El angel de la muerte y el hijo pródigo, temporada 2, capitulo 1.

 Los últimos meses, William había estado ocupado con un proyecto. En las horas solitarias de la noche, mientras Ángel descansaba o reflexionaba sobre los desafíos que enfrentaban, él trabajaba sin descanso en un aparato que había soñado durante años: un receptor de comunicaciones espaciales. Usando sus vastos conocimientos de ingeniería y las pocas herramientas disponibles, William había logrado construir un radio capaz de captar señales provenientes de lugares lejanos. Había logrado perfeccionar su funcionamiento a través de su habilidad técnica, una destreza que le había sido de gran ayuda desde su llegada a este planeta inhóspito. Sin embargo, no podía evitar la creciente sensación de que algo importante estaba a punto de suceder.


Una tarde, mientras ambos se encontraban dentro de la cabaña, devorando un modesto almuerzo de raciones y hierbas recogidas cerca del refugio, la tranquilidad se interrumpió de repente. El radio, que hasta ese momento había estado en silencio, emitió un sonido extraño: un zumbido intermitente que, de inmediato, captó la atención de William.


—¿Qué es eso? —preguntó Ángel, con los ojos entrecerrados mientras se ajustaba a la nueva frecuencia.


—Es una señal... —murmuró William, su voz baja, pero con un destello de ansiedad en los ojos—. ¡Es una comunicación espacial!


Rápidamente se levantó de la mesa, dejando atrás el plato que ni siquiera había terminado de comer. Se dirigió hacia la mesa donde había colocado el radio, y comenzó a manipular los controles con la familiaridad de quien ha pasado incontables horas trabajando en un solo proyecto. Ángel lo observó desde la mesa, sin comprender del todo el alcance de lo que estaba sucediendo, pero intuyendo que algo grave se estaba desarrollando.


El radio emitió una serie de pitidos agudos, y luego, una voz grave y distorsionada surgió de los altavoces. Era un mensaje codificado, pero William, con su oído entrenado y sus conocimientos avanzados, pudo entenderlo al instante. La voz era fría, profesional, pero cargada de un tono de urgencia.


"Se informa que la salud de la emperatriz está decayendo rápidamente. Los médicos han diagnosticado un estado irreversible. Se ordena la preparación de contingencias."


William dejó caer las manos a los costados, su rostro palideció por un segundo, como si el peso de la noticia le hubiera golpeado con fuerza. El silencio en la cabaña era pesado, cargado de una tensión palpable.


"Mi madre..." murmuró, casi sin darse cuenta.


Ángel lo miró confundido, sin comprender del todo lo que acababa de escuchar.


—¿Tu madre? —preguntó, su voz ligeramente vacilante.


William asintió lentamente, procesando la información. Era la verdad. La emperatriz, su madre, estaba en peligro. Había mucho que hacer, pero más aún, tenía que tomar una decisión crucial. Ángel no sabía la magnitud de lo que eso significaba, no sabía qué implicaba la emperatriz para William, ni cómo eso alteraba su destino.


—La emperatriz... —comenzó William, su voz seria y medida—. Es mi madre. 

Ángel se quedó en silencio, sus ojos abiertos en sorpresa. La idea de que William, su compañero de batallas y desafíos, pudiera ser alguien tan relevante, alguien de linaje real, le resultaba difícil de creer. Pero en ese momento, la gravedad del asunto lo llevó a tragar sus dudas.


—Entonces... —dijo Ángel con cautela—. ¿Eres un príncipe?


William asintió nuevamente, sus ojos reflejando una mezcla de pesar y determinación. Sabía que este era el momento de actuar, de preparar todo lo necesario para una huida definitiva.


—Sí, soy un príncipe. Y es hora de escapar —dijo, mientras caminaba hacia una mesa cercana, donde había estado organizando las piezas para la nave. Era una nave que había llegado a este planeta mucho tiempo atrás, traída por el abuelo de Ángel, que había sido parte de una misión de exploración interplanetaria. Para William, esa nave representaba la única oportunidad de huir de un planeta que había dejado de ser un refugio seguro, y de un destino que ya no podía ignorar.


Ángel lo observó con más atención ahora, el asombro en su rostro desvaneciéndose lentamente para dar paso a la incertidumbre.


—¿De dónde vamos a escapar? —preguntó, sin entender del todo la magnitud de lo que William estaba planeando.


William lo miró con una mezcla de compasión y seriedad. No era un momento para vacilar, ni para dar explicaciones largas. La situación lo exigía, y su deber, por más difícil que fuera, también lo requería.


—Escaparemos del planeta —respondió de forma tajante—. Solo necesitamos hacerle unas modificaciones a la nave de tu abuelo. Tiene lo necesario para llevarnos a otro lugar, pero no está completamente lista. Vamos a arreglarla, y con suerte, podremos escapar antes de que sea demasiado tarde.


Ángel se quedó pensativo por un momento. Había entendido la urgencia en la voz de William, pero algo seguía rondando en su mente.


—¿No es peligroso? —preguntó con cautela. Sabía que las probabilidades de éxito no siempre eran favorables en este tipo de situaciones. La nave era antigua, y las modificaciones requerían habilidades y conocimientos muy específicos. Sin embargo, William había demostrado ser capaz de hacer cosas asombrosas.


William suspiró, mirando las piezas dispersas sobre la mesa. Cada una de ellas era crucial para la reparación de la nave, y aunque la tarea era ardua, tenía confianza en que lo lograrían. Sin embargo, la verdad era que el riesgo era suficiente. Había pocos viajes que se podrían realizar bajo esas condiciones, y solo una oportunidad para escapar.


—Hay un 90% de probabilidad de que lleguemos —dijo, con una calma sorprendente—. Solo tenemos un viaje, Ángel. Si no lo conseguimos, estaremos atrapados aquí para siempre.


Ángel tragó saliva, y por un momento, la idea de perder esa única oportunidad lo aterrorizó. Un diez por ciento de probabilidad de no llegar. Esa fracción minúscula era suficiente para sembrar la duda, suficiente para sembrar el miedo.


—¿Y qué pasa con ese diez por ciento? —preguntó, su voz un susurro cargado de incertidumbre.


William lo miró de nuevo, sus ojos brillando con una mezcla de resolución y dolor. Sabía que Ángel temía lo peor, pero el planeta, tan oscuro y peligroso como era, representaba una amenaza aún mayor.


—Esas son las probabilidades de no llegar. —respondió, su voz firme—. Pero este planeta... este planeta es más riesgoso. 

No lo es, yo sé exactamente como sobrevivir-dijo angel.

Tu solo ayúdame, yo me voy solo-dijo William.


Ángel, aunque reticente, sabía que William tenía razón. Si no lo hacían, estarían condenados a seguir luchando en un mundo implacable, sin esperanza de escape.


Con determinación renovada, ambos se dirigieron hacia el cobertizo donde la nave yacía parcialmente desmontada. Los tornillos, cables y sistemas de propulsión se hallaban dispersos por toda la zona, esperando ser ensamblados nuevamente. Y así, bajo la tenue luz que penetraba desde el exterior, comenzaron a trabajar.


El aire dentro de la cabaña estaba cargado de una sensación de urgencia. El sonido de herramientas chocando contra metales, el olor a aceite quemado y a soldadura se mezclaba con el constante retumbar en los oídos de ambos. No había tiempo que perder. El futuro de los dos dependía de cada ajuste que hacían, de cada conexión que sellaban en silencio, como si el universo entero se hubiera detenido en ese preciso momento.


Finalmente, con el sudor empapando sus frentes y la tensión en el aire, la nave estuvo lista para partir. William y Ángel se miraron brevemente, una mirada cargada de comprensión y una emoción indescifrable. La única oportunidad que tenían para escapar había llegado. Ahora, solo quedaba enfrentarse a lo que vendría.

Solo dos meses después, el día finalmente llegó. La nave estaba lista, aunque no era más que un conglomerado de piezas dispersas y tecnología obsoleta. Aun así, los esfuerzos de William y Ángel habían dado frutos. Los cables, las soldaduras y los ajustes imperfectos le daban a la nave un aire de fragilidad, como si en cualquier momento pudiera desmoronarse. Pero lo habían logrado: estaba en condiciones suficientes para hacer el viaje.


William, con la mirada fija en el interior de la nave, se preparaba para partir. El peso de la decisión lo había consumido en los últimos días. Sabía que este sería el último paso, el último intento. Aunque el riesgo era extremo, no había vuelta atrás. Había algo más que lo impulsaba a hacerlo: la necesidad de salvarse, de escapar de un destino que ya no podía controlar.


Cuando se estaba poniendo su chaqueta de vuelo, ajustando las últimas piezas de su equipo, escuchó un paso detrás de él. Giró rápidamente y, para su sorpresa, vio a Ángel. Estaba allí, parado en la entrada, mirando con determinación.


—¿Qué haces aquí? —preguntó William, su voz cargada de una mezcla de confusión y resignación. No esperaba que Ángel viniera con él.


—No puedo quedarme aquí —dijo Ángel, con la mirada firme—. Es un lugar solitario.


Con un leve asentimiento, William dio el paso hacia la nave. Ambos subieron a bordo, el aire denso con la tensión de lo que estaba por venir. A medida que la nave comenzó a emitir su primer sonido de arranque, un gruñido metálico recorrió toda la estructura. Había problemas, lo sabía. La nave comenzó a moverse, pero la vibración fue fuerte, incontrolable. El impulso que les daba la propulsión era errático, casi impredecible, como si la nave luchara contra sí misma para mantenerse en el aire.


Ángel se aferró a un pasamanos, su rostro contorsionado por la incomodidad del viaje. El sonido del motor retumbaba en sus oídos, y las sacudidas del cuerpo de la nave lo hacían sentir como si estuvieran dentro de una lata a punto de estallar. El interior de la nave olía a metal oxidado y combustible viejo, un aroma rancio que impregnaba todo. Las pantallas parpadeaban intermitentemente, como si también estuvieran luchando por mantenerse activas. Las horas pasaron lentamente, con cada minuto que parecía arrastrarse, y aún la nave no lograba estabilizarse.


Después de lo que pareció una eternidad, la nave finalmente comenzó a calmarse. A través de la pequeña ventana, se alcanzaba a ver el perfil de un puerto espacial a lo lejos. William respiró hondo, aliviado, pero no confiado. Todavía había un largo camino por recorrer.


Ángel, agotado, miró a William con los ojos entrecerrados por la fatiga.


—¿Qué pasó? —preguntó, la voz tensa. El viaje había sido más violento de lo que había anticipado.


William, con una calma que no reflejaba la incertidumbre que sentía, miró a través de la ventana.


—Nos detuvimos. —Su voz era tranquila, pero había una preocupación latente. Sabía que el destino aún no estaba sellado—. Estamos muy cerca. Es cuestión de tiempo encontrar a algún navegante cercano que nos ayude.


Sin perder tiempo, William comenzó a mandar señales, su dedo presionando con rapidez los botones de la consola, enviando señales de auxilio a las naves cercanas. El ambiente estaba cargado de una sensación de espera, de tensión. Todo lo que podían hacer era esperar y confiar en que alguien respondería.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Ramsung galactic, capitulo 1.

La hermandad de la piedra, capitulo 1.

El arca, capitulo 9.