

—Ofrecemos cinco kilogramos de zorgon por una nave.

El mercader arqueó una ceja y chasqueó la lengua.

—Cinco kilos...como los obtuvieron?

—El zorgon esta sucio, pero es suficiente.

El comerciante tomó la muestra, la examinó bajo una luz espectral y sus ojos brillaron con interés. Ángel notó cómo sus dedos tamborileaban sobre el mostrador, una señal clara de que estaba tentado.

—Siete kilos y cerramos trato —dijo el mercader, intentando medir su desesperación.

William sonrió levemente y negó con la cabeza.

—Cinco. Sabes que no conseguirás algo mejor.

El silencio se prolongó por unos segundos. Luego, el mercader resopló y extendió la mano.

—Hecho.

Poco después, estaban subiendo a su nueva nave. Era un modelo compacto, pero funcional. Mientras Ángel miraba, William sintió una leve vibración cuando encendió los motores. El zumbido bajo y constante le transmitió una confianza inesperada.

—¿Listo para volar? —preguntó William.

Ángel asintió y, sin más demora, elevaron la nave. A través del ventanal, el puerto se hacía cada vez más pequeño hasta desaparecer en la negrura del espacio.

La aventura continuaba.

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