99+1, capitulo 7.
Los próximos dos años vieron crecer el negocio de Juanelo como el cauce de un río en temporada de lluvias. Lo que alguna vez fue un pequeño mercado improvisado en medio del desierto se convirtió en una próspera comunidad comercial. Tiendas de telas, puestos de comida, una cervecería que nunca tenía mesas vacías y hasta una barbería donde los viajeros se detenían a refrescarse antes de seguir su camino. Las ganancias fluían y, con ellas, una nueva ambición se encendió en el pecho de Juanelo.
Fue entonces cuando convocó a sus hermanos.
Noventa y ocho sujetos, huesudos por el hambre y vencidos por la mala fortuna, llegaron desde distintos puntos del país, arrastrando sus pocas pertenencias en mochilas polvorientas y maletas remendadas con hilo grueso. Algunos se abrazaban tras años de distancia; otros se limitaban a asentir, midiendo con la mirada a aquellos con los que compartían sangre pero no historia.
Juanelo los reunió en la cervecería, el único espacio con suficiente sombra para albergarlos a todos. El calor del día comenzaba a ceder, pero el aire aún olía a tierra seca y sudor. La madera de las mesas crujía bajo el peso de tantos codos apoyados sobre ellas, y los vasos de vidrio sudaban con la cerveza fría que corría entre los presentes.
—Hermanos —comenzó Juanelo, con una sonrisa ancha y confiada—, los llamé porque sé que están jodidos. Y sé que no es justo.
Algunos bajaron la mirada, otros resoplaron con amargura.
—Pero aquí hay oportunidad. Lo que ven a su alrededor no existía hace dos años. Esto lo construimos con trabajo y con ingenio, y ahora quiero que lo hagamos aún más grande.
Las miradas se alzaron, algunas llenas de esperanza, otras de escepticismo.
—Esto es un negocio familiar —continuó—. Quiero que todos trabajen conmigo, que ganen su propio dinero, que se levanten de nuevo.
No hubo dudas. No había lugar para ellas cuando la alternativa era el hambre.
Los hermanos se mudaron a los tráileres que Juanelo consiguió para ellos. Filas de estructuras metálicas se alinearon en la arena como una improvisada colonia nómada. Desde las puertas abiertas salían voces, risas y el murmullo de conversaciones nocturnas. En las noches, la luz de pequeños focos eléctricos iluminaba las siluetas de hombres sentados en escaleras improvisadas, bebiendo café en tazas abolladas y contando historias de los tiempos en que todo era más fácil.
Pepe y don Saúl no tardaron en sentirse abrumados. El desierto, antes silencioso y pausado, se llenó de ruido constante: martilleos, pasos apresurados, motores rugiendo desde la madrugada. En cada esquina, un par de hermanos discutía, negociaba o simplemente reía a carcajadas.
—Esto ya no es lo que era, Pepe —murmuró don Saúl una tarde, mientras veía a un grupo arrastrar cajas de mercancía bajo el sol.
Pepe, con los brazos cruzados y el ceño fruncido, asintió despacio.
—No, no lo es.
Pero Juanelo no tenía intención de detenerse.
Los tráileres pronto se convirtieron en un hogar improvisado para los hermanos. Cada uno albergaba a cinco individuos, y aunque el espacio era reducido, la necesidad apremiante de un techo y un futuro los hacía conformarse. Las noches eran calurosas y el aire dentro de las unidades metálicas se volvía espeso, impregnado del olor de cuerpos sudorosos y cigarrillos baratos. Pero la incomodidad no importaba tanto como la promesa de estabilidad.
Al finalizar el primer mes de trabajo, con el primer pago en sus manos, la celebración fue inevitable. La música reventó los parlantes desde temprano, una mezcla de cumbias y corridos que se filtraban entre las rendijas de los tráileres. El aroma a carne asada se esparció por el improvisado campamento, mezclándose con el de cerveza derramada y humo de tabaco.
Pepe fue invitado, por mera cortesía, pero rechazó la oferta sin titubear. No tenía ánimos de compartir con aquellos que ahora llenaban el lugar que antes era suyo y de Saúl. Sin embargo, su negativa no significó que pudiera ignorar la fiesta.
Desde su cuarto, escuchó el alboroto incesante: risas estridentes, el choque de botellas brindando por tiempos mejores, las voces desafinadas de quienes se aventuraban a cantar con más entusiasmo que talento. La música retumbaba como un latido en las paredes del tráiler.
El sueño nunca llegó.
Para cuando el amanecer apenas teñía de naranja el horizonte, Pepe se levantó con los ojos inyectados en sangre, el ceño fruncido y un malestar que no se debía a la resaca, sino a la irritación acumulada. Sin perder tiempo, se dirigió a la habitación de don Saúl.
—Nos vamos —dijo con firmeza, sin siquiera esperar a que el viejo abriera bien los ojos.
Saúl se restregó la cara con ambas manos, intentando despejarse.
—¿A dónde?
—Al desierto.
Saúl se sentó en el borde de su cama improvisada, suspirando.
—tengo que cuidar
-Aqui ya nunca está solo —espetó Pepe con una dureza que no dejaba espacio a discusión—. Todo el tiempo está lleno.
El viejo no discutió más. Con un leve asentimiento, aceptó la realidad: su espacio ya no le pertenecía.
Salieron con lo poco que tenían, caminando bajo el sol que recién comenzaba a calentar la arena. Pero antes de que pudieran alejarse demasiado, una voz chillona los detuvo.
—¡Don Sully!
Saúl se giró con una expresión de desconcierto. Una de las hermanas de Pepe se acercaba con una sonrisa torcida y un puñado de billetes arrugados.
—¿Puede ir a la tienda Six a traerme un six beer con un poco de dinero money?
Saúl frunció el ceño, tratando de descifrar lo que acababa de escuchar.
—No te entiendo.
Pepe suspiró, mirando al cielo como pidiendo paciencia.
—Quiere que le traigas unas cervezas.
El viejo se encogió de hombros, tomó el dinero y asintió.
—Está bien.
Y con ese simple gesto, sin mirar atrás, ambos continuaron su camino hacia la nada.
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