Sangre legendaria, capitulo 3.

 Durante el mes siguiente, Pepe pasó cada tarde y noche practicando con don Pedro, perfeccionando su técnica en la baraja. En el pequeño hogar de madera, iluminado apenas por una lámpara de queroseno, las cartas se deslizaban sobre la mesa de madera con un sonido seco, acompañado por el murmullo de Pedro explicando estrategias, probando su memoria y enseñándole a leer los gestos de sus oponentes. Pepe aprendió a distinguir las sutilezas en la respiración de un jugador, el titubeo de una mano insegura, el destello de codicia en los ojos cuando alguien tenía una mano fuerte.


Por las mañanas, antes de que el sol se alzara completamente sobre el horizonte, Pepe dedicaba unas horas a reparar la bomba de agua. Sus manos se manchaban de óxido y tierra mientras desmontaba piezas, revisaba las tuberías y probaba distintos métodos para hacerla funcionar. El sonido metálico de sus herramientas rompiendo el silencio matutino era interrumpido solo cuando don Saúl regresaba de pastorear las cabras. Entonces, juntos preparaban un caldo espeso y aromático con trozos de carne y verduras que lograban conseguir en el mercado. Comerlo caliente, con el vapor ascendiendo en el aire fresco de la mañana, les daba fuerzas para seguir adelante.


Cuando consideró que había superado la primera fase de aprendizaje, Pepe decidió probarse en la cantina de San Ignacio el Bajo. El polvo del camino se levantaba bajo sus botas mientras avanzaba con confianza, sintiendo el peso del conocimiento que había adquirido en cada paso. Al cruzar la puerta de la cantina, la misma mezcla de aromas a alcohol y tabaco le recibió, pero esta vez no se sintió intimidado. Se sentó en una mesa donde ya se jugaba una partida y, con una sonrisa confiada, pidió un trago antes de unirse al juego.


La tensión en la cantina creció conforme avanzaba la noche. Pepe ganó una partida tras otra, con los murmullos de los espectadores volviéndose más intensos. Al final de la velada, no había quedado un solo jugador capaz de hacerle frente. Las monedas tintineaban en sus bolsillos mientras abandonaba el lugar con una satisfacción innegable.


De regreso a casa, el sol de la tarde se filtraba entre las ramas de los mezquites, proyectando sombras largas sobre el camino polvoriento. Al llegar, don Saúl lo miró con el ceño fruncido al notar que traía consigo dos cabras más de las que habían comprado.


—¿No son nuestras? —preguntó con tono de incredulidad.


Pepe sonrió y asintió. —Sí, pero las necesitaba como garantía.


Don Saúl entrecerró los ojos, observando a su sobrino con recelo. —¿Y no perdiste?


—No. —Pepe se agachó y sacó de los costados de las cabras unas bolsas con comida a granel. Luego extrajo un fajo de billetes, guardando con cuidado parte de las ganancias en su bolsillo.


Pedro, quien había estado observando en silencio, sonrió con aprobación. —Aún te falta mucho, pero estás mejorando.


—¿Mejorando? —Pepe resopló con arrogancia—. Ya soy el mejor del pueblo.


Pedro rió con suavidad, conociendo bien la diferencia entre confianza y arrogancia. —Estos eran solo aficionados, muchacho. En quince días será la feria, y ahí jugarás contra los mejores del estado. Nos queda mucho por hacer.


Mientras asimilaban la noticia, un sonido interrumpió el ambiente: el tono metálico y anticuado del celular de Pepe vibró en su bolsillo. Lo sacó y miró el nombre en la pantalla. Juanelo.


Pepe contestó con el ceño fruncido. —¿Qué quieres?


La voz de Juanelo llegó con tono autoritario, teñido de desprecio. —No vas a estar criando cabras en esas tierras. No son tuyas.


Pepe soltó una carcajada amarga. —Estoy en mi derecho legal, igual que cualquier heredero de Juan. Así que si sigues molestando, me meto en la mansión y les vuelvo la vida un infierno.


—La mansión es mía —gruñó Juanelo, su tono perdiendo compostura.


Pepe apretó los dientes, sintiendo la rabia burbujear en su pecho. —No. La mansión es de todos. Y tú no eres más que una vil copia barata del tío Juan.


El silencio al otro lado de la línea se llenó de una furia latente antes de que Juanelo explotara en insultos. Pero Pepe ya había colgado.


Guardó el celular en su bolsillo con un resoplido, mirando a Pedro y a don Saúl. —Tenemos trabajo que hacer. La feria nos espera.


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