El enterrador, capitulo 15: el acto final.
Había pasado una semana desde que Hack detectó la flota enemiga. En la escarpada cordillera que bordeaba el asentamiento principal del planeta X, los preparativos eran frenéticos.
Algunas naves de transporte ascendían trabajosamente por la atmósfera en trayectorias erráticas. Eran reliquias de otra era, desgastadas por el tiempo y la miseria, con motores que rugían como bestias heridas. Entre sus pilotos había verdaderos maestros de la navegación espacial, veteranos de innumerables conflictos, pero la realidad económica los condenaba a enfrentar la invasión con cascarones maltrechos, parches de soldadura y sistemas de armamento obsoletos.
Desde el suelo, en la ladera rocosa de la cordillera, hombres y mujeres de rostros curtidos por el viento preparaban lanzamisiles de baja potencia. Las armas eran anticuadas, con proyectiles que temblaban ligeramente en los cargadores, como si hasta el metal sintiera la desesperación de sus dueños. El aire olía a aceite quemado y pólvora vieja. El frío de la montaña mordía los dedos de los combatientes mientras aseguraban los sistemas de guía manual.
Hack estaba en lo alto de una antena de comunicaciones, una estructura esquelética de acero corroído que se alzaba sobre el campamento improvisado. El viento silbaba entre los cables mientras él ajustaba conexiones y reconfiguraba protocolos. Sus dedos se movían con precisión, introduciendo comandos en una terminal oxidada que parpadeaba con una luz azul mortecina.
A su alrededor, el sonido de la resistencia se mezclaba con la naturaleza hostil de la cordillera: el murmullo incesante del viento, el eco de voces dando órdenes en el valle, el crujido de botas sobre la roca. En el cielo, las naves de transporte trazaban estelas de humo gris al intentar alcanzar el vacío estelar antes de la inminente llegada de Kepler.
Desde su posición, Hack pudo ver la línea del horizonte teñida por el resplandor anaranjado de los últimos vestigios del día. Su sistema de escaneo mostró un nuevo punto de alerta: algo se acercaba desde el espacio profundo. Sus ojos, afilados y calculadores, se entrecerraron. La flota enemiga ya estaba en los límites del sistema.
— proyectar
La noche se cernía sobre el planeta X como un sudario negro, apenas rasgado por la luz fría de las estrellas. Entonces, apareció.
Desde el vacío estelar, la nave madre de Kepler descendió con la majestuosa inevitabilidad de un coloso. Su silueta era una masa oscura, amenazante, con líneas geométricas bañadas en luces rojas parpadeantes. A su alrededor, como depredadores acechando a su presa, una flota de naves militares más pequeñas cortaba la atmósfera con estelas incandescentes. Su avance era silencioso y letal, como si la propia noche los trajera consigo.
A medida que penetraban en la atmósfera, el plan de Hack se puso en marcha. En la base de la cordillera, oculto entre terminales improvisadas y cables expuestos, Hack presionó un interruptor en su consola desgastada. Su voz se proyectó a través de las comunicaciones codificadas, dirigiéndose a Yosarian con una precisión quirúrgica:
—Tienes una hora. Nada más.
En la cima de la antena de comunicaciones, el viento ululaba entre los cables. De repente, un destello azul iluminó la estructura. Un zumbido eléctrico vibró en el aire, como el preludio de una tormenta. Un pulso electromagnético brotó del metal con una descarga cegadora, y en un instante, la antena estalló en chispas.
Arriba, en el cielo, la nave madre de Kepler titubeó. Su trayectoria, antes perfecta, se convirtió en una oscilación errática. Desde el interior de la nave, alarmas estallaron en una cacofonía de pitidos ensordecedores. Pantallas holográficas fallaban, sistemas se apagaban y motores colapsaban uno a uno.
En la antena, Hack entrecerró los ojos. Funcionó.
Las luces de la nave enemiga se apagaron de golpe, como si alguien le hubiera arrebatado el alma a la bestia de acero. Luego, comenzó a caer.
Desde la montaña, combatientes de la resistencia observaban el espectáculo con los ojos abiertos de par en par. Un rugido mecánico llenó el aire cuando el coloso kepleriano descendía a una velocidad incontrolable. El viento silbaba en torno a su casco metálico, friccionándolo con un sonido abrasivo. Las naves más pequeñas intentaron maniobras evasivas, algunas incluso viraron desesperadas, pero la gravedad ya había dictado su sentencia.
El choque fue ensordecedor.
La nave madre golpeó el costado de una montaña con un estruendo que resonó en todo el valle. Fragmentos de roca y metal salieron despedidos en todas direcciones. Una explosión de polvo y fuego envolvió la zona, mientras los motores inertes se deslizaban montaña abajo como un cadáver de acero derrotado.
En la base, Hack exhaló, su aliento formándose en nubes de vapor bajo el aire helado. Un golpe decisivo, pero no el final.
Yosarian, desde el otro extremo del valle, observó con los puños apretados.
—**Una hora...** —susurró, su voz apenas audible entre el estrépito de la guerra que apenas comenzaba.
Dentro del casco ennegrecido de la nave kepleriana, el silencio apenas era interrumpido por el parpadeo errático de las luces de emergencia y el zumbido agonizante de los sistemas fallando. Entonces, un **estruendo ensordecedor** sacudió el pasillo principal.
El metal chirrió, doblándose bajo una presión implacable. Un boquete humeante apareció en una de las paredes, y a través de él, la fría luz de la luna penetró en la nave con un resplandor espectral. Allí, de pie enmarcado por la claridad plateada, Yosarian emergió como una sombra entre las ruinas, su Wonchester cargada y lista.
No hubo tiempo para alarmas. Los soldados keplerianos reaccionaron instintivamente, abalanzándose en oleadas contra él. Pero Yosarian no era una presa fácil.
El primer disparo retumbó como un trueno en el interior metálico. Un soldado cayó de inmediato, su cuerpo sacudido por la fuerza del impacto. Luego otro. Y otro. Cada detonación era precisa, letal, sin margen de error. La energia ardía en el cañón del arma, el olor del metal caliente impregnaba el aire.
Los proyectiles enemigos rasgaban el entorno, destrozando paneles y esparciendo chispas por los pasillos oscuros. Algunas balas encontraron su objetivo, rozando la carne de Yosarian o golpeando su chaleco blindado, dejando dolorosos moretones bajo la piel. Pero él no se detenía.
Haciendo uso de sus binoculares nocturnos, desaparecía y reaparecía como un espectro entre los conductos de ventilación y los pasillos laterales, desplazándose con una velocidad inhumana. Cada vez que emergía, otro soldado caía, el eco de los disparos resonando en la estructura.
Poco a poco, Yosarian se acercaba a su objetivo: la sala del general Wang-O.
El calor en el interior de la nave aumentaba con cada explosión. Chorros de vapor salían a presión de tuberías rotas, y un olor acre a combustible derramado llenaba el aire. Luces de advertencia parpadeaban en tonos escarlata, reflejándose en los charcos de sangre que teñían el suelo metálico.
Finalmente, una segunda explosión sacudió la nave. Esta vez, más fuerte.
Los cimientos vibraron, y la estructura gimió como un animal herido. **En la sala de mando, el general Wang-O sintió el impacto en su propio pecho.
El humo se arremolinó en la entrada. Y allí estaba él.
A través de la neblina de ceniza y metal fundido, Yosarian emergió, su silueta recortada por la luz intermitente del sistema en colapso. Su Winchester humeaba en sus manos, aún cargada, lista para el siguiente disparo.
El general Wang-O sintió un escalofrío helado recorrerle la espalda. Su boca se abrió ligeramente, pero las palabras murieron antes de salir. El horror en su rostro lo decía todo.
—Hora de terminar esto.
El cuerpo del general Wang-O temblaba. Sus rodillas se doblaron cuando cayó al suelo, el sudor resbalando por su frente en gruesas gotas que brillaban bajo las luces parpadeantes de la sala de mando.
—Por favor… por favor, Yosarian, escúchame. —Su voz se quebraba con cada palabra—. ¡Ambos fuimos exiliados! No soy tu enemigo… ¡Somos iguales!
Yosarian, con la respiración pesada tras la masacre en los pasillos, lo miró con frialdad. Sus ojos oscuros reflejaban el brillo rojo de las alarmas de emergencia. No había compasión en su expresión.
—No somos iguales. —Escupió las palabras con un desprecio cortante—. Yo nunca traicioné a mis compatriotas.*
Wang-O tragó saliva, su garganta se contrajo con un espasmo nervioso. Intentó retroceder, pero su espalda chocó contra una consola humeante.
—No lo entiendes… Kepler estaba perdido bajo nueva europa… —balbuceó, intentando aferrarse a cualquier excusa—. Tomé el control por el bien de nuestra gente.
La burla en el rostro de Yosarian fue casi imperceptible. No había más palabras que decir.
En un instante, sus manos se cerraron en torno al cuello del general.
Wang-O pateó y arañó, intentando liberarse, pero el agarre de Yosarian era como un cepo de hierro. La presión aumentaba; su respiración se convirtió en jadeos ahogados. Sus ojos inyectados en sangre suplicaban, su boca abierta sin aire, hasta que su lucha cesó.
Un último espasmo recorrió su cuerpo antes de desplomarse sin vida.
Los sonidos de botas corriendo rompieron el silencio. Los soldados keplerianos se acercaban.
Yosarian no esperó. Saltó hacia un conducto de ventilación, introduciéndose con la agilidad de un depredador nocturno. Mientras su silueta desaparecía entre las sombras, los soldados irrumpieron en la sala de mando, pero ya era tarde. Solo encontraron el cadáver de su general, sus ojos vidriosos aún reflejando el horror de su última visión.
Fuera de la nave, el campo de batalla se había convertido en un caos total.
Las tropas keplerianas descendían en masa, sus armaduras metálicas brillaban bajo el fulgor de los incendios. Sus armas superaban con creces el armamento enemigo, disparando ráfagas de plasma que carbonizaban la roca y hacían estallar vehículos improvisados.
Los habitantes del planeta X, aunque menos equipados, no cedían terreno. Se deslizaban entre las sombras de la cordillera, atacando con precisión quirúrgica. Cada soldado caído **era reemplazado por otro, su voluntad de resistencia inamovible.
En el cielo, las naves de ambos bandos ardían como estrellas fugaces, cayendo en espirales de humo y fuego.
Una nave de Kepler explotó en pleno vuelo, y los restos llameantes se precipitaron contra las montañas, incendiando la maleza. Sin embargo, una nave oponente fue derribada segundos después, desintegrándose en una bola de llamas.
El metal crujía a su alrededor. Yosarian jadeaba, su cuerpo cubierto de cortes y salpicado de sangre, la suya y la de sus enemigos. El dolor era insoportable, pero no tenía tiempo para ceder.
Apretó los dientes y avanzó.
Frente a él, en la estrecha caja del motor, una horda de soldados keplerianos esperaba con armas listas, sus visores reflejaban las luces rojas de emergencia. No había escapatoria.
No la necesitaba.
Con una velocidad inhumana, esquivó el primer disparo, rodando sobre el suelo metálico. Su Wonchester rugió y un soldado cayó con un grito sordo. *Giró sobre su eje, su cuchillo cortando la garganta de otro mientras la sangre caliente le salpicaba el rostro.
Los impactos lo alcanzaban. Un disparo perforó su costado. Otro le rozó la pierna haciéndolo tambalear. Su sangre caía en charcos oscuros sobre el acero frío.
Pero no paró.
Uno a uno, los soldados caían sus cuerpos desplomándose con golpes secos. **El olor a pólvora y carne quemada impregnaba el aire.**
Finalmente, el silencio.
El último enemigo cayó a sus pies. Su Winchester se quedó sin balas. Sus dedos se aferraban al arma con fuerza, pero ya no quedaba nadie más a quien matar.
Yosarian cojeó hasta el núcleo del motor. Sacó la bomba, sus dedos resbalando con la sangre. Activó la cuenta regresiva.
—Esto es todo. —murmuró.
En la antena, Hack temblaba.
Los sistemas parpadeaban con advertencias. El pulso estaba a segundos de desactivarse. Afuera, las naves keplerianas cargaban sus cañones, listas para disparar una última vez.
Entonces, la comunicación se abrió.
—Hack…
La voz de Yosarian era áspera, debilitada, pero aún firme.
—Gracias por todo, amigo.
Hack sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Su respiración se aceleró.
—¡No! No digas eso, ¡sal de ahí, maldita sea!
El temporizador bajaba.
—Cuida al niño.
Hack se quedó sin aire. Su visión se nubló.
—¡No, Yosarian! ¡Vuelve, te lo suplico!
—Adiós, Hack.
El canal se cortó.
El motor explotó.
El núcleo de la nave estalló en una vorágine de llamas, las placas metálicas se arrancaron de cuajo, el estruendo sacudió la cordillera.
La explosión se extendió en cadena. El casco de la nave se desgarró como papel, consumido por el fuego y el vacío.
Desde la antena, Hack gritó.
Gritó con furia. Con desesperación. Con dolor.
Las naves keplerianas, sin líder, se retiraron. El cielo quedó vacío, excepto por las cenizas que llovían sobre la tierra.
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