El enterrador, capitulo 13.
Años después, el planeta X ya no era un refugio improvisado en medio del vacío; se había convertido en un bullicioso núcleo comercial. Donde antes había un paisaje árido y vacío, ahora se alzaban torres relucientes, iluminadas con neones que parpadeaban como estrellas artificiales. Las calles eran un caos controlado, llenas de mercaderes que gritaban ofertas en docenas de idiomas y especies diferentes que se cruzaban sin prestar atención al caos. Naves cargueras llegaban y salían constantemente, sus motores rugiendo mientras descargaban minerales, tecnología y suministros.
En el corazón de todo este bullicio estaba Hack. Había pasado de ser un contrabandista a convertirse en el capitalista por excelencia del planeta. Desde minas de **zorgon**, ese mineral precioso y raro que podía alimentar reactores durante décadas, hasta casinos donde las apuestas se hacían en unidades astronómicas de energía, todo en el planeta llevaba su marca. Por cada kilo de zorgon extraído y comercializado, 500 gramos eran para Hack y Yosarian, su inseparable socio, mientras que los otros 500 se reinvertían en el crecimiento del planeta. Hack había encontrado el equilibrio perfecto entre enriquecerse y asegurar la prosperidad de su imperio.
En una de las plataformas más altas, en un rascacielos que se alzaba como un monolito negro, Hack observaba su dominio desde un ventanal que ofrecía una vista panorámica. La luz azulada de un sistema binario lejano iluminaba tenuemente el horizonte, reflejándose en las superficies metálicas de la ciudad. En su oficina, un espacio amplio con muebles minimalistas y un aire casi intimidante, reinaba el olor a materiales caros: cuero curtido, madera de Larnis, un árbol que crecía a kilómetros bajo la superficie de otro planeta, y el toque metálico del zorgon que decoraba las paredes como símbolo de su éxito.
Hack sostenía un vaso con un licor ámbar, su aroma dulce y especiado llenando el aire mientras lo agitaba pensativamente. Detrás de él, Yosarian entró, su paso ahora firme y seguro, muy diferente al hombre que había despertado en una cápsula años atrás. Su cicatriz en la mejilla era lo único que recordaba las batallas que había enfrentado.
—Los cargamentos de zorgon llegaron a tiempo esta semana?-pregunto yosarian mientras se acercaba al ventanal.
—en efecto. Con eso podemos cerrar el trato con los fabricadores de armamento en la Nebulosa Omega. —Hack sonrió, satisfecho, antes de girarse hacia Yosarian—. ¿Sabes lo que eso significa, verdad?
—Más ganancias para nosotros?. —Yosarian pregunto.
De repente, la puerta se abrió con un silbido hidráulico. Un chico de doce años entró corriendo, su risa resonando en el espacio. Su cabello despeinado y su ropa ligeramente sucia contrastaban con la impecable elegancia del lugar. Parecía fuera de lugar, pero su energía iluminaba la habitación. Hack sonrió al verlo, mientras Yosarian se inclinaba ligeramente hacia adelante, con una mezcla de orgullo y afecto en el rostro.
—Ah, ahí está nuestro futuro emperador —bromeó Hack, dejando su vaso sobre una mesa de cristal.
El chico, que había sido criado por Yosarian y a quien Hack veía como una especie de hijo, era un misterio. Hack recordaba perfectamente el día que Yosarian llegó con él, sin explicaciones, y simplemente aceptó su presencia como una nueva pieza en su vida. Nunca preguntó de dónde había venido, pero había algo en la mirada del chico que parecía llevar un secreto compartido solo entre él y Yosarian.
Hack, con una chispa de travesura en los ojos, sacó una moneda reluciente de su bolsillo. La giró entre sus dedos antes de mostrársela al chico. Era una moneda marcada con un pequeño grabado en forma de estrella, casi imperceptible.
—Tengo una idea —dijo Hack, dirigiéndose a Yosarian mientras señalaba la moneda—. Apostemos. Te digo que esta moneda volverá a nosotros en menos de una semana.
Yosarian arqueó una ceja, intrigado.
—¿Y cómo planeas lograr eso?
Hack sonrió y miró al chico.
—Primero, vamos por un helado.
Salieron juntos, bajando por las calles llenas de vida. Los aromas de comida callejera flotaban en el aire: especias alienígenas, dulces pegajosos y el inconfundible olor del helado recién servido. Compraron uno al chico, y Hack pagó con la moneda marcada. El niño, feliz, no preguntó nada mientras lamía su helado con entusiasmo.
Siete días después, Hack llamó a Yosarian a su oficina. Sobre la mesa estaba la moneda marcada.
—Te lo dije —dijo Hack con una sonrisa triunfante.
Yosarian tomó la moneda, observándola de cerca. Reconoció el grabado de inmediato y sacudió la cabeza, divertido pero incrédulo.
—¿Cómo lo hiciste?
Hack se encogió de hombros.
—todo el dinero del planeta fluye hacia nosotros, está es la evidencia.
El chico, sentado en el sofá cercano, los miró con curiosidad, sin entender del todo pero feliz de ser parte de su extraño y entrañable mundo.
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