El enterrador y la guerra, capitulo 2.

 

La tensión había escalado de manera garrafal en la galaxia. La emperatriz de Big African, consciente de que no podía enfrentarse a Nueva Europa directamente… no todavía, comenzó a preparar su movimiento con meticulosa precisión. La guerra aún no era oficial, pero las sombras ya estaban impregnadas de sangre y miedo.  


En diferentes puntos del cúmulo de planetas conocidos como Oceanic, sus fuerzas se movilizaron de manera encubierta, estableciendo campamentos secretos. En estos lugares, la violencia se convertía en una herramienta, en un mecanismo para generar terror absoluto, un mensaje claro para cualquiera que se opusiera a su voluntad.  


Uno de estos puntos era el planeta 83, conocido como "Tierra de Jesuitas". Un mundo polvoriento, cubierto de llanuras secas y vientos abrasivos que aullaban a través de valles desolados. La fe allí era una fortaleza tan impenetrable como las rocas que se levantaban en la inmensidad de sus páramos. Pero ni siquiera la fe podía detener el avance de los hombres de la emperatriz.  


Desde el cielo estrellado descendió una nave oscura, su forma angular cortando la atmósfera como una cuchilla afilada. Aterrizó con un zumbido grave y ensordecedor, removiendo la tierra reseca bajo su peso. De su interior emergieron diez hombres, soldados endurecidos, de miradas frías y movimientos mecánicos.  


Marcharon sin dudar hacia una de las congregaciones más antiguas del planeta, donde decenas de religiosos se encontraban reunidos en su ritual nocturno. El líder de la nave, un hombre de complexión delgada pero con ojos como dos carbones encendidos, avanzó hasta el centro de la congregación.  


—Desde este momento, servirán a la emperatriz —declaró con voz impasible, cada sílaba cargada de autoridad.  


El líder de la congregación, un anciano de túnica blanca y manos firmes, lo miró con la serenidad de quien ya ha visto demasiados infiernos.  


—Nosotros solo servimos al Creador —respondió con calma.  


El invasor ladeó la cabeza, como un animal curioso antes de atacar.  


—¿Eres la autoridad aquí?  


—Sí, lo soy —contestó el anciano sin titubeos.  


El puño del invasor se cerró en un instante y, antes de que la congregación pudiera reaccionar, impactó contra el rostro del líder. Un sonido seco, como el chasquido de una rama quebrándose, resonó en la silenciosa capilla. El anciano cayó de rodillas, con la sangre resbalando por su labio partido.  


El aire se cargó de electricidad. Y entonces, antes de que nadie pudiera preverlo, una figura emergió de entre la multitud.  


El hermano Dante.  


Era un hombre imponente, alto y de huesos gruesos, con manos enormes y un cuello ancho que parecía esculpido en piedra. Su barba tupida cubría la mitad de su rostro, y una cicatriz que le cruzaba dese la frente hasta a mejilla le confería una expresión aún más feroz. Su voz, cuando habló, fue como un trueno en la penumbra.  


—Vayanse al diablo.  


Los invasores se tensaron, preparados para atacar, pero antes de que pudieran reaccionar, Dante se movió con una velocidad casi imposible para alguien de su tamaño. El líder enemigo lanzó un nuevo golpe, pero Dante lo esquivó con un mínimo movimiento, inclinándose apenas. Su respuesta fue fulminante: un puño directo al estómago que dejó al invasor sin aliento, seguido de un golpe ascendente que lo mandó al suelo sin sentido.  


El resto de los soldados reaccionaron al instante, pero Dante era una tormenta en carne y hueso. Se deslizó entre ellos con una precisión letal, esquivando, bloqueando y devolviendo cada golpe con una fuerza devastadora. Un codo impactó en una mandíbula; una pierna barrió a otro hombre, haciéndolo caer pesadamente. En cuestión de segundos, todos los invasores yacían en el suelo, inconscientes o gimiendo de dolor.  


Dante respiró con fuerza, sintiendo la adrenalina recorrer su cuerpo. Sus ojos recorrieron a los hombres caídos, su mente procesando lo que acababa de hacer. No era solo fuerza. Era instinto. Era técnica. Era… entrenamiento?


Se volvió hacia el líder de la congregación, aún desorientado por el golpe.  


—Explícame esto —exigió.  


El anciano se tomó un momento antes de responder.  


—Hace diez años te encontramos flotando en el planeta X, agarrado de un tronco en un río. El hermano Florentino te vio primero. Cuando te sacamos del agua, llevabas ropajes militares, pero ya no tenías memoria.


Las palabras se hundieron en la mente de Dante como dagas afiladas.  


El suceso pronto se esparció por toda Oceanic, resonando en cada rincón del cúmulo. La historia del monje que venció a diez hombres con reflejos sobrehumanos no era solo un mito, era una chispa. La chispa que encendió la resistencia.  


Los habitantes de Oceanic, cansados de vivir bajo la sombra del miedo, comenzaron a rebelarse. Grupos de combate improvisados surgieron en cada planeta. Lo que había comenzado como susurros de desobediencia pronto se convirtió en un rugido de guerra.  


Y Hack, como siempre, vio la oportunidad antes que nadie.  


Desde su nave, miró los informes que llegaban desde Oceanic. Transportaba cantidades exorbitantes de armas, asegurando que cada célula de resistencia estuviera equipada para la lucha que se avecinaba. No le importaban los ideales, solo el flujo de recursos. Y en ese momento, el planeta X estaba en camino de convertirse en una potencia menor, gracias a su planificación y provisión de armamento.  


Pero la emperatriz no iba a permitir que el control se le escapara de las manos.  


Con una orden, envió una nave de alta potencia, una máquina de guerra diseñada para erradicar cualquier obstáculo. Su misión era clara: arrasar con la resistencia antes de que pudiera fortalecerse.  


Sin embargo, la nave nunca llegó a su destino.  


Interceptada en pleno espacio por una flota de Nueva Europa, la guerra fría terminó en el instante en que la primera explosión iluminó la negrura del cosmos.  


Las comunicaciones entre la emperatriz y el canciller se restablecieron en una llamada privada, sus rostros proyectados en luces holográficas.  


—Espero que entiendas lo que esto significa —dijo la emperatriz con voz helada.  


El canciller, con su mirada impasible, respondió con calma.  


—Yo sí lo entiendo. Desearía que usted también.


Y así, la guerra estalló.  


Las llamas del conflicto ya no podían apagarse.

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