Sangre legendaria, capitulo 1.

 Los días posteriores al traslado de los trailers fueron como una niebla densa que envolvía cada rincón de la vida de Juanelo. El desierto parecía respirar en su interior y todo lo que tocaba tenía una pesadez que se volvía cada vez más difícil de soportar. Sus hermanos no dejaban de insistir en que era hora de que asumiera un rol de liderazgo más firme. Habían llegado a la conclusión de que Pepe debía ser sometido, que su independencia ya no podía ser tolerada. Lo decían con esa arrogancia tan propia de los que creen tener todas las respuestas, sin entender que la verdad, para ellos, estaba contaminada por el ego y la vanidad. 


Una tarde, cuando la luz del sol ya caía y el calor comenzaba a ceder ante el frescor de la noche, Juanelo escuchó sus palabras repetirse en su cabeza. *“Pepe es un inútil, no te respeta, no entiende la jerarquía. Tú eres el patriarca, tú eres el que manda”*. Esas voces lo acompañaban incluso cuando no estaban presentes, se infiltraban en su mente, creando una imagen de Pepe como un obstáculo, como alguien que no sabía su lugar. Cada palabra parecía reforzar una imagen distorsionada de su hermano, transformándolo en una figura pequeña e indeseable, que no merecía su respeto.


Finalmente, aquella tarde, Juanelo se armó de valor. Salió de la mansión. Caminó hacia donde Pepe y Don Saúl solían estar, hacia la vieja cervecería que ahora parecía un recordatorio del pasado que aún no se iba, aunque pronto estaría vacío. Había una tensión palpable en el aire cuando se aproximó a ellos.


El crujir de sus botas sobre la tierra seca fue lo primero que escuchó Pepe, que estaba sentado en una silla de madera, observando la puesta de sol. Don Saúl, más allá de la mesa, permanecía en silencio, sin hacer comentarios. Era el tipo de hombre que prefería mirar la tormenta desde lejos, sin meter mano en lo que no le concernía.


Juanelo no lo pensó más. Se acercó a su hermano, que lo miró sin sorpresa, pero con esa calma tensa que siempre había mantenido. La brisa del desierto soplaba, y el olor a tierra caliente y a metal oxidado llenaba la escena, mientras las luces del atardecer teñían todo de un color naranja, que hacía aún más sombría la atmósfera.


—Pepe —dijo Juanelo, con voz fría y autoritaria—. Necesito que los trailers sean movidos. Ya no tienen más uso aquí. No dan dinero, Los voy a rentar.


Pepe lo observó sin cambiar su expresión,  La piel, bronceada por el sol, parecía más resistente que cualquier cosa que pudiera decirle Juanelo. Pero en sus ojos, había algo que no dejaba mentir: una chispa de molestia que empezaba a prender.


—Necesito al menos uno —dijo Pepe, su voz grave pero calmada—. Solo uno, para seguir usándolo para iluminarme. Ya sabes que no tengo otra forma de hacerlo.


Juanelo se cruzó de brazos, mirándolo desde una altura superior. Había algo de arrogancia en su postura, como si el peso de los días de lucha y sacrificio le hubiera dado un derecho que nunca antes había reclamado. 


—Yo soy el patriarca aquí —respondió, su tono altanero y desafiante—. Lo que yo decida, se hace.


Pepe, que había permanecido en silencio hasta ese momento, no dejó que las palabras de Juanelo lo afectaran. 


—Está bien —dijo, como si no le importara—, pero si vas a llevarte los trailers, al menos no te lleves la bomba del pozo ni el panel solar. Es lo único que tenemos para no quedarnos sin agua.


Juanelo se rió con una risa burlona. No era una risa genuina, sino la de alguien que se sentía superior, que creía tener la última palabra.


—Tal vez sí lo haga —respondió con una mirada fría, dejando claro que no pensaba ceder. 


Pepe, que había sido testigo de las múltiples veces que Juanelo se había creído el rey del mundo, no podía dejar pasar esa amenaza. Señaló con el dedo hacia el machete de Don Saúl, que estaba descansando sobre la mesa cerca de ellos.


—Si te atreves a tocar eso, me vas a conocer de verdad —dijo Pepe, la amenaza en su voz tan clara como la luz que caía sobre el desierto.


Juanelo lo miró unos segundos, sabiendo que la situación estaba comenzando a salirse de control. Sin embargo, sus hermanos ya le habían llenado la cabeza con ideas y ahora no iba a retroceder.


Los trailers fueron movidos, y el desierto se vació un poco más. Al cabo de un mes, Saúl y Pepe regresaron, después de varios días fuera. Lo primero que notaron fue el silencio extraño que ahora dominaba la zona. La bomba del pozo había desaparecido. El pozo, que durante tanto tiempo les había brindado agua, estaba ahora vacío. La ira de Pepe comenzó a hervir, como una olla a presión lista para estallar.


Su primer impulso fue buscar a Juanelo, pero Saúl lo detuvo, poniendo una mano firme sobre su hombro.


—No hagas una tontería, Pepe. No dejes que te controle la rabia, te lo pido como amigo.


Pepe apretó los puños, sintiendo la presión en el pecho. El desierto estaba caliente, el aire denso y seco. Se volvió hacia Saúl, con los ojos inyectados de furia.


—¡Nos dejó sin agua, Saúl! Nos dejó sin lo único que nos mantenía vivos aquí. 


Saúl suspiró, exhalando el humo del cigarro con lentitud. Sabía que la rabia de Pepe era justificada, pero también sabía que, en su mundo, la violencia solo traía más violencia.


—No hay problema —dijo Saúl, tratando de calmarlo—. Aún tenemos la vieja bomba manual. Podemos instalarla, pero no hagas una locura. No necesitas más problemas.


Pepe, que aún sentía el ardor en las venas, se calmó un poco al escuchar la respuesta. Sabía que Saúl tenía razón, pero no podía evitar sentir que había sido humillado. La bomba representaba más que agua; representaba el control que Juanelo había decidido arrebatarles.


—Está bien —dijo, apretando los dientes—. Pero si Juanelo vuelve a hacer de las suyas, me olvidaré de que fuimos familia. Le demostraré lo que pasa cuando uno cruza la línea.


Horas después, mientras instalaban la bomba manual, Juanelo apareció, rodeado por un par de sus hermanos y algunos de los hombres que siempre lo seguían. La figura de Juanelo se recortaba contra el horizonte del desierto, su rostro endurecido por la arrogancia que lo consumía. 


—Es hora de que te largues de aquí, Pepe —dijo Juanelo, con voz firme y autoritaria.


Pepe lo miró sin miedo, sin dar su brazo a torcer.


—No lo haré —respondió, su voz llena de determinación—. Esta propiedad es de la familia, y yo la defenderé con mi vida si es necesario.


La tensión se podía cortar con un cuchillo. Juanelo comenzó a gritarle, acusándolo de no hacer nada, de ser inútil, de no tener valor.


—Tú no haces nada, Pepe —gritó—. Nadie te quiere, ni siquiera tus hermanos. Eres un estorbo.


Pepe no respondió con palabras. En cambio, se levantó de donde estaba y, en un solo movimiento rápido, le dio un golpe certero a Juanelo, que lo hizo tambalear. El sonido del golpe resonó en el aire seco, como un trueno que anunciaba la tormenta. 


—Recuerda, Juanelo —dijo Pepe, su voz baja y llena de veneno—. Cuando no tenías nada, fuiste tú quien vino a arrastrarse por ayuda. 

Y golpeó de nuevo, esta vez con más fuerza, hundiendo a Juanelo en el suelo, su rostro ensuciado por el polvo del desierto. Juanelo, temblando y casi llorando, se levantó, recogió lo que quedaba de su dignidad, y con una mirada llena de rencor, se retiró.



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