el enterrador y la guerra, capitulo 1.
La sala de reuniones estaba iluminada por la tenue luz azul de los proyectores holográficos, una constante fluctuación que transformaba las sombras en destellos de nebulosas y constelaciones. La atmósfera estaba cargada de una tensión palpable, cada palabra se sentía pesada, como si el aire mismo estuviera a punto de romperse. Hack observaba desde la oscuridad de su rincón, sus ojos fijos en la proyección de las figuras flotantes que representaban a los principales actores de la reunión.
El canciller de Nueva Europa, un hombre de porte erguido y rostro impasible, estaba en el centro de la proyección. Sus ropas, de un tono plateado casi translúcido, reflejaban la luz de la sala con cada movimiento, como si su figura estuviera suspendida en el vacío. A su alrededor, flotaban otras figuras. La emperatriz de Big African, con su corona de ébano y un manto negro que parecía absorber la luz, emanaba una presencia intimidante. De su lado, planetas menores, representantes de regiones periféricas, se mantenían en un incómodo silencio, observando el devenir de la conversación con cautela.
“Este es el nuevo problema”, dijo el canciller en tono grave, su voz resonando en la sala como si proviniera de las paredes mismas. “La región denominada Oceanic es un cúmulo de 84 planetas gravitacionalmente interconectados. Estrellas habitables, todavía en desarrollo, pero con una población creciente, en su mayoría fugitivos, huérfanos de todo orden, y sin una forma de gobierno coherente. ¿Cómo podemos legitimar a una región que carece de una estructura clara, sin un gobierno centralizado?”
Aquel último término hizo que la emperatriz de Big African frunciera el ceño. Era un gesto sutil, pero Hack lo percibió al instante. La emperatriz siempre había tenido una percepción aguda de las palabras, un sentido de propiedad sobre la verdad. No solía dar lugar a la duda, y aquello, para ella, era una clara debilidad.
“¿Qué gobierno se puede legitimar sin un líder? Un pueblo sin gobernante no es más que una masa de carne y huesos sin dirección”, respondió con voz firme, sus palabras como un látigo que cortaba el aire. “Oceanic es solo una dispersión de individuos sin la capacidad de unirse, de reconocer un propósito común. No podemos aceptar tal caos.”
La sala se volvió más tensa. Hack sentía la vibración en su piel, un pequeño hormigueo que marcaba el ritmo de la conversación. La emperatriz había hablado, y sus palabras siempre eran hirientes. Estaba acostumbrado a ella. Pero el canciller no era de los que retrocedían.
“No existe un gobernante sin pueblo”, replicó el canciller con una calma calculada, el brillo de su mirada desafiando el argumento. “La legitimidad no se encuentra en un individuo, sino en la voluntad colectiva de los pueblos. Si el pueblo de Oceanic ha decidido no ser dirigido por un solo líder, su fuerza recae en esa unidad, esa misma voluntad que los mantiene unidos. Eso es lo que otorga legitimidad, no la presencia de un monarca o emperador.”
La emperatriz no tardó en devolver el golpe, con una sonrisa que no tenía nada de cálida. “¿Unidad? No puede haber unidad donde no existe ni siquiera un reconocimiento mutuo. Este lugar, Oceanic, es un fragmento. Un fragmento de caos, desconociendo hasta su propia existencia como región. Sin un vínculo, sin un gobernante, no pueden ser reconocidos por nadie, menos aún por nosotros. No importa cuántos planetas estén gravitacionalmente conectados, no son más que escombros sin la capacidad de autogobernarse.”
Los planetas menores murmuraron entre sí, algunos asintiendo en silencio, otros claramente incómodos. Hack podía verlos, sus cuerpos proyectados en la sala, y sentía la presión creciente. No era el momento de intervenir, no todavía, pero el tono de la emperatriz estaba a punto de desbordarse. La tensión era casi palpable, como si el aire se espesara con cada palabra.
El canciller respondió rápidamente, su rostro aún impasible. “ El pueblo siempre se reconoce a sí mismo a través de su voluntad colectiva, de su capacidad para decidir por y para ellos mismos. Es precisamente esa autonomía lo que nos da la legitimidad.”
“La democracia es una farsa”, retorció la emperatriz, su voz cargada de desdén. “No puede haber igualdad entre todos los seres humanos, no cuando la diferencia en poder, en recursos y en oportunidades es tan vasta. La historia ha probado una y otra vez que no hay igualdad en los humanos. La democracia es solo un velo que oculta la verdadera lucha por el poder.”
Un murmullo se extendió entre los planetas menores, algunos dudando, otros observando atentamente. Hack miró hacia la ventana de la sala, viendo cómo el espacio exterior parpadeaba con la presencia de las estrellas, pero aún con la sensación de que todo se estaba desmoronando. No quería ser parte de este conflicto. Sabía que la emperatriz no iba a ceder. Sabía que el canciller también se aferraría a sus ideales con la misma firmeza. El conflicto entre ellos solo se intensificaría, y él no quería ser parte de ello. Había tenido suficiente de disputas políticas, de alianzas y traiciones.
“Yo... no quiero ser parte de esto”, dijo Hack finalmente, su voz clara y decidida. “Desconectaré.”
Con un gesto, Hack apagó su conexión. Las figuras flotantes de los demás participantes comenzaron a desvanecerse, pero no antes de que la emperatriz dirigiera una última mirada fulminante hacia él, como si su decisión fuera un desaire personal.
Poco después, todos los demás siguieron el ejemplo. El canciller, con una mirada que reflejaba una mezcla de frustración y resignación, hizo un gesto con la mano, y la proyección de la sala se desvaneció. En la oscuridad de su habitación, Hack se quedó solo, respirando profundamente. Era una sensación familiar, como si el peso de todo lo ocurrido en ese lugar cayera sobre él de nuevo. No quería involucrarse, pero sabía que no podía escapar de todo. Oceanic, con su caos, seguiría siendo un problema. Y el conflicto, más temprano que tarde, le alcanzaría.
Afuera, la brisa solar tocaba suavemente la ventana. Hack miró hacia el horizonte. La región Oceanic, ese cúmulo de planetas, seguía sin rumbo, sin dirección, sin esperanza. Y él, por más que quisiera evadir la guerra que se avecinaba, sabía que el verdadero caos no estaba solo en esos planetas, sino en todo lo que había dejado de construir.
La emperatriz había comenzado a preparar sus tropas. Hack lo sabía, el poder militar era lo que ella comprendía mejor. Mientras tanto, el canciller, con sus ideales democráticos, ya había comenzado a organizar un frente de ataque para frenar la ambición de la emperatriz. Y Hack... Hack no tenía intención de detenerlos. No estaba interesado en las victorias ni en las derrotas de nadie. Pero tenía algo que ofrecer.
“Produce armas... para vender”, murmuró Hack para sí mismo, sabiendo que el mercado nunca dejaría de ser lucrativo. Su mente calculó las posibilidades, observando cómo el conflicto entre esos gigantes podría ofrecerle una salida, como siempre lo había hecho. Guerra, caos, comercio. La misma rueda de siempre.
Con una sonrisa fría, Hack se levantó de su asiento, dispuesto a darle forma a sus próximos movimientos, sabiendo que la política galáctica no era más que un juego de poder, y él, al igual que todos los demás, solo era una pieza más en el tablero.
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