El enterrador y la guerra, capitulo 6: el verdadero final.
El amanecer en el planeta 83 fue diferente a cualquier otro que Dante—¿o Yosarian?—hubiera presenciado antes. La arena negra, teñida de rojo por la masacre, despedía un olor metálico a sangre y pólvora quemada. El aire aún vibraba con el eco de los disparos y los gritos de los caídos, pero en su lugar emergía un sonido nuevo: la ovación de los sobrevivientes, el rugido de la victoria.
Los cielos, apenas horas antes plagados de cazas enemigos y naves de asedio, ahora estaban despejados. Los restos de las fuerzas de la Emperatriz huían en desorden, dejando tras de sí maquinaria humeante y cuerpos desperdigados por el campo de batalla. Las guerreras de armadura negra, aquellas que habían descendido del cielo como ángeles de la muerte, permanecían erguidas entre los restos de la batalla, sus ojos brillando con una intensidad inhumana.
Dante—o Yosarian—caminó entre los cuerpos, sintiendo el peso de la revelación aún fresco en su mente. Su verdadero nombre. Su pasado olvidado. Cada paso que daba en la arena caliente y húmeda de sangre lo acercaba más a una verdad que no estaba listo para enfrentar. Pero no era momento de detenerse. No ahora.
Un mensajero llegó corriendo, el sudor trazando surcos entre el polvo adherido a su rostro.
—¡General! —jadeó, inclinándose ante Dante—. La noticia se ha esparcido. Los otros planetas del cúmulo han visto lo que hicimos aquí. ¡La rebelión ha estallado en todas partes!
Dante sintió un escalofrío recorrer su espalda. Levantó la vista hacia el horizonte, donde las naves rebeldes surcaban los cielos, una tras otra, como una manada de bestias liberadas de sus cadenas. La imagen se repetía en cada transmisión que llegaba a su comunicador. En el planeta 19, en el 46, en el 7… cada mundo oprimido por la Emperatriz se alzaba en armas, inspirado por la victoria de un pequeño grupo de soldados que se había negado a rendirse.
Los informes eran caóticos pero entusiastas:
—¡Los soldados biggenses están huyendo!
El cúmulo ardía con la furia de los oprimidos.
En cuestión de semanas, la guerra dejó de ser una serie de escaramuzas y se convirtió en una avalancha incontenible. Cada batalla era una grieta más en la muralla de la Emperatriz. Sus generales intentaron reforzar sus posiciones, enviaron flotas de represalia, pero cada vez que intentaban retomar un mundo, se encontraban con guerrillas mejor organizadas, con civiles armados, con flotas improvisadas que luchaban con una fiereza desesperada.
La Emperatriz, cuyo nombre antes inspiraba terror, ahora se convertía en un eco de su antigua gloria. Su voz, antes omnipotente en las transmisiones interestelares, ahora solo llegaba en súplicas de ayuda a un imperio que comenzaba a desmoronarse desde dentro.
Finalmente, el día llegó. En una última ofensiva, las fuerzas rebeldes empujaron a los restos del ejército imperial fuera del cúmulo. El último mundo bajo el yugo de la Emperatriz cayó con un rugido de júbilo, y las estrellas presenciaron el momento en que la opresión fue erradicada de aquella región de la galaxia.
En el centro de todo, Dante—o Yosarian—observaba el amanecer desde la cima de una fortaleza conquistada, con el viento nocturno aún cargado del aroma de la batalla. Se llevó una mano al rostro, trazando la cicatriz que Hack le había señalado, sintiendo cómo su identidad se desmoronaba y reconstruía al mismo tiempo.
La guerra estaba ganada.
El cielo de Planeta X tenía un tono distinto al de otros mundos que había visitado, Yosarian descendió de la nave con paso lento, sintiendo el peso de los años y las guerras en cada fibra de su cuerpo. No llevaba armadura ni uniforme, solo ropa sencilla de tela gruesa, como la que usaban los agricultores locales. Sus botas, aún con el polvo de mil batallas, tocaban el suelo con una extraña reverencia.
A lo lejos, junto a un lago, vio un palecete, con un campo silvestre a un lado y un laboratorio avanzado del otro. Hack estaba en la entrada, apoyado en el marco de la puerta, con las manos en la cintura y una sonrisa que le iluminaba el rostro.
—Tardaste más de lo que esperaba —dijo Hack con un brillo de alivio en sus ojos oscuros.
Yosarian sonrió, una sonrisa que le costó más de lo que debería.
Los dos hombres se acercaron y se apretaron las manos. Aquel gesto decía más que cualquier palabra: hablaba de los años en que habían luchado juntos, de los momentos en que creyeron que todo estaba perdido, de la esperanza que nunca dejaron morir.
Yosarian levantó la vista y vio a un joven de unos diecisiete años, de cabello oscuro y ojos afilados como los suyos. Yosarian Jr. estaba allí, de pie, observándolo con una mezcla de curiosidad y cautela. Había crecido, su estatura casi igualaba la de su padre, y su postura denotaba la fuerza de alguien que había aprendido a sobrevivir en tiempos difíciles.
—Eres… —empezó Yosarian, pero no encontró las palabras.
El joven inclinó la cabeza y esbozó una sonrisa.
—Dicen que tengo tu mal genio.
Hack soltó una carcajada.
—Y tu terquedad. —Le dio una palmada en la espalda al chico y luego miró a Yosarian—.
Yosarian Jr. extendió una mano, y su padre, tras un breve instante de duda, la estrechó con firmeza. En aquel apretón había años de historias no contadas, de recuerdos fragmentados, de un lazo que, aunque roto por el tiempo, aún podía repararse.
Los días pasaron en un susurro tranquilo.
Hack le ofreció una habitación en su casa, y Yosarian aceptó sin dudarlo. Por primera vez en años, no tenía que preocuparse por estrategias militares, por movimientos de flotas enemigas ni por discursos de rebelión. Aquí, en aquel rincón del universo, el tiempo se movía con la lentitud de las estaciones, marcado por el crecimiento de las cosechas y el sonido del viento entre los árboles.
La carpintería se convirtió en su refugio.
Pasaba horas tallando madera, sintiendo la textura rugosa bajo sus manos, oliendo el aroma del cedro recién cortado. Sus dedos, antes acostumbrados a manejar rifles y controles de naves, ahora moldeaban tablones con precisión, creando muebles que durarían generaciones. Era un trabajo honesto, tangible, muy diferente a la guerra.
También cultivaba la tierra. Se despertaba con el sol, hundía las manos en el suelo fértil y plantaba semillas con la paciencia de quien ha visto demasiadas cosas desaparecer. La rutina le traía paz, una paz que nunca creyó posible.
Por las tardes, Yosarian Jr. se acercaba al taller y lo observaba en silencio. A veces hablaban, a veces no. Pero cada día, el lazo entre ellos se hacía más fuerte.
—¿Siempre fuiste carpintero? —preguntó un día el joven, mientras Yosarian lijaba una mesa.
Yosarian sonrió, dejando que el polvo de la madera flotara en el aire antes de responder.
—fuimos sepultureros.
Hack, desde la puerta, sonrió satisfecho.
—Creo que finalmente entendiste cómo se gana una guerra de verdad.
El viento sopló, agitando las espigas del campo, y en ese momento, Yosarian supo que, por primera vez en mucho tiempo, estaba exactamente donde debía estar.
El aire en el puerto tenía un peso distinto al de los días pasados. Ya no era el sitio polvoriento y descuidado donde unos pocos mercantes llegaban a intercambiar bienes en transacciones modestas. Ahora era un punto neurálgico del comercio interestelar, una colmena de actividad donde naves de todos los tamaños llegaban y partían con una cadencia incesante.
Las plataformas flotantes se extendían a lo largo de kilómetros, iluminadas por luces de guía que parpadeaban como constelaciones artificiales. Los enormes cargueros descendían con suavidad, impulsados por motores de gravedad inversa, mientras brazos mecánicos descargaban contenedores repletos de minerales raros, dispositivos tecnológicos y suministros agrícolas.
Desde la torre de mando, Hack observaba el puerto con los brazos cruzados. A su lado, Yosarian Jr. Permanecía en silencio, pero la satisfacción era evidente en su rostro. Su plan había funcionado mejor de lo que cualquiera había imaginado.
Muy bien niño—comentó Hack, con una sonrisa de orgullo mal disimulada.
El joven asintió. Su mirada no era la de un simple comerciante, sino la de un estratega, un constructor de imperios.*
—Recuerdo cuando otros planetas decían que nunca funcionaría —respondió Yosarian Jr. con tono tranquilo—. Que ningún comerciante querría arriesgarse a usar nuestros puertos cuando había opciones más grandes y establecidas.
Hack rió entre dientes.
—Y ahora somos la tercera fuerza económica de la galaxia.
El ascenso había sido imparable. Primero, atrajeron a los comerciantes más pequeños, aquellos que no podían costear las exorbitantes tasas de los puertos controlados por los megaconglomerados. Luego, con rutas seguras, tarifas bajas y acuerdos estratégicos, lograron algo impensable: atraer a los medianos. Y cuando estos vieron los beneficios de comerciar aquí, los grandes jugadores comenzaron a prestar atención.
Ahora, la infraestructura era imponente. Los astilleros orbitales ya competían con los mejores, las instalaciones de almacenamiento podían albergar cargas equivalentes a las de un planeta entero, y las negociaciones con otros bloques comerciales se cerraban con términos favorables.
Pero no todo había sido fácil.
—Los conglomerados no se van a quedar de brazos cruzados —señaló Hack, con la voz grave—. Ya viste lo que pasó en los puertos cercanos Zarnath V.
Yosarian Jr. inclinó la cabeza, pensativo. Los ataques de los grandes consorcios no eran siempre militares. Eran maniobras económicas: bloqueos comerciales, sabotajes, intentos de soborno a funcionarios clave. Pero él había aprendido bien de su padre. No se rendía. No retrocedía.
—Tengo un plan para eso —respondió, con la seguridad de alguien que ya estaba varios pasos adelante en el juego.
En ese instante, un comunicado holográfico, se activó en la sala de mando. Una figura de un embajador de un bloque comercial rival apareció, con una expresión que intentaba ser neutral, pero con un leve rastro de nerviosismo.
—Señor Yosarian —saludó—. Hemos recibido su propuesta de alianza… y queremos discutir términos.
Hack levantó una ceja y le dio una palmada en el hombro al joven.
—Creo que acabas de ponerle la última pieza a este rompecabezas.
Yosarian Jr. esbozó una sonrisa apenas perceptible. Afuera, en el puerto, las luces de las naves seguían brillando, anunciando que el futuro estaba en sus manos.
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