El angel de la muerte y el hijo prodigo, temporada 2, capitulo 9.
El aire en la sala era espeso, cargado con el zumbido de los monitores holográficos y el leve resplandor azul de las pantallas que proyectaban mapas de batalla. Yosarian Junior se hallaba frente a William, su mirada afilada reflejando una mezcla de paciencia y cálculo. Había gastado una buena porción de recursos solo en asegurar aquella reunión, y no tenía intenciones de desperdiciarla.
William miró a yosarian junior.
—El Sistema solar, la galaxia misma te necesita, William —dijo Junior, su voz suave pero firme—. Estoy ofreciéndote liderazgo. Tú serás quien dirija a todos.
William inclinó la cabeza levemente.
—¿Y qué ganas tú con esto?
Yosarian Junior sonrió, una sonrisa apenas perceptible, calculada al milímetro-negocios.
Está bien. Lo haré.
Mientras tanto, en el otro extremo de la sala, Yosarian Padre observaba en silencio. A su lado, Hack, su amigo y padrino de Junior, mantenía una expresión neutra, pero sus ojos se movían de un lado a otro, atentos a cada detalle.
Delante de ellos, Jesús Manso Smith los miraba con una leve sonrisa. Su presencia era imponente, no tanto por su físico, sino por la historia que cargaba consigo.
—Nos conocemos —dijo Jesús, con un tono casi casual.
Yosarian Primero sostuvo su mirada por un instante antes de desviar la vista hacia los mapas flotantes frente a él.
—Son temas viejos.
Jesús dejó escapar un leve suspiro, cruzando los brazos.
—Tienes razón.
Las luces parpadearon levemente cuando la nave ajustó su órbita, y el zumbido de los sistemas se intensificó por un breve instante. Afuera, el vacío del espacio se extendía, indiferente a los conflictos humanos que se desarrollaban en su interior.
Y en aquella sala iluminada por destellos holográficos, el destino de la guerra acababa de cambiar.
El tiempo de las negociaciones había terminado.
Malerius contemplaba el vacío estrellado desde el puente de mando de su acorazado. La luz de una estrella distante iluminaba su rostro de forma intermitente a través de los paneles de observación.
Sabía que la guerra era inevitable. Yosarian Junior lo sabía también. Ambos lo habían sabido desde el principio.
Lejos de allí, en el corazón de la resistencia, William se encontraba de pie ante una multitud reunida en la plaza central de Varlon Prime. Una ciudad en el planeta de los piratas, Su imagen era proyectada en monitores a los planetas rebeldes.
William inhaló profundamente antes de hablar.
—Nos han obligado a este momento —dijo, su voz resonando con fuerza en la fría noche de Varlon Prime—. Nos han arrebatado la paz con sus amenazas, con sus ejércitos, con su insaciable hambre de poder. ¡Pero aquí estamos, juntos!
La multitud estalló en vítores, y algunos golpearon sus armas contra el suelo, creando un eco metálico que se propagó como un trueno a través de la plaza.
—No luchamos por gloria, no luchamos por venganza. Luchamos por nuestros hogares, por nuestras familias, por el derecho a decidir nuestro propio destino.
Un rugido ensordecedor recorrió las filas de guerreros y ciudadanos.
Y entonces, la guerra comenzó.
El primer carguero de combate emergió del hiperespacio cerca de la órbita del planeta de los valles, encontrándose de inmediato con la vanguardia de la flota de Malerius. Desde los ventanales de la nave, los tripulantes vieron las imponentes siluetas de los acorazados enemigos recortadas contra el resplandor azul del planeta. Las alarmas parpadearon en rojo, y la voz del capitán resonó por los altavoces.
¡Carguero Alpha, mantengan formación! Prepárense para el impacto.
El rugido de los propulsores sacudió la estructura de la nave cuando se lanzaron los primeros torpedos de plasma. En cuestión de segundos, el vacío del espacio se iluminó con destellos de fuego y energía pura. Las explosiones resonaban a través de los cascos de las naves, y los escudos vibraban con cada impacto.
Desde su acorazado, Malerius observaba el inicio de la batalla sin cambiar de expresión.
—Así que finalmente empieza —murmuró.
A su alrededor, sus oficiales esperaban órdenes, pero él solo sonrió con frialdad.
La guerra que todos habían esperado… ya estaba aquí.
El estruendo de los motores se había apagado.
Las fábricas, que alguna vez rugían sin descanso con el golpeteo del metal forjado y el silbido del vapor escapando por las válvulas de presión, ahora yacían en un inquietante silencio. Chimeneas colosales, que escupían columnas de humo perpetuo, estaban ahora inertes, y el aire, normalmente denso con el hedor del aceite y la maquinaria caliente, se sentía extrañamente puro.
La rebelión había comenzado.
Las bestias, esclavizadas por generaciones, finalmente se alzaban contra sus opresores. Criaturas de formas diversas, con pelajes erizados, colmillos descubiertos y ojos resplandecientes de furia, tomaron las fábricas con una fuerza imparable. Sus garras destrozaban las puertas de seguridad, y sus rugidos se alzaban por encima del estruendo de los disparos.
En el corazón del distrito industrial de Big african, una de las principales fábricas de producción de armamento quedó paralizada cuando los hombres bestia irrumpieron en sus pasillos metálicos. Los guardias apenas tuvieron tiempo de reaccionar antes de que una oleada de cuerpos musculosos los arrollara. Una de las criaturas más grandes, con un pelaje oscuro y cicatrices en el rostro, lanzó a un soldado contra una de las gigantescas prensas hidráulicas. Se escuchó un crujido seco, seguido de un grito ahogado que se perdió entre el caos.
En el interior de la fábrica, las luces de advertencia parpadeaban en rojo, proyectando sombras inquietantes sobre las paredes de acero. Algunas máquinas aún chisporroteaban con la energía residual, pero ya no había manos que las operaran.
—¡Desconecten los generadores! —rugió un líder de los rebeldes, una criatura con cuernos retorcidos y una voz profunda como el trueno.
Varios de sus camaradas corrieron hacia la sala de control, empujando a los supervisores humanos a un lado. Con garras ensangrentadas, arrancaron cables y destruyeron paneles de mando. Las luces de la fábrica titilaron por un instante antes de apagarse por completo, sumiendo el lugar en la penumbra.
Desde las alturas, a través de los ventanales rotos de la instalación, se podía ver la extensión de la revuelta. Otras fábricas en el horizonte ardían, lenguas de fuego lamiendo el cielo nocturno mientras el humo negro se elevaba en espirales densas. Sirenas de emergencia ululaban en la distancia, pero no había refuerzos suficientes para contener el levantamiento.
En el suelo, un capataz herido intentó arrastrarse lejos de la refriega, jadeando con dolor. Unas garras afiladas lo sujetaron por el cuello y lo alzaron sin esfuerzo. Sus ojos reflejaron el brillo ámbar del líder rebelde, quien lo miró con un desprecio contenido.
—Hoy te demostraremos que hasta las bestias pueden gobernar.
Y con un movimiento brusco, lo lanzó contra el suelo de acero con un golpe seco.
La revuelta apenas había comenzado, pero su eco ya se extendía por todo el sector.
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