El enterrador y la guerra, capitulo 5.



El sonido del viento nocturno sacudía los pliegues de la carpa dorada donde Yosarian Jr. y Freddy estaban sentados. Afuera, el aire fresco del desierto nocturno traía consigo un aroma a arena húmeda y especias, mientras que dentro de la tienda, el aroma del té de hierbas impregnaba el ambiente, mezclándose con el tenue resplandor de las lámparas de aceite.  


Freddy observaba a Yosarian Jr., quien desplegaba un holograma en la mesa de madera entre ellos. Las luces azules y naranjas del proyector delineaban rutas estelares, puntos estratégicos y proyecciones económicas. La voz de Yosarian Jr. fluía con entusiasmo mientras explicaba:  


—Mira esto. Si logramos establecer estos puertos en las rutas comerciales de los cúmulos cercanos, controlaremos el flujo de bienes en la región. No necesitamos una flota de guerra. El comercio es el arma más poderosa.  


Freddy bebió un sorbo de su té y asintió. El líquido caliente le reconfortó la garganta, aunque la idea de su amigo le sonaba demasiado ambiciosa.  


—Suena bien —dijo finalmente—, pero la pregunta es… ¿cuándo comenzamos a trabajar?  


Yosarian Jr. parpadeó y sonrió con diversión.  


—Freddy, ya estamos trabajando.


Freddy entrecerró los ojos.  


—No, me refiero a otra cosa. ¿Cuándo empiezo a pagar la comida? Vivir aquí debe ser caro.  


Yosarian Jr. apoyó la espalda en su silla con un gesto relajado.  


—Este palacio es de mi familia.  


Freddy resopló.  


—Sí, pero yo no soy tu familia.  


Yosarian Jr. sonrió y se inclinó hacia adelante.  


—Tú eres como de mi familia.  


Freddy frunció el ceño.  


—¿Y por qué?  


—¿Cuántas veces me has sacado de problemas?  


—Un par.  


—Veinte más.  


Freddy hizo un gesto con la mano.  


—¿Y eso qué?  


Yosarian Jr. lo miró con una seriedad inesperada.  


—Pues que te aprecio.  


Freddy desvió la mirada, removiendo su taza de té con lentitud.  


—No sé… Eres raro, amigo.  


Yosarian Jr. rió, y el sonido llenó la carpa como un eco de la confianza que tenía en su plan.  



Durante los días siguientes, la planificación comenzó en serio. Ingenieros, comerciantes y diplomáticos fueron convocados en reuniones que se prolongaban hasta altas horas de la noche. El sonido de teclas y cálculos flotaba en el aire del palacio, mientras los planos de los nuevos puertos intergalácticos tomaban forma.  


El Planeta X estaba destinado a convertirse en el centro comercial más importante de la galaxia, pero sabían que no sería fácil.  


Mientras tanto, en un lugar distante, una guerra se estaba librando.  


Dante estaba de pie sobre una colina rocosa, con su capa ondeando al viento. Sus ojos recorrieron el campo de batalla donde sus dos mil soldados se enfrentaban a los cinco mil de la Emperatriz. La arena negra del planeta 83 estaba teñida de rojo, y los ecos de disparos y explosiones sacudían el aire.  


—Guerrillas y emboscadas. Esa es nuestra única opción —dijo Dante a su segundo al mando.  


Sus soldados eran disciplinados y letales, pero el enemigo los superaba en número. Durante semanas, habían luchado en una guerra de desgaste, logrando victorias momentáneas, pero perdiendo terreno con cada ola de refuerzos imperiales.  


En Nueva Europa, a miles de años luz de distancia, el general Boots discutía con el Canciller.  


—Señor, el planeta 83 está cediendo.  


El Canciller golpeó la mesa con el puño.  


—Eso es inadmisible. Si caemos aquí, será la derrota moral de todo el cúmulo...liberen el proyecto Omega.


—Aún no hemos terminado el Proyecto Omega.


El Canciller lo fulminó con la mirada.  


—Es ahora o nunca.  


Dante y sus hombres estaban al límite. Se encontraban en una trinchera improvisada, rodeados por las fuerzas de la Emperatriz. Un cañón enemigo apuntaba directamente hacia ellos.  


Dante se pasó una mano por la barba y miró a sus soldados.  


—Hemos luchado bien. Hemos resistido. Pero no podemos huir de esto. Es mejor morir con dignidad.  


Sus hombres, cansados pero firmes, se prepararon para la última carga.  


Y entonces, ocurrió algo inesperado.  


Desde el cielo, comenzaron a caer figuras envueltas en un resplandor metálico. Guerreras.  


Mujeres de armaduras negras y ojos brillantes descendían del espacio como ángeles de la muerte. Sus movimientos eran inhumanamente rápidos. Sus espadas atravesaban las filas enemigas con una facilidad aterradora.  


En cuestión de minutos, la balanza de la guerra cambió.  


Los soldados de la Emperatriz caían en una proporción de 100 a 1.  


Dante observó el campo de batalla con una extraña sensación en el pecho.  


Cuando todo terminó, se quedó inmóvil. Esas mujeres… había algo en ellas que le provocaba un escalofrío profundo, algo que su mente no lograba comprender.  


Sin perder tiempo, se comunicó con Hack.

Hack recibió la llamada en su despacho.  


—¿Dante? —respondió con su tono habitual de dureza.  


—Hack, necesito respuestas. Esas mujeres… algo en ellas no está bien, es como si ya las hubiera visto.


Hubo un silencio al otro lado de la línea, 


—¿Dante? —repitió Hack, con un tono de duda—. Dime algo… ¿bajo esa barba tienes una cicatriz que va de la frente a la barbilla?  


Dante frunció el ceño y pasó los dedos por su rostro.  


—Sí… ¿cómo lo sabes?  


La línea quedó en silencio por un largo segundo. Luego, la voz de Hack se escuchó temblorosa, incrédula.  


—Porque tu verdadero nombre es Yosarian.  


Dante sintió como si su universo entero se tambaleara.  


Sus soldados, aún celebrando la victoria, se quedaron en silencio al notar su expresión.  


Un nombre.  


Un eco en su mente.  


Yosarian.  


El mundo dejó de tener sentido.

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