sangre legendaria, capitulo 2.

 Al amanecer, el polvo del camino se levantaba con cada pisada de los viajeros. Pepe y don Saúl partieron temprano hacia San Ignacio el Bajo, con el aire fresco de la mañana filtrándose entre las hojas de los mezquites y los nopales dispersos por el paisaje árido. Caminaban con paso firme, sin prisas pero con determinación, sintiendo la calidez del sol naciente en la espalda. La necesidad de encontrar una fuente de ingresos los había empujado a esta travesía, ahora que Juanelo no pretendía seguir enviando dinero a Pepe. Don Saúl había decidido regresar a su antiguo oficio de juventud: cuidar cabras. Era un proyecto que llevaba años considerando, y esta vez, con la necesidad apremiante, decidió comprar cien de ellas para comenzar de nuevo.

El polvo seco se pegaba a sus botas cuando llegaron a la feria de ganado, donde los aromas de tierra, sudor y animales se mezclaban en el aire. Don Saúl observó con ojo experto los rebaños, acariciando los lomos de las cabras, verificando su estado y calculando mentalmente cuál sería la mejor inversión. Después de regatear con el dueño, cerró el trato con un apretón de manos firme y decidido. Mientras él organizaba la compra y la logística para llevar los animales, Pepe se sintió atraído por una cantina cercana.

Al cruzar el umbral del establecimiento, una bocanada de aire espeso, cargado de alcohol y tabaco, le golpeó el rostro. Las lámparas de queroseno apenas iluminaban las sombras que se movían entre las mesas, donde hombres curtidos por el sol discutían, bebían y jugaban a la baraja con semblantes serios. Al fondo del local, Pepe vio al cantinero, un hombre fornido de bigote ralo, zangoloteando a un anciano de cabellos grises y piel arrugada.

—¡Déjalo en paz, es solo un anciano! —dijo Pepe con voz firme, avanzando hacia ellos.

El cantinero lo miró de reojo, aún sujetando al anciano por el cuello de su gastada chaqueta.

—No te metas en lo que no te importa —gruñó el hombre, pero antes de que pudiera hacer otro movimiento, Pepe ya le había propinado un golpe directo al rostro.

El cantinero trastabilló, tambaleándose hacia atrás con la nariz sangrando. Se sujetó la barra para no caer y miró a Pepe con furia.

—Voy a llamar a la policía.

Pepe sonrió con burla y, con un tono desenfadado, respondió:

—Hazlo, pero dudo que te convenga. El dueño de esta cantina es mi pariente, el presidente municipal de San Benito el Alto.

El cantinero frunció el ceño y escupió al suelo, pero no dijo nada más. El anciano, aún tambaleante, se ajustó la chaqueta y miró a Pepe con gratitud.

—Te debo una, muchacho —murmuró con voz áspera.

—No se preocupe. De hecho, le invito una copa en otra cantina cercana.

El viejo aceptó con una sonrisa desdentada, y juntos salieron al aire fresco de la calle polvorienta. Caminando bajo el cielo azul, se dirigieron a otro establecimiento donde el ambiente era más relajado. Al entrar, Pepe pidió un pulque para el anciano, mientras él se sumergía en una partida de baraja con otros jugadores.

El anciano bebió con lentitud, observando con atención cómo Pepe jugaba. En solo una hora, la pila de monedas que tenía frente a él se había esfumado, dejando su espacio en la mesa vacío. El viejo resopló y sacudió la cabeza.

—¿Te das cuenta de cuánto perdiste?

Pepe se encogió de hombros con indiferencia.

—No lo sé, ni lo imagino. Así es el juego.

El anciano frunció el ceño, exasperado.

—Escucha, muchacho, si sigues jugando así, terminarás en la ruina. Yo puedo enseñarte a ganar nueve de cada diez partidas.

Pepe arqueó una ceja, intrigado.

— Y usted, ¿sabe jugar?

El viejo rió entre dientes y se inclinó hacia él.

—Muchacho, en mis tiempos fui uno de los mejores jugadores del mundo. Conocido en todos los casinos.

Los ojos de Pepe brillaron con curiosidad. Horas más tarde, tras una conversación llena de anécdotas y estrategias, decidió llevar al anciano a su humilde hogar de madera. La noche ya había caído cuando llegaron, y bajo la luz de la luna se veía a don Saúl arreando las cabras recién compradas. Con movimientos hábiles, guiaba a los animales hacia un corral improvisado, murmurando para tranquilizarlos.

Pepe se acercó con el anciano y lo presentó con una sonrisa.

—Tío Saúl, te presento a un nuevo amigo.

Don Saúl levantó la vista y asintió, saludando con cortesía antes de regresar-las cabras me salieron a mitad de precio-dijo. El anciano miró alrededor, observando la humildad del hogar, el brillo de las estrellas en el cielo despejado y la silueta de las cabras en la penumbra.

—Tienes una vida sencilla, pero buena —comentó en voz baja.

Pepe sonrió y se encogió de hombros.

—Se hace lo que se puede. Ahora, dígame, ¿cuándo empezamos con las lecciones?

El anciano bebió un último trago de su pulque y sonrió con malicia.

—Mañana al amanecer, muchacho. Mañana empezamos.

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