99+1, capitulo 8.
Habían pasado dos años desde que Juanelo había convertido un trozo olvidado de desierto en un bullicioso centro comercial. Ahora, sentado en la oficina de Martín Rodríguez, su mente no estaba en los mercados ni en los tráileres donde dormían sus hermanos. Estaba en algo más grande, en lo que había esperado pacientemente: la mansión de Juan Sánchez.
—Está listo —dijo Juanelo con una sonrisa confiada, inclinándose levemente sobre el escritorio de madera pulida de Martín.
Martín Rodríguez, un hombre de cabello entrecano y expresión siempre calculadora, le sostuvo la mirada antes de deslizar un juego de llaves sobre la mesa. Las llaves tintinearon al caer sobre el cristal que cubría la superficie del escritorio, reflejando la luz del candelabro suspendido del techo.
—Felicitaciones, Juanelo. Ya está pagado —dijo Martín, entrelazando los dedos sobre su regazo.
Juanelo tomó las llaves con calma, sintiendo su peso en la palma de la mano. Sabía que lo que esas piezas de metal representaban iba mucho más allá de una simple propiedad. Pero antes de que pudiera levantarse para marcharse, Martín sacó otro pequeño juego de llaves de su cajón y se lo tendió con una sonrisa casi divertida.
—También son tuyas.
Juanelo frunció el ceño, mirando las llaves con curiosidad. Eran más pequeñas y tenían un diseño distinto a las primeras.
—¿Y estas de qué son? —preguntó, girando las llaves entre sus dedos.
—De las limusinas.
Juanelo parpadeó. No recordaba haber visto limusinas.
—¿Cuáles limusinas?
Martín dejó escapar una risa baja, inclinándose ligeramente hacia adelante.
—Las que están en el estacionamiento subterráneo de la mansión.
Juanelo se enderezó.
—¿Cómo puedes saber que eso es cierto?
—Porque yo mismo ordene la construcción del estacionamiento cuando Juan compro la propiedad.
Se puso de pie, guardó las llaves en su bolsillo y salió de la oficina con paso firme. La brisa caliente del exterior lo envolvió en cuanto cruzó la puerta, el aroma seco del desierto impregnando el aire.
Días después, Juanelo convocó a sus hermanos a una reunión en la cervecería, el mismo lugar donde había comenzado todo. Uno a uno llegaron, algunos con rostros expectantes, otros con la mirada cansada tras días de trabajo. La cervecería olía a madera vieja y cerveza recién servida. El ambiente era cálido, casi sofocante, pero nadie parecía incomodarse. Solo faltaba uno. Pepe.
Juanelo sintió una punzada de molestia en el pecho, pero la ocultó tras una expresión tranquila. Se aclaró la garganta y miró a los hombres y mujeres que ahora lo seguían con una lealtad incuestionable.
—Hermanos —comenzó, apoyando las manos en la mesa frente a él—, hay algo que he querido decirles desde hace tiempo. La mansión de Juan Sánchez aún existe.
Un murmullo de sorpresa recorrió la sala. Algunos se inclinaron hacia adelante, otros intercambiaron miradas de incredulidad.
—¿Por qué no nos lo dijiste antes? —preguntó alguien al fondo.
Juanelo sonrió, apoyándose en el respaldo de su silla.
—Porque quería que valoraran lo que ya tenían. Quería que entendieran lo que significa construir algo desde cero, que aprendieran a cuidar lo suyo antes de darles más.
Los murmullos se apagaron poco a poco. Nadie podía discutirlo. Habían aprendido a trabajar, a negociar, a sobrevivir. Ahora estaban listos para algo más grande.
Esa misma noche, comenzaron las mudanzas. El polvo se levantaba en el aire con cada caja que se trasladaba. Los hermanos cargaban muebles, ropa y objetos personales con la energía de quien sabe que un cambio importante está en marcha. Las ruedas de los camiones dejaban marcas en la tierra blanda, mientras el sonido de motores y voces llenaba el ambiente.
Los tráileres, que durante dos años habían sido su hogar, comenzaron a vaciarse. Las luces se apagaban una a una, dejando el desierto en una penumbra tranquila.
Cuando finalmente el último hermano se hubo marchado, solo quedaron dos figuras en la oscuridad. Pepe y don Saúl.
—No creí que fueran a irse tan rápido —dijo Pepe, cruzándose de brazos mientras observaba la última estela de polvo disiparse en el horizonte.
Don Saúl, sentado en una silla de madera junto a la cervecería vacía, encendió un cigarro y exhaló el humo con lentitud.
—Así es la vida, mijo. Nada se queda igual para siempre.
Pepe suspiró y se pasó una mano por el cabello. Luego miró a Saúl con una chispa de determinación en los ojos.
—Deberíamos celebrar. Solo nosotros. Como antes.
Saúl sonrió, sacudiendo la ceniza de su cigarro.
—Eso suena bien.
Encendieron una fogata en medio del campamento vacío. El fuego chisporroteaba, iluminando sus rostros con un resplandor anaranjado. Sacaron dos botellas de tequila y se sirvieron en vasos de vidrio grueso. El primer trago ardió en la garganta, pero la sensación de calor reconfortó a ambos.
El viento nocturno sopló con suavidad, levantando una fina capa de arena. Las estrellas brillaban sobre ellos, indiferentes al destino de los hombres bajo su manto.
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