Sangre legendaria, capitulo 4: el zarape.

 Durante los meses siguientes, Pepe se dedicó con fervor a recolectar todo lo que pudo a través de las apuestas en el pueblo. Cada tarde, bajo la luz ámbar del sol poniente, las cartas se deslizaban entre sus dedos, y los naipes golpeaban la mesa con un sonido seco. A su alrededor, el murmullo de los jugadores mezclado con el olor a sudor y tabaco creaba un ambiente cargado de tensión y expectativa. Con paciencia, Pepe acumuló bienes de todo tipo: sacos de maíz, herramientas, ropa, incluso algunas cabras. Para cuando terminó su recorrido, había logrado reunir mercancía equivalente a cien mil pesos. Finalmente, pudo venderla, transformando su éxito en un fajo de billetes que ahora pesaban en su bolsillo como un símbolo de su creciente habilidad.


La mañana anterior a la llegada de la feria, don Pedro se vistió de forma elegante por primera vez en mucho tiempo. Su traje de tela gruesa, aunque viejo, estaba impecablemente planchado. Pepe, por su parte, se atavió con su ropa más decente y se peinó con esmero. Ambos se prepararon con la seriedad de quienes saben que un gran desafío los espera. Salieron de casa al amanecer, caminando con paso firme por las calles polvorientas del pueblo, sintiendo el aire fresco de la mañana acariciarles la piel. Al llegar a la plaza, abordaron el transporte público, una vieja camioneta con asientos de cuero desgastado, que partió entre sacudidas y el traqueteo del motor envejecido.


El viaje fue largo. Durante la tarde, observaron cómo el paisaje cambiaba: los campos de tierra árida se transformaban en llanuras verdes y luego en carreteras llenas de autos que zumbaban como abejas metálicas. El sol cayó y la noche los envolvió con su manto de estrellas. En las paradas intermedias, el aroma del café y el pan dulce llegaba desde los pequeños puestos junto a la carretera. Pepe y Pedro dormitaron por momentos, arrullados por el vaivén del vehículo y las conversaciones apagadas de los demás pasajeros.


Cuando el amanecer bañó la ciudad con su luz dorada, el bullicio urbano los recibió con estrépito. Las calles estaban llenas de vida: automóviles pitando, vendedores ofreciendo sus productos con voces canturreantes, y el inconfundible aroma de tamales y atole flotando en el aire. Caminaron hasta la feria, cuyos toldos coloridos y luces parpadeantes creaban un espectáculo vibrante. Pepe, intrigado por los puestos de artesanías, compró un zarape de vivos colores, cuyo tejido grueso y cálido le dio una sensación de protección, como si llevara consigo un pedazo de su hogar.


Una hora después, las apuestas comenzaron.


Pepe se sentó en una mesa rodeado por cinco jugadores. La madera oscura de la mesa reflejaba las lámparas de neón que iluminaban el área de juego con un resplandor artificial. A su lado, los hombres vestían con chaquetas de cuero, camisas finas y relojes de pulsera que destellaban con cada movimiento de sus manos. Pepe, con su zarape y su aire provinciano, desentonaba completamente. Los jugadores lo miraron con desdén, pero él no dejó que eso lo afectara. Sabía que, en el poker, la percepción era tan importante como las cartas.


El primer flop cayó sobre la mesa: dos cartas por jugador. Pepe sintió cómo su instinto se activaba al instante. La manera en que los otros respiraban, la rigidez en sus mandíbulas, la inclinación apenas perceptible de sus cuerpos… todo le daba información. Detectó que los demás notaron su mala mano. Dos jugadores igualaron la apuesta, mientras que el resto prefirió no arriesgarse. Pepe perdió cinco mil pesos cuando un miserable par de jotas apareció sobre la mesa. En la siguiente jugada, el resultado fue similar: otros cinco mil desaparecieron de su bolsa.


El ambiente se llenó de una energía densa y expectante. Los murmullos de los espectadores flotaban como una nube sobre la mesa, mezclándose con el ruido de las fichas siendo apiladas y el ocasional chasquido de una lengua frustrada.


Llegó la siguiente ronda. Se repartieron dos cartas más por jugador. Pepe observó sus naipes y permitió que una sonrisa maliciosa curvara sus labios. Con movimientos pausados, aumentó la apuesta a diez mil. Su actitud segura encendió las alarmas en los otros jugadores. Algunos intercambiaron miradas fugaces, evaluando la situación. Todos evitaron la apuesta excepto dos, quienes aceptaron el reto. El aire a su alrededor se tensó como la cuerda de un violín antes de ser pulsada. Cuando las cartas se revelaron, Pepe mostró un trío, superando a ambos jugadores. La victoria fue suya. Sus dedos se cerraron alrededor de los veinte mil pesos con una emoción apenas contenida. Ahora, subió la apuesta a cien mil.


La siguiente mano comenzó. Se entregó una carta más a cada jugador, pero ninguno quiso enfrentarse a Pepe. No era solo su racha de suerte lo que los hacía dudar, sino la forma en que sonreía, esa expresión felina que insinuaba que sabía algo que ellos no.


En la quinta ronda, una carta adicional cayó en manos de cada jugador. Esta vez, Pepe frunció el ceño, dejando que la preocupación se reflejara en su rostro. Dos jugadores igualaron la apuesta, oliendo sangre en el agua. El silencio reinó por un instante mientras todos esperaban la revelación final. Con un gesto tranquilo, Pepe desplegó sus cinco cartas: una escalera de color. Sus oponentes se quedaron petrificados. Habían sido engañados desde el principio, arrastrados a una trampa meticulosamente tejida. Sus rostros palidecieron al darse cuenta de que Pepe los había manipulado con maestría desde la primera jugada.


El juego terminó con Pepe retirándose con aproximadamente trescientos mil pesos. Sus bolsillos pesaban con el botín de su astucia, y una satisfacción innegable vibraba en su pecho. Mientras se alejaba del área de juego, las noticias de su victoria se esparcieron como pólvora. Entre aquellos que las escucharon, estaba Juanelo.


La sangre se le subió al rostro al enterarse. Recordó, con una mezcla de rabia y asombro, los días en que Pepe era un inútil en el poker. Un don nadie que no podía sostener una mano decente sin delatarse con sus gestos. Y ahora… ahora estaba enriqueciéndose en la feria más importante del estado. Sus dientes rechinaron y sus puños se cerraron con fuerza.



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