El lord "que", capitulo 4.

 Lord Que, sumido en su habitual mar de libros, veía cómo las páginas se deslizaban entre sus dedos, absorbido por cada palabra, por cada historia que desvelaba una capa más del mundo que parecía inabarcable. En la quietud de su habitación, las hojas susurraban, y el eco lejano del castillo lo llamó de nuevo. La voz resonó en las paredes, una vibración que sacudió su conciencia, una llamada que no podía ignorar. “¿Tienes más preguntas, Lord Que?”, preguntó la voz del castillo, como siempre inquisitiva, como si estuviera destinada a retener su atención.


El lord, sin apartar los ojos de su libro, contestó con serenidad: “Siempre tengo más preguntas”. Era un hábito, un impulso que había cultivado durante años, y no parecía que pudiera escapar de la constante búsqueda de conocimiento que el castillo, en su misteriosa forma, le ofrecía. A pesar de su vasto saber, aún sentía que había algo en el aire que se escapaba de su comprensión. Siempre había algo más por descubrir.


“La posición no importa”, respondió la voz, como una declaración decidida, “pero la esencia sí”.


Lord Que cerró el libro con un suspiro, la luz de la lámpara sobre su escritorio titilando suavemente. La esencia… siempre la esencia. Aquella palabra que nunca acababa de comprender del todo. ¿A qué se refería realmente el castillo? ¿Era acaso algo profundo o solo una verdad vaga, como tantas otras que se escondían en el universo de las enseñanzas que le impartía?


La voz del castillo, calmada pero con un dejo de urgencia, le informó que había llegado el momento de la segunda lección. Antes de que pudiera responder, las paredes parecieron fundirse en una vibrante niebla. El aire se hizo denso, cargado de un calor extraño, y una fuerza invisible lo envolvió. Las puertas del salón se abrieron de par en par, y sin previo aviso, el lord sintió que el mundo cambiaba de lugar bajo sus pies.


La transición fue repentina, casi dolorosa, y en un parpadeo, se encontró de pie sobre una isla solitaria. El suelo, cubierto por una capa de arena dorada, estaba cálido al tacto, mientras que el aire salado llenaba sus pulmones. En el horizonte, el mar se extendía como un lienzo gris, pero lo más desconcertante fueron las voces. Las escuchó primero como un murmullo distante, como un eco lejano que se fue acercando con cada paso que daba. Al principio eran apenas susurros, pero pronto se hicieron claros y nítidos.


De entre las sombras, emergieron dos figuras diminutas. Enanos. Uno de ellos se aferraba a su brazo con una fuerza sorprendente para su tamaño. El otro lo miraba fijamente, como si evaluara su presencia. La sensación de sus pequeños dedos sobre su piel era extraña, incluso incómoda. Cada toque del enano sentía como una chispa, como una conexión secreta entre él y esta isla olvidada. Sin embargo, la curiosidad lo invadió, y en un susurro, preguntó: "¿Qué significa todo esto?"


Las voces en la isla se agitaron como si algo profundo estuviera por ser revelado, pero el silencio que siguió fue pesado. Las olas chocaban contra las rocas, y el viento acariciaba su rostro, frío y cortante.

Horas después, Lord Que se encontraba caminando por un lugar que, para él, no era más que una carretera relativamente amplia, sus pies resonaban contra el suelo rugoso, dejando una marca efímera en su paso. A lo lejos, apenas visible, veía cómo la línea del horizonte se distorsionaba por el calor del día, haciendo que el paisaje pareciera fluir como un espejismo. Sin embargo, mientras recorría este extraño camino, algo inusitado empezó a llamar su atención: pequeñas maquetas, diminutas casas de madera, que parecían haber sido puestas allí con una precisión inquietante. Al principio pensó que eran solo artefactos olvidados, pero pronto comenzó a notar que los detalles eran demasiado elaborados para ser simples adornos.


Las casas, algunas con tejados puntiagudos y otras con ventanas diminutas, parecían casi reales, con sus pequeños jardines y vallas de madera cuidadosamente construidas. A medida que avanzaba, los sonidos comenzaron a cambiar: el chirrido de las ruedas de su carruaje imaginario se desvaneció para dar paso a un murmullo, un susurro que se elevaba suavemente en el aire. Luego, de entre las casas, emergieron figuras pequeñas, enanos, como si fueran parte misma de la escena que se había formado a su alrededor. Eran tan diminutos que, por un momento, Lord Que pensó que estaba soñando. Sin embargo, sus pasos, tan cercanos y reales, lo mantenían despierto y consciente.


Los enanos comenzaron a rodearlo, algunos saludándolo con pequeñas sonrisas, otros observando su presencia con cautela. Sus ojos brillaban con una intensidad poco común para seres de tan pequeño tamaño. La escena era surreal, como un teatro en miniatura que tomaba vida a su alrededor. Un enano, el más grande entre ellos, se acercó con una mirada cálida y una voz que, aunque suave, resonaba con claridad: "Lord Que, hemos estado esperándote. Ven, únete a nuestro festín."


Una ligera brisa acarició su rostro, llena del aroma a pan recién horneado y carne asada. El aire estaba impregnado de la fragancia de hierbas y especias que se mezclaban con el humo de una fogata que ardía cerca de un círculo de piedras. Lord Que aceptó la invitación y se adentró en el pequeño círculo, donde las mesas estaban dispuestas con una generosidad sorprendente para un festín tan pequeño. Los enanos lo guiaron hacia un asiento, cubierto con una manta tejida a mano, y lo invitaron a probar los manjares que habían preparado: trozos de carne jugosa, verduras frescas, y una miel que brillaba como el oro. La comida, al principio modesta en apariencia, estaba llena de sabores inesperados, una mezcla de dulzura y salinidad que lo sorprendió. La textura crujiente de los panecillos acompañaba perfectamente la suavidad de los guisos.


Mientras se sentaba, rodeado de los enanos que compartían historias y risas, Lord Que sintió una sensación de paz que no había experimentado en mucho tiempo. Cada bocado era una experiencia sensorial que lo conectaba con algo más allá de su propio entendimiento. El festín, en su aparente simplicidad, era un refugio.


Pero, como siempre sucedía, la calma fue interrumpida. La voz del castillo resonó en su mente, clara y urgente. "Es hora de regresar, Lord Que." La palabra resonó con fuerza, llevándolo de vuelta a la realidad, mientras el festín se desvanecía lentamente, como si fuera una ilusión efímera.

Cuando Lord Que regresó al interior del castillo, la transición fue inmediata. El aire, frío y denso, lo envolvió antes de que pudiera siquiera parpadear. Los muros del castillo se disolvieron ante él, y en su lugar apareció un paisaje completamente distinto. Un vasto horizonte de edificios colosales, con estructuras que desafían la lógica de lo posible, se extendía hacia donde alcanzaba la vista. Los edificios, con volúmenes tan extremos que parecían retorcerse en su propio tamaño, se alzaban como montañas de acero y cristal, emanando una extraña vibración, como si la propia ciudad estuviera viva.


El sonido del viento golpeando las superficies metálicas llenaba el aire, mezclado con el eco de pasos pesados que resonaban como truenos. La ciudad estaba viva, palpitante con una energía imponente que hacía que incluso las sombras parecieran moverse por su propia cuenta. El frío se hizo más intenso, pero pronto algo más apareció en el aire, una vibración, un rugido de fondo que no era del viento ni de las máquinas: las posadas. La atmósfera se saturaba con el aroma denso de carne asada y brebajes fermentados, y el bullicio de voces profundas y resonantes se alzó como una marea.


Frente a él, una infinidad de gigantes comenzó a materializarse. No eran figuras monstruosas en el sentido tradicional, pero su presencia imponía un miedo profundo, instintivo. Se alzaban ante Lord Que como colosos, sus pieles de tonos metálicos brillando bajo la luz difusa de la ciudad. Sus ojos, como pozos infinitos, lo observaban con una mezcla de curiosidad y desdén. Cada uno de sus pasos hacía temblar el suelo bajo sus pies, y el sonido de sus respiraciones profundas llenaba el aire, como si cada uno de ellos fuera una tormenta encarnada.


Los gigantes rodearon a Lord Que, su aliento pesado y cálido envolviéndolo mientras sus voces resonaban con fuerza. “¿Quién eres?” le preguntaron, las palabras retumbando en su pecho. “¿Qué has venido a hacer aquí?”


Lord Que, sintiendo su cuerpo pequeño e insignificante frente a ellos, asintió lentamente. "He sido enviado por el castillo", dijo, su voz un susurro, aunque su alma se agitaba por dentro, como una vela en una tormenta.


Sin decir más, los gigantes se movieron como una masa inquebrantable, levantándolo con facilidad. La suavidad de la tierra desapareció bajo sus pies, y pronto, fue elevado por la multitud de manos enormes que lo sostenían, llevándolo a través de la ciudad. Los edificios giraban a su alrededor, los reflejos en el cristal y el metal formaban una danza caleidoscópica que le hacía perder la orientación.


La ciudad se desvaneció en un bullicio creciente de tambores y cánticos. Al llegar al centro de la celebración, Lord Que se encontró rodeado por un mar de gigantes que cantaban, reían y danzaban. A su alrededor, las risas profundas y los gritos llenaban el aire, como un rugido que emanaba del alma misma de la ciudad. Antes, la ternura que había sentido por las pequeñas criaturas lo había llenado de una especie de calma, una paz tranquila. Pero frente a estos colosos, un sentimiento completamente distinto lo invadió: impotencia. Las criaturas diminutas ahora parecían frágiles e inofensivas en comparación con estos seres enormes, cuya mera presencia lo aplastaba, no solo físicamente, sino espiritualmente.


De repente, el sonido de la voz del castillo cortó el aire. "Es hora de regresar, Lord Que", resonó en su mente, una orden clara y urgente. La celebración, como una neblina, comenzó a desvanecerse, llevándose con ella la majestad de la ciudad y el temor que lo había invadido.

Al regresar al interior de la sala del castillo, la transición fue tan abrupta como siempre. El aire fresco y denso envolvió a Lord Que, mientras la oscuridad de la vasta sala se iluminaba con una tenue luz verde que emanaba de los pilares de piedra. La resonancia de los muros parecía susurrar, como si esperaran una respuesta, una revelación. El eco de la voz del castillo se alzó de nuevo, clara y profunda, resonando dentro de la sala:


“Lord Que, ¿cómo va tu aprendizaje?”


El lord, aún asimilando la enormidad de lo vivido, cerró los ojos por un momento, sintiendo la vibración del suelo bajo sus pies y el peso de la pregunta. La sala, siempre tan solemne, lo envolvía con una atmósfera cargada de conocimiento antiguo, de saberes guardados en las piedras que parecían murmurar de vez en cuando. Un suave aroma a madera envejecida y piedra húmeda flotaba en el aire, como si la misma sala estuviera esperando su respuesta.


El lord abrió los ojos y, con voz clara, comenzó a hablar, sus palabras fluyendo con una certeza que incluso él mismo encontraba extraña.


“Las métricas”, dijo, “se construyen desde el punto de referencia. Lo que medimos, lo que entendemos, no es más que una extrapolación de lo que asumimos en nuestra vida diaria. Lo pequeño, lo que percibimos en nuestro entorno inmediato, es lo que usamos para tratar de comprender lo masivo” Sus palabras llenaban la sala, resonando con fuerza dentro de los pasillos vacíos. El sonido de su propia voz parecía ampliar el espacio que lo rodeaba, como si el conocimiento mismo estuviera expandiendo las paredes del castillo.


Lord Que caminó hacia uno de los muros, sus pasos suaves sobre el suelo de piedra, pero pesados con el peso de lo dicho. “Vemos solo una porción del todo, pero intentamos medir el todo con esa porción. El cosmos es vasto, más grande de lo que cualquiera de nuestros sentidos pueda alcanzar. Pero lo único que tenemos son las pequeñas fracciones de realidad que nos rodean, que tocamos, que percibimos con nuestros sentidos limitados.”


La sala pareció responder a sus palabras, una ligera corriente de aire moviendo las cortinas de terciopelo oscuro que decoraban las ventanas, como si el propio castillo estuviera absorbiendo sus pensamientos. El aroma a tierra y musgo se hizo más presente, como si la naturaleza misma estuviera escuchando sus reflexiones.


“Para entender el todo, para comprender el universo en su magnificencia, es necesario mirar más allá de nosotros mismos. Mirar más allá de la limitada porción que tocamos con nuestras manos, o que vemos con nuestros ojos. Los modelos con los que estudiamos el cosmos son una construcción, una interpretación, una lente a través de la cual tratamos de observar lo infinito. Pero debemos ser humildes ante la vastedad de lo que ignoramos. Solo así, al mirar más allá de nuestra percepción inmediata, podemos acercarnos a la verdad.”

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