El angel de la muerte y el hijo prodigo, capitulo 6.
El resplandor azul de la pantalla holográfica iluminaba el rostro de Malerius mientras leía el informe. Su expresión no cambió, pero en la forma en que sus dedos se crisparon sobre la mesa de obsidiana negra se percibía una mínima alteración en su control. Sus mejores sicarios, cien de los asesinos más letales de Nueva Europa, habían sido aniquilados.
El Alto Canciller, con su postura erguida y su rostro pétreo, observaba desde el otro lado de la sala.
—Un ligero error de cálculo —admitió Malerius en voz baja, casi para sí mismo.
El Canciller arqueó una ceja.
—¿Un error? No suelo escucharte decir eso.
Malerius exhaló lentamente. A través de los enormes ventanales de la sala de guerra, podía ver la inmensidad del espacio y la brillante curvatura de Nueva Europa. Un enjambre de naves patrullaba el cielo nocturno como depredadores en acecho.
—Subestimé las alianzas de mi hermano. Creí que su única fuerza radicaba en la lealtad de piratas y carroñeros, pero tiene sujetos interesantes como fuerza.
El Canciller entrelazó sus manos sobre su regazo. Su manto granate resplandecía bajo la luz de las lámparas flotantes.
Malerius giró la cabeza y lo miró fijamente.
-necesitamos algo mejor.
El Canciller suspiró.
—Sé a qué te refieres. Pero producir esas soldados altamente mejoradas es costoso, incluso para Nueva Europa.
—Hay nuevas minas de zorgon —replicó Malerius con calma.
El Canciller parpadeó.
—¿Dónde?
—Hemos encontrado indicios en varios planetas. Necesitaré más recursos para confirmar su viabilidad, pero si se confirman las vetas, tendremos suficiente para cubrir el costo de la producción y más.
El Canciller meditó en silencio, tamborileando los dedos sobre el brazo de su asiento. El zorgon era el material más valioso del imperio, la clave para mejorar la biotecnología militar y el armamento de vanguardia.
Finalmente, asintió.
—Autorizo la producción. Pero si esto falla…
—No fallará —lo interrumpió Malerius con una leve sonrisa.
Dio un paso hacia la pantalla holográfica y trazó con los dedos un patrón en el aire. Apareció una imagen del planeta donde William se ocultaba. A su alrededor, proyecciones de datos giraban en espirales luminosas.
—William ya debe estar intentando escapar —murmuró, sus ojos fijos en la imagen.
Con un movimiento de muñeca, la imagen cambió. Una flota de naves se activó en la proyección, marcando rutas estratégicas.
—Que las flotas se desplieguen de inmediato. Cierren cada ruta posible. Nadie escapa sin que yo lo decida.
El Canciller lo observó en silencio. Malerius no mostraba furia ni impaciencia. Solo una certeza absoluta.
La cacería continuaba.
El vacío del espacio se extendía en todas direcciones, una inmensa negrura salpicada de estrellas distantes. La nave de Jesús Manso cortaba el firmamento como una flecha de metal bruñido, deslizándose con gracia hacia el planeta de los volcanes. Desde la cabina, el piloto observaba el astro rojo en el horizonte, envuelto en un aura de gases incandescentes.
—Siempre vuelves aquí, ¿verdad, William? —murmuró Jesús, su voz apenas un susurro sobre el zumbido de los controles.
William, sentado en el asiento del copiloto, mantenía la vista fija en el planeta. Sus ojos reflejaban la misma intensidad de las brasas que ardían en la superficie. Este lugar significaba demasiado para él: recuerdos de una infancia perdida, de promesas rotas y de un pasado que nunca dejaba de perseguirlo.
—No es solo nostalgia —respondió con voz baja—. Es el único sitio donde aún tengo ventaja.
Pero Malerius lo había previsto.
Una alarma estridente quebró la quietud de la cabina, seguida por la voz robótica del sistema de defensa.
—Flota enemiga detectada. 50 naves en formación de ataque.
Jesús apenas tuvo tiempo de tensar los músculos cuando el espacio frente a ellos se iluminó con destellos de energía. Decenas de naves emergieron de la oscuridad como depredadores al acecho. Su disposición era perfecta, un cerco impenetrable con una sola intención: eliminarlos.
—Demonios—soltó Jesús, con un destello de emoción en su habitual tono calmado. Sus manos se cerraron sobre los controles, sintiendo la textura fría de las palancas de aceleración y la vibración del metal bajo sus dedos.
La primera ráfaga de disparos pasó a centímetros del casco. La nave tembló, pero Jesús ya estaba en movimiento. Giró a la izquierda en un ángulo imposible, esquivando un proyectil que explotó justo donde habían estado un segundo antes.
—¡Nos tienen rodeados! —gritó William, aferrándose a su asiento mientras la nave se sacudía.
—No del todo —respondió Jesús, su tono sereno en contraste con el caos exterior.
Empujó los controles con precisión quirúrgica, llevando la nave en una espiral descendente. Rayos de plasma surcaban el aire a su alrededor, rozando el fuselaje y dejando marcas de calor en las alas.
Una nave enemiga se lanzó directo hacia ellos, intentando un bloqueo frontal. Jesús inclinó la nave sobre su eje, pasando por debajo del atacante con apenas un metro de margen. El resplandor de los motores enemigos iluminó la cabina por un instante antes de desaparecer en la negrura.
—¿Cómo diablos haces eso? —preguntó William, entre asombrado y aterrorizado.
Jesús sonrió de lado, con la calma de quien ha desafiado la muerte demasiadas veces.
—Porque yo vuelo. Ellos solo persiguen.
Giró bruscamente y se coló entre dos naves enemigas que intentaron cerrarle el paso. Un giro cerrado, un cambio de velocidad, y el cerco empezó a quebrarse. Como un bailarín entre llamas, Jesús Manso se movía con una precisión letal.
En el cielo rojizo del planeta X, dos figuras se recortaban contra el resplandor de las enormes refinerías flotantes. El aire tenía un olor metálico, una mezcla de hierro y aceite quemado, mientras que el zumbido de la maquinaria llenaba el ambiente con un ritmo constante y mecánico. Era un mundo de industria y ambición, un lugar donde las grandes decisiones del futuro se forjaban entre el humo y el fuego.
Yosarian Junior y Freddy estaban de pie en un balcón de observación, con vista a una ciudad industrial que nunca dormía. Bajo ellos, miles de obreros y drones mecánicos se movían entre las fábricas, fundiciones y hangares de construcción de naves. La luz anaranjada de los hornos iluminaba la noche artificial con un resplandor intermitente, como si el planeta mismo respirara.
—Incluso si el Imperio sobrevive —dijo Yosarian Junior, cruzando los brazos con aire pensativo—, la crisis económica lo dejará de rodillas. Las deudas, el colapso de sus rutas comerciales, la escasez de recursos… Todo se derrumbará, tarde o temprano.
Freddy lo miró con el ceño fruncido, sus facciones endurecidas por la luz parpadeante de las fábricas. Se pasó una mano por el mentón, sintiendo la textura áspera de su barba incipiente.
—Es un juego peligroso, Yosarian —dijo en un tono grave—. Un imperio desesperado es más peligroso que uno fuerte. Podrían intentar una guerra suicida solo para evitar ser absorbidos.
Yosarian Junior soltó una leve risa y apoyó ambas manos sobre la barandilla de acero del balcón. Su mirada se perdió en el paisaje mecánico ante ellos, en los edificios colosales con chimeneas que escupían columnas de humo hacia el cielo.
—No entiendes, Freddy. No es un juego. Es el futuro.
Se giró lentamente para mirarlo, sus ojos brillando con un fulgor visionario, casi hipnótico.
—Quien posea la industria necesaria podrá asimilarlos. Cuando su economía colapse, cuando sus gobernantes ya no puedan sostener el costo de su propia supervivencia, vendrán a nosotros. No tendremos que conquistarlos… nos suplicarán ser absorbidos.
Freddy sintió un escalofrío recorrer su espalda. Había escuchado ideas audaces antes, pero esta era más que eso. Era fría, calculada… y aterradoramente posible.
—Dices eso como si ya lo hubieras planeado todo —murmuró.
—Porque lo he hecho —respondió Yosarian con una leve sonrisa—. Los imperios caen, Freddy, pero la industria… la industria es eterna.
El viento cargado de ceniza sopló con fuerza, removiendo sus abrigos largos. En el horizonte, las fábricas continuaban su eterno rugido, forjando el porvenir en el fuego y el metal.
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