El enterrador y la guerra, capitulo 4.
Dos meses antes del comienzo de la guerra, en el planeta de los Valles, un joven de cabellos oscuros y ojos astutos se encontraba en una esquina discreta de los terrenos de la Academia Militar, besando a una hermosa joven de rizos dorados. Yosarian Jr., hijo de Hack, había dominado el arte de la infiltración, y su traje de estudiante lo hacía indistinguible entre los cadetes. Pero la intimidad del momento fue abruptamente interrumpida.
—¡Maldito bastardo! —bramó una voz furiosa a pocos metros de distancia.
El novio de la chica, un corpulento soldado en formación, había llegado. Yosarian ya había anticipado esta situación. Con una sonrisa ladina y un guiño a la chica, se apartó con agilidad y comenzó a alejarse. Aún podía oír el crujido de las botas del otro al intentar alcanzarlo, pero Yosarian, con movimientos fluidos y calculados, dobló por un pasillo angosto y se dirigió hacia la salida más cercana.
Justo cuando estaba preparando su huida, una mano firme se posó en su hombro. Se giró rápidamente, encontrándose cara a cara con un instructor de la academia. El hombre, de facciones severas y uniforme impecable, le dirigió una mirada de hierro.
—¿Qué demonios haces aquí? —preguntó el instructor con voz cortante.
—Yo… estaba—
—¡Alíneate con los demás, soldado! —interrumpió el instructor, sin darle oportunidad de replicar.
Yosarian quiso resistirse, pero notó las miradas de varios cadetes sobre él. No tenía más opción. Suspiró, tragándose su orgullo y se integró al grupo. Sabía que no podría quedarse allí mucho tiempo sin ser descubierto, pero su plan era simple: escapar al día siguiente, justo a la misma hora de rotación. Todo estaba calculado… hasta que la guerra estalló al amanecer.
Antes de que pudiera reaccionar, se encontró en medio del caos. Alarmas rugían por toda la academia, órdenes se vociferaban sin descanso y el sonido de motores de combate llenaba el aire. La Emperatriz había decretado la movilización inmediata. Yosarian fue empujado sin miramientos dentro de un pelotón y, antes de darse cuenta, se hallaba atrapado en una guerra en la que nunca quiso participar.
Dos meses después, el conflicto era más feroz que nunca en el Planeta 16. Yosarian Jr. se había mantenido lo más pasivo posible, evitando entrar en enfrentamientos directos. Sin embargo, su suerte se agotó cuando su nave fue derribada y sus compañeros se vieron obligados a enfrentarse a un hombre imparable. Dante.
Desde su posición semioculta, Yosarian vio con horror cómo un solo guerrero, armado con una Wonchester espacial, acababa con sus compañeros en cuestión de minutos. Sus movimientos eran precisos, casi coreografiados. Cada disparo encontraba su objetivo con una letalidad devastadora. Pronto, solo Yosarian y otro soldado quedaron de pie.
Dante los miró fijamente. Por un instante, su mirada se endureció, como si algo en Yosarian le resultara familiar. El joven sintió su respiración volverse errática, pero Dante no apretó el gatillo. En lugar de eso, giró su rifle y los dejó ir.
Sin pensarlo dos veces, Yosarian y su compañero corrieron de vuelta a la nave y la pusieron en marcha. El pánico los guiaba, pero también un nuevo propósito: sobrevivir y encontrar la manera de escapar de la guerra.
Un mes después, en el Planeta X, Hack estaba frente a su computadora cuando detectó el ingreso de una nave pequeña al espacio aéreo. Observó la señal con escepticismo y decidió recibir a los recién llegados con un grupo de hombres armados. Cuando salió a la plataforma de aterrizaje, su corazón dio un vuelco.
Allí, andrajoso y con el cabello largo y descuidado, estaba su hijo, Yosarian Jr. A su lado, el compañero que había escapado con él. Sus ropas estaban desgarradas, su piel mostraba signos de haber pasado semanas sin descanso. Pero aún estaba vivo.
Hack cruzó los brazos y sonrió con diversión.
—Vaya, vaya… el niño regresa a casa —dijo con tono burlón.
Yosarian sonrió con cansancio y caminó hacia él. Su padre lo observó unos segundos antes de abrazarlo con fuerza.
Poco después, dentro del palacio de Hack, la historia fue contada entre tragos y risas. Hack escuchó atentamente el relato de su hijo, y cuando terminó, soltó una carcajada estruendosa.
—¿Eso es todo? —dijo con diversión—. Yo pasé por cosas peores cuando fui fugitivo y a la fuerza, tu te fuiste por rebelde.
Yosarian sonrió, pero en su mirada había algo más que simple alivio por haber sobrevivido.
—Tal vez… pero no quiero que este planeta pase por lo mismo.
Hack arqueó una ceja, intrigado.
—ya estás madurando, Y qué sugieres, hijo?
Yosarian se puso de pie y desplegó un holograma sobre la mesa. En él se veían rutas de comercio, esquemas de puertos y estrategias de crecimiento.
—Quiero expandir el Planeta X, pero sin guerra. Con puertos de comercio. Si jugamos bien nuestras cartas, podríamos convertirlo en el centro de la galaxia sin disparar un solo tiro.
Hack lo observó con detenimiento. Tras un momento de silencio, sonrió con aprobación.
—Me gusta cómo piensas.
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