El angel de la muerte y el hijo prodigo, capitulo 6.

 Malerius entrecerró los ojos mientras observaba el resplandor azul de la pantalla holográfica. El rostro del Alto Canciller de Nueva Europa se mantenía impasible, aunque en sus ojos fríos brillaba un atisbo de interés.

—¿Los cien mejores sicarios? —repitió el Canciller, apoyando sus dedos entrelazados sobre la mesa de obsidiana negra.

—Exactamente —respondió Malerius con voz firme—. William está en el planeta de los piratas. No hay duda de que sus aliados lo han acogido. No cometeré el error de enviar tropas para ser despedazadas en sus laberintos oxidados. Necesito asesinos, no soldados.

Prepara los informes —ordenó—. Quiero que cada sicario conozca a William mejor de lo que se conocen a sí mismos.


Horas más tarde, en una cámara sellada dentro del palacio imperial, un grupo de figuras silenciosas se alineaba ante una proyección tridimensional de William. Eran cien, cubiertos con túnicas de polímero oscuro que absorbían la luz. Sus ojos brillaban con reflejos artificiales; algunos eran casi completamente cibernéticos, otros ocultos tras visores de datos.


El aire olía a ozono y sudor contenido. La única fuente de sonido era la respiración controlada de los asesinos y el zumbido de la proyección holográfica.

Malerius caminó entre ellos con pasos medidos.


—William Disis —pronunció su nombre con desprecio—. Líder de una rebelión de carroñeros. Cree que este conflicto se decidirá con discursos. Que puede encender una llama en los piratas y convertirlos en algo más que ratas espaciales.


Las imágenes cambiaban a medida que hablaba: William en su última batalla registrada, sus ojos ardiendo con determinación; William escapando de una emboscada imperial; William negociando con contrabandistas.

Conocemos su pasado, sus aliados, sus métodos —continuó Malerius—. Lo que no sabemos es cómo morirá. Esa es su tarea.


Se detuvo, observando los rostros impenetrables frente a él.


—No quiero supervivientes. No quiero mártires. Quiero cenizas.


Uno de los sicarios, una mujer alta de piel cenicienta y un tatuaje bioluminiscente recorriendo su mandíbula, habló con voz carente de emoción:


—¿Vivo o muerto?


Malerius sonrió.


—Sorpréndanme.

Los sicarios asintieron en sincronía y, sin una sola palabra más, se dispersaron. La cacería había comenzado.

La nave de Jesús Manso Smith surcaba el cielo en completo silencio, como un depredador acechando en la oscuridad. Desde la cabina, William observaba el terreno árido que se extendía bajo ellos. Colinas de roca negra y grietas profundas dibujaban un paisaje inhóspito, donde solo los más desesperados o los más temerarios se atrevían a pisar. Ángel, sentado a su lado, mantenía los ojos cerrados en meditación, sus manos descansaban sobre las rodillas con una calma engañosa.


De repente, la nave se sacudió violentamente. Un crujido metálico retumbó en el interior mientras las luces de advertencia parpadeaban con un resplandor carmesí. Un zumbido agudo perforó el casco.

¡Nos están forzando a aterrizar! —gruñó Jesús, manipulando los controles con rapidez.


La nave descendió bruscamente, golpeando el suelo con una brutalidad que hizo rechinar el metal. El impacto levantó una nube de polvo y chispas mientras las compuertas se abrían con un gemido hidráulico. William saltó al exterior, su corazón bombeando con la urgencia del peligro.


Apenas sus pies tocaron la tierra, una lluvia de flechas se precipitó sobre él. El dolor fue inmediato y abrasador; la madera y el acero desgarraron su piel, perforando músculos y clavándose entre sus costillas. Pero el dolor no lo debilitó. Lo encendió.

Su respiración se volvió un rugido. Su piel se expandió y se oscureció, sus huesos se estiraron y sus músculos se hincharon con la transformación. Alas inmensas surgieron de su espalda, arrancando jirones de su camisa, mientras sus ojos se volvían dos brasas ardientes.


Pero antes de que pudiera alzar el vuelo, la red cayó sobre él. Un látigo de energía recorrió su cuerpo, paralizando sus extremidades. El aire chisporroteó con la estática y el olor a ozono quemado impregnó el ambiente. Su rugido se convirtió en un gruñido ahogado cuando la electricidad quemó sus nervios.


Entonces, el aire cambió.

Un estallido de poder recorrió el suelo y un viento feroz azotó el campo de batalla. Ángel abrió los ojos. Ya no eran los de un hombre común. Eran pozos de luz pura, de energía contenida en un recipiente demasiado pequeño.


Sin moverse de su posición, desenvainó su espada.


El primer movimiento fue imperceptible. En un solo parpadeo, el cuerpo de un enemigo cayó dividido en dos. Luego otro. Y otro.


El campo de batalla se llenó de destellos. Cada golpe era un relámpago, un haz de luz cortando la oscuridad. Los atacantes caían antes de siquiera notar su propia muerte, sus cuerpos desplomándose en el polvo sin un solo grito.

El aroma a sangre caliente impregnó el aire.


Cuando todo terminó, Ángel se quedó en pie, su espada aún vibrando con la velocidad de su ataque. A su alrededor, no quedaba ninguno. Solo el silencio de la masacre y el resplandor agonizante de la red eléctrica sobre el cuerpo de William.

**La Ascensión de Yosarian Junior**  


El sol carmesí de **Planeta X** descendía lentamente en el horizonte, bañando los altos edificios de obsidiana con un resplandor ardiente. En el centro de la gran ciudad, un enorme templo de mármol negro se elevaba sobre el resto de las construcciones. Sus columnas grabadas con símbolos ancestrales brillaban con la tenue luz de las antorchas, mientras cientos de ciudadanos vestían túnicas doradas, reunidos en la plaza, esperando presenciar la ceremonia.  


Dentro del templo, **Yosarian Junior** se encontraba frente a un espejo de cristal oscuro, ajustando el pesado manto ceremonial sobre sus hombros. La tela era gruesa, adornada con filamentos de plata que reflejaban las llamas de las lámparas flotantes. La responsabilidad que pronto recaería sobre él era inmensa. Líder del planeta. Guardián de su pueblo.  


A su lado, **Freddy** se balanceaba impaciente sobre los talones, con una sonrisa torcida en el rostro.  


—Así que este es el día, ¿eh? —comentó con un tono burlón, aunque en sus ojos se asomaba una chispa de admiración—. ¿Listo para la gran corona y el trono dorado?  


Yosarian esbozó una media sonrisa sin apartar la vista del espejo.  


—No hay corona, Freddy. Ni trono dorado. Solo trabajo, política y responsabilidad.  


Freddy chasqueó la lengua y se cruzó de brazos.  


—Bueno, al menos dime que tendré un puesto importante en tu gobierno. No me hagas mendigarlo.  


Yosarian se giró hacia él, con una expresión divertida.  


—No te daré un puesto importante.  


Freddy frunció el ceño.  


—¿Qué? ¿Por qué?  


Yosarian inclinó la cabeza con calma.  


—Porque no serás mi subordinado. Seremos socios.  


Freddy parpadeó, confuso.  


—¿Y por qué?  


—Porque llevamos demasiado tiempo siendo mejores amigos.  


El silencio se instaló en la sala. Solo el crepitar de las antorchas llenaba el espacio entre ellos. Freddy entrecerró los ojos, tratando de descifrar las palabras de Yosarian.  


—¿Y eso qué importa? —preguntó finalmente.  


Yosarian se acercó un paso y colocó una mano en el hombro de su amigo. Su mirada era firme, pero cálida.  


—Porque te aprecio, Freddy. 

Freddy Se quedó mirándolo con los labios entreabiertos, como si su cerebro intentara procesar lo que acababa de escuchar. Nadie le había hablado así antes. No con esa honestidad desarmante.  


Después de un momento, dejó escapar una risa breve, rascándose la nuca con incomodidad.  


—eres un sujeto extraño yosarian.


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