99+1, capitulo 6.

El sol comenzaba a ocultarse tras las dunas del desierto, pintando el cielo con tonos anaranjados y rojizos. El aire era cálido, pero menos abrasador que durante el día. Juanelo se paró frente a los vendedores, con las manos en los bolsillos y una sonrisa confiada. Había logrado detenerlos antes de que se marcharan definitivamente, y ahora tenía que hacerlos escuchar.  

—Esperen —dijo con voz firme. Los hombres, con los rostros endurecidos por el sol y la vida, lo miraron con recelo.  


El viento removió una nube de polvo entre ellos, como si la tierra misma aguardara la respuesta. El corpulento vendedor que antes lo había amenazado cruzó los brazos.  


—¿Qué quieres ahora, Juanelo?  


Juanelo respiró hondo, manteniendo la calma.  


—Un negocio.  


Hubo un silencio tenso. Luego, algunos rieron con burla.  


—¿Negocio? ¿Nos sacas de aquí y ahora quieres hacernos una oferta?  


Juanelo negó con la cabeza.  


—No los estoy sacando. Les propongo que se queden, pero bajo un trato justo.  


Las miradas se estrecharon. La curiosidad comenzaba a vencer la hostilidad.  


—Pueden pagar una renta —dijo, pausando para medir sus reacciones—. Así aseguran su espacio, sin riesgos de peleas, sin que nadie los corra mañana o la próxima semana.  


Los vendedores protestaron casi al unísono.  


—¡Nos quieres cobrar por estar en estas tierras secas!  


—¡Esto es el desierto, no un maldito centro comercial!  


Juanelo alzó una mano, como domando el caos.  


—¡Pero no es solo el espacio! —su voz se elevó sobre el murmullo de la protesta—. Con el primer pago, me comprometo a instalar el sistema hídrico.  


Hubo un instante de incredulidad. El vendedor de la camiseta sudada resopló.  


—¿Agua? ¡No hay agua en este maldito desierto!  


Juanelo sonrió.  


—Sí la hay.  


Su afirmación fue tan segura que por un segundo todos se quedaron en silencio. En su mente, resonaban las palabras de Martín sobre el acuífero subterráneo que cruzaba esa región. Si lograba aprovecharlo, todo cambiaría.  


Los días siguientes fueron un frenesí de actividad. Los vendedores, aunque reacios al principio, entregaron el primer pago. Juanelo no perdió ni un segundo y, con la determinación de un hombre que no acepta un "no" por respuesta, comenzó la instalación del sistema de agua.  


Pero había un problema: él no conocía el terreno tan bien como Pepe.  


Así que, como si fuera una misión personal, se dedicó a fastidiarlo hasta que aceptara ayudarlo.  


—Anda, Pepe, dime por dónde tirar las mangueras —le insistía Juanelo mientras barajaba unas cartas, sentado frente a él.  


—No sé.  


—Claro que sabes. Te la pasas caminando por aquí todos los días.  


—No es lo mismo.  


—Claro que es lo mismo.  


—No.  


Juanelo lo miró con una sonrisa astuta.  


—Bueno, entonces jugamos otra mano y si gano, me ayudas.  


Pepe bufó, pero aceptó. Cuando Juanelo ganó tres partidas seguidas, Pepe maldijo entre dientes y, de mala gana, se levantó.  


—Está bien, está bien. Pero no esperes que lo haga con entusiasmo.  


Con los conocimientos de Pepe sobre la tierra y la insistencia incansable de Juanelo, en cuestión de semanas las mangueras comenzaron a serpentear el desierto, llevándose el agua hasta los puntos estratégicos. Poco a poco, el lugar cobró vida.  


El dinero de las rentas permitió nuevas ideas: Juanelo abrió locales de comida, luego una pequeña cervecería, después un par de puestos más. El éxito fue inmediato.  


El lugar, que alguna vez fue un punto de tensión y amenazas, ahora era un mercado floreciente en medio del desierto.  

Una noche, mientras Juanelo y Pepe se sentaron en una mesa de madera junto a un pequeño fuego. 

—Pepe, te quiero proponer algo.  


Pepe, con un cigarro entre los dedos, exhaló el humo lentamente.  


—Ya me lo imagino.  


—Quiero que seas el gerente del negocio.  


Pepe arqueó una ceja.  


—¿Para qué?  


Juanelo sonrió.  


—Para que hagas algo con tu vida.  


Pepe se inclinó hacia atrás en su silla y se rió con una mueca burlona.  


—Ya lo hago. Doy un paseo por el desierto, hablo con don Saúl, juego un rato a la baraja. Tengo todo lo que necesito.  


Juanelo chasqueó la lengua.  


—Me refiero a algo más grande, Pepe.  


—¿Más grande cómo qué?  


—Podrías ayudarme con el negocio.  


Pepe frunció el ceño.  


—¿Para qué?  


—Para que puedas ahorrar dinero.  


—¿Para qué?  


—Al cabo de un tiempo podrías poner tu propio negocio.  


—¿Para qué?  


Juanelo rodó los ojos, pero sonrió.  


—Para que luego pongas varias sucursales.  


—¿Y para qué?  


—Bueno, llegará el punto en que tendrás una cadena en todo el país.  


—¿Y para qué?  


Juanelo suspiró, pero no se rendía.  


—Bueno, al final, con algo de suerte, podrías exportar al extranjero.  


Pepe dio una última calada a su cigarro y lo tiró al suelo, aplastándolo con la suela de su huarache.  


—¿Y eso para qué, Juanelo?  


Juanelo se quedó en silencio un segundo. Luego sonrió y extendió los brazos.  


—Bueno, a los 60 años podrías retirarte a un lugar pacífico, jugar a la baraja y disfrutar con alguien que aprecies.  


Pepe lo miró con una ceja levantada y una risa seca escapó de su garganta.  


—¡Eso es justo lo que ya hago!  


Juanelo lo miró fijamente, y luego, con un gesto de resignación, se llevó las manos a la cabeza.  


—¡Contigo no se puede!  


Pepe se levantó, meneando la cabeza con diversión.  


—Buena suerte con tu negocio, Juanelo. Ahora estás por tu cuenta.

Pepe no quería una gran empresa. Quizás nunca la querría. Pero eso no importaba.  

Porque Juanelo sí.

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