sangre legendaria, capitulo 5.
La noche en el desierto se extendía sobre ellos como un manto de sombras y estrellas. El viento silbaba entre las rocas, levantando pequeñas nubes de polvo que danzaban en el aire antes de disiparse en la inmensidad. El fuego, rodeado por piedras para protegerlo del viento, crepitaba suavemente, proyectando destellos anaranjados en los rostros de los tres hombres que se encontraban allí.
Pepe se acomodó en una roca, con la mirada perdida en las llamas. Aún sentía en los dedos la textura de los billetes que había ganado, el peso de su botín en los bolsillos. La emoción de la victoria seguía vibrando en su pecho, pero había algo en la expresión de Pedro que lo inquietaba. Su mentor no sonreía como alguien que celebraba un triunfo, sino como alguien que ya pensaba en el siguiente desafío.
—Dentro de seis meses —dijo Pedro, rompiendo el silencio con su voz rasposa— iniciará el torneo de póker más importante de Europa.
Pepe levantó la vista, observando el reflejo del fuego en los ojos de su viejo amigo.
—¿Y eso qué? —preguntó, arqueando una ceja.
—El premio son cincuenta millones de dólares —continuó Pedro—. Pero la entrada cuesta al menos un millón.
Pepe dejó escapar una risa seca, incrédulo.
—¿Un millón? Jamás tendré tanto dinero.
Don Saúl, el hombre mayor que los acompañaba, se removió en su asiento, masticando un trozo de carne seca. Pedro no apartó la mirada de Pepe.
—Si logras ganar ese torneo, serás uno de los mejores jugadores de póker del mundo.
Las palabras resonaron en la mente de Pepe. La idea era absurda, impensable. Pero, al mismo tiempo, algo en su interior se encendió.
—¿Tú realmente crees que estoy capacitado para eso? —preguntó, sintiendo cómo la duda se aferraba a su voz.
Pedro sonrió por primera vez en la noche.
—No te habría entrenado si no tuviera fe en ti.
El viento sopló con más fuerza, agitando la lumbre del fuego y haciendo crujir las ramas secas en la oscuridad. Pepe sintió un nudo en el estómago, pero no era miedo. Era la sensación de estar al borde de algo mucho más grande que él.
—¿Y cómo juntamos un millón de dólares? —preguntó finalmente.
Pedro exhaló despacio y miró hacia el horizonte, donde la luna se alzaba pálida y solitaria.
—Vamos a hacer una gira —dijo—. Recorreremos todas las ferias del país.
Pepe dejó caer la cabeza hacia atrás y cerró los ojos un momento. Sabía que no sería fácil. Sabía que habría hombres como Juanelo, que lo envidiarían, que lo querrían ver caer. Pero también sabía que no podía quedarse estancado en ese desierto para siempre.
Cuando abrió los ojos, el fuego seguía ardiendo frente a él.
Y en su interior, algo había cambiado.
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