el enterrador y la guerra, capitulo 3.
La guerra había estallado. La Emperatriz, convencida de que la única manera de mantener su dominio era la fuerza, había decidido enviar una parte considerable de su flota a la batalla. Desde un satélite en la órbita de una luna cercana, el Canciller de Nueva Europa observaba la escena con lamentación. Frente a él, las pantallas mostraban la vastedad del conflicto: enormes naves de guerra emergían de las sombras de los planetas, cruzando el vacío con su carga letal de destrucción. Sus consejeros lo miraban en espera de una respuesta contundente.
El Canciller suspiró con tristeza, pues sabía que ya no había más opciones. No podía evitar lo que estaba por venir, solo dirigirlo con la menor cantidad de pérdidas posible. Entonces, finalmente, pronunció las palabras que marcarían la historia:
—Contraataquen.
Los consejeros asintieron solemnemente y de inmediato transmitieron la orden. En cuestión de horas, la flota de Nueva Europa respondió con una fuerza demoledora. La batalla comenzó a desarrollarse con ferocidad en el espacio. Los pilotos de Big African, con su destreza y maniobrabilidad inigualable, se enfrentaban a la descomunal potencia de fuego de Nueva Europa. Las explosiones iluminaban la negrura del espacio mientras los colosos metálicos se desintegraban bajo el fuego enemigo. La guerra había dejado de ser una amenaza lejana para convertirse en una realidad tangible y devastadora.
Mientras tanto, en los confines del universo, los líderes de 83 planetas de la Confederación Oceanic habían tomado una decisión crucial. Se dirigían a la Tierra de los Jesuitas, un planeta conocido por su neutralidad y por haber albergado la primera resistencia contra la Emperatriz. Para ello, utilizaron naves de segunda mano, cargadas con los altos representantes de sus planetas, quienes descendieron en el territorio cercano a la congregación jesuita, donde todo había comenzado.
Dante y el jefe de la Orden los recibieron en la explanada del santuario. Los recién llegados no tardaron en formular la pregunta que los había llevado hasta allí:
—¿Dónde está el hombre que derrotó a los invasores?
Dante, imponente y firme, avanzó un paso al frente.
—Soy yo.
Los líderes lo observaron con atención. Su postura, su mirada penetrante, su expresión de determinación… no necesitaban más pruebas. Había algo en él que inspiraba respeto y autoridad.
—Vinimos a unir fuerzas contra la Emperatriz —dijo uno de los líderes, sin apartar la vista de Dante—. como lograste la hazaña?
Dante cruzó los brazos y exhaló, recordando la batalla.
—Mis instintos fueron activados —respondió.
El jefe de los jesuitas, que hasta entonces había permanecido en silencio, extrajo un trozo de tela que había estado buscando en los archivos de la orden. Se lo mostró a Dante. Uno de los líderes lo observó con detenimiento y, tras un instante de análisis, señaló el símbolo lunar en el centro.
—Este es el emblema de los generales antiguos.
El jefe jesuita asintió.
—No lo dudo. Permítanme contarles cómo lo encontramos.
Todos guardaron silencio mientras el anciano comenzaba su relato.
—Hace años, nuestra orden llegó a recargar combustible en un planeta que hoy llamamos Planeta X. Descendimos en un valle montañoso, junto a un río que fluía desde la cima de una gran montaña. Fue allí donde encontramos a este hombre —dijo, señalando a Dante—. Estaba inconsciente, flotando sobre un tronco en medio del agua. Lo sacamos y lo cuidamos hasta que sanó, pero cuando despertó, no recordaba nada de su pasado.
El asombro cruzó los rostros de los líderes. Uno a uno, se inclinaron en señal de respeto ante Dante.
—General Dante —murmuraron casi al unísono.
Dante no reaccionó de inmediato. El peso de ese título era nuevo para él, pero no podía ignorar la certeza con la que aquellos hombres lo pronunciaban.
El momento de reverencia fue interrumpido por una cuestión urgente. Uno de los líderes habló con preocupación:
—Necesitamos más armas. Las últimas se agotaron tras el enfrentamiento en el Planeta 72.
El representante del Planeta 18, un mundo de comerciantes clandestinos y multimillonarios, sonrió con confianza.
—No hay problema. Ya he solicitado un cargamento gigantesco desde el Planeta X. Llegará en la mañana.
Todos intercambiaron miradas y asintieron. La espera comenzó.
Al amanecer, el cielo se llenó con el rugido de una nave descendiendo sobre la Tierra de los Jesuitas. Era un carguero imponente, con el logo de una compañía independiente en su casco metálico. La nave aterrizó con precisión y de ella descendió un hombre de porte despreocupado pero atento: Hack, el comerciante más conocido del submundo.
Los líderes lo esperaban con impaciencia, pero sus ojos pronto se centraron en el sujeto más alto de la congregación. Hack frunció el ceño al ver a Dante. Había algo inquietantemente familiar en su silueta. Por un instante, Dante también se sintió extraño al mirarlo. Era como si se hubieran visto antes, aunque ninguno pudiera recordar dónde.
Finalmente, Dante rompió el silencio.
—¿Tienes alguna arma útil para mí?
Hack escuchó su voz y se detuvo. Era demasiado parecida a la de alguien que conoció en otro tiempo, alguien que ahora era solo un recuerdo. Sin dudar, preguntó:
—¿Cuál es tu nombre?
—Dante Alighieri —respondió con naturalidad.
Hack arqueó una ceja.
—Ese es el nombre de un famoso escritor terrestre.
Dante asintió. Hack apartó el pensamiento de su mente y abrió la bodega de su nave. Dentro, se exhibían algunas de las armas más avanzadas del arsenal clandestino. Dante avanzó entre ellas con la mirada aguda de un soldado en busca de su herramienta perfecta.
Entonces, sus ojos se posaron en un arma en particular: una Winchester espacial, una versión modernizada del icónico rifle terrestre. Dante la tomó entre sus manos, sintiendo su peso, su equilibrio. Había algo en ella que le resultaba natural.
Hack observó la escena con interés y murmuró:
—Esa era la favorita de mi viejo amigo.
Por un instante, pareció perdido en sus pensamientos, pero sacudió la cabeza y se obligó a concentrarse en el presente. Sin decir más, entregó el arma a Dante, quien la sostuvo con firmeza.
la guerra solo acababa de comenzar.
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