el enterrador, capitulo 14.

 En Kepler, como en toda historia de terror, el próximo desafío había comenzado con un "Honorable Congreso de la Unión..." propio de cualquier trama de terror. En esta ocasión, sin embargo, no había discursos floridos ni promesas vacías. Solo la voz grave del dictador Gwang-O, resonando en la vasta sala de guerra, una cúpula oscura iluminada apenas por líneas de neón rojo que destellaban con intermitencias, proyectando sombras angulosas sobre los semblantes pétreos de sus generales.

La crisis social había estrangulado a Kepler hasta sumirlo en un estancamiento severo. La reciente crisis política había dejado a la población en un estado de furia contenida, y la economía agonizaba con los últimos vestigios de su otrora industria bélica. Gwang-O, con su imponente presencia vestida en un uniforme negro bordado en hilos de oro, se apoyó en la mesa metálica del centro de la sala y entrecerró los ojos, dejando que su voz resonara como una sentencia:

—Necesitamos soluciones. No discursos. No excusas. Poder.

Uno de sus generales, un hombre de rostro curtido y ojos acerados, se inclinó ligeramente sobre la mesa y con un tono casi reverente respondió:

—Necesitamos más recursos para sostener nuestra supremacía. 

Gwang-O sonrió, una mueca apenas perceptible que destelló bajo la luz rojiza.

—Sí —asintió lentamente—. Y ya tengo un plan. Un proyecto de desarrollo industrial-militar. Pero necesitamos recursos. Y no los tenemos.

Hubo un breve silencio. Se escuchaba el zumbido de los sistemas holográficos, la vibración lejana de los reactores en el subsuelo. Uno de los generales, con una cicatriz pálida cruzándole la mandíbula, levantó la mirada.

—¿Recuerdan el planeta X?

La mención provocó un murmullo. Gwang-O frunció el ceño, interesado.

—Sí. ¿Qué pasa con él?

El general entrecerró los ojos, su tono adquirió un matiz conspirativo.

—Allí se esconde el perseguido Yosarian Porta Millenium, Aquel planeta ya no es un refugio vacío. Ahora está habitado. Y, lo más importante, se han descubierto en su superficie las minas de zorgon más puras de la galaxia.

Un estremecimiento recorrió la sala. Gwang-O sintió su pulso acelerarse, su respiración volverse más profunda. El zorgon... el mineral capaz de alimentar reactores durante siglos, de fabricar las armas más letales jamás creadas. Kepler podría renacer, volver a expandirse como el imperio que estaba destinado a ser.

—¿Qué clase de defensa tienen? —preguntó con un brillo febril en la mirada.

El general sonrió levemente antes de responder con frialdad absoluta:

—Ninguna.

El silencio que siguió se sintió como un presagio. Gwang-O exhaló lentamente, disfrutando el momento, como un depredador oliendo la sangre en el aire. Finalmente, con una voz profunda y solemne, emitió su veredicto:

—Entonces, el planeta X nos pertenece.

Hack se encontraba en su despacho, una enorme sala oscura iluminada solo por el resplandor parpadeante de pantallas holográficas y la tenue luz azul del sistema binario que se filtraba por el ventanal. Frente a él, una supercomputadora procesaba datos a una velocidad inimaginable, desplegando un mar de gráficos estelares y ecuaciones dinámicas. Su mirada se mantenía fija en la simulación tridimensional del espacio circundante cuando, de pronto, un punto rojo irrumpió en la pantalla. Su intensidad crecía con cada segundo que pasaba, desplazándose con una trayectoria inconfundible: iba en dirección al planeta X.

Hack sintió un escalofrío recorrer su espalda. Su mano, firme pero helada, introdujo comandos a la velocidad del pensamiento. La computadora respondió con un sinfín de cálculos, determinando velocidad, masa y composición probable del objeto. Todo apuntaba a una única posibilidad: era una nave, y no cualquier nave. Se desplazaba con la precisión de una flota militar en formación.

Una semana después, Yosarian había convocado una asamblea de emergencia. En el centro de la ciudad, una cúpula de acero y vidrio vibraba con el murmullo inquieto de decenas de figuras envueltas en túnicas y armaduras improvisadas. Eran los líderes de las comunidades del planeta X: mercenarios que ahora servían como mediadores en disputas locales. Todos estaban ahí. El aire olía a metal caliente y sudor, cargado con una tensión casi palpable.

Hack tomó la palabra. Frente a él, un proyector holográfico recreó los datos obtenidos de la supercomputadora. Gráficos intrincados, líneas de código, vectores y modelos de trayectoria se desplegaron en el aire. Su voz, metódica y controlada, detalló cada parámetro con precisión quirúrgica:

—Velocidad de entrada: 0.7 de la velocidad de la luz. Masa aproximada: 20 megatoneladas. Configuración térmica indica blindaje de aleación reforzada. Capacidad armamentística desconocida, pero…—

Un silencio gélido se apoderó del recinto. Los líderes se miraron entre sí, desconcertados. El lenguaje técnico de Hack les resultaba tan ajeno como un dialecto extraterrestre. Se percibía su incomodidad en el ruidoso chasquido de botas inquietas contra el suelo metálico.

Yosarian se puso de pie de un salto. Su sombra se proyectó imponente sobre el holograma. Su cicatriz en la mejilla ardía bajo la luz artificial. Miró a cada uno de los presentes con el fuego de la convicción en los ojos y, con una voz grave y atronadora, rugió

—¡LUCHAREMOS HASTA MORIR ANTES QUE SER EXPULSADOS DE NUESTRA PROPIA TIERRA!

El efecto fue inmediato. Los murmullos de duda se transformaron en un clamor de furia. Golpes resonaron en las mesas. Puños se alzaron al aire. El rugido colectivo sacudió las paredes de la cúpula.

Hack observó la reacción de la multitud. Sabía que no habían entendido sus cálculos, pero entendieron algo más profundo: la guerra era inevitable. Yosarian lo sabía. Hack lo sabía. Y pronto, el enemigo lo sabría también.


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