el enterrador, capitulo 12.

 Hack caminaba tranquilamente por la calle principal de su nueva estación, un espacio improvisado que había convertido en un próspero refugio para aquellos que buscaban escapar de las garras del Consorcio. Los bares que había abierto eran un éxito rotundo. Desde el más humilde local de bebidas recicladas hasta el exclusivo club de fusión intergaláctica, todos estaban llenos de fugitivos, mercenarios y oportunistas que brindaban y negociaban bajo la tenue luz artificial. Hack observaba el bullicio con satisfacción, disfrutando del sonido de risas y discusiones acaloradas. Había logrado construir algo extraordinario en el planeta X, un lugar que ahora se poblaba más rápido de lo que había previsto. Cada día llegaban más naves, y con ellas, nuevas historias y aliados.

Pero mientras Hack disfrutaba de su éxito, no olvidaba lo más importante: Yosarian. A unos kilómetros de la zona comercial, en una instalación médica de última generación, su amigo seguía recibiendo el mejor tratamiento que Hack había podido conseguir. Su recuperación era lenta, pero efectiva. Los médicos informaban mejoras graduales, y aunque Yosarian aún no estaba completamente consciente de su situación, Hack sabía que cada día que pasaba significaba un paso más lejos de la muerte. Era un alivio, pero también un recordatorio de que el peligro acechaba en cada esquina.

En un rincón muy diferente del universo, en Nueva Europa, el Canciller del Consorcio golpeaba la mesa con furia. Los informes que acababan de llegar confirmaban lo que tanto temía: Yosarian había sobrevivido. La noticia era un puñal que atravesaba su control calculado. Lo habían dado por muerto, pero de alguna forma había burlado las probabilidades.

—¡¿Cómo es posible que lo hayan perdido?! —rugió, su voz resonando en la imponente sala del consejo. Sus subordinados, rígidos como estatuas, bajaron la mirada. Nadie se atrevía a hablar. El Canciller apretó los puños, su rostro se tornaba rojo de ira. Yosarian no solo había escapado, sino que ahora estaba fuera de su alcance.

De repente, las luces de la sala parpadearon. Un zumbido grave llenó el aire, y todas las pantallas en la sala se apagaron, dejando el espacio en un ominoso silencio. En cuestión de segundos, una única imagen apareció frente a ellos: el rostro de Hack, con su sonrisa burlona.

—Vaya, vaya, Canciller —dijo Hack, su voz resonando en la sala como si estuviera físicamente presente—. Parece que no aprenden.

El Canciller dio un paso atrás, su respiración acelerándose. Antes de que pudiera reaccionar, Hack continuó, con un tono que se tornó frío y cortante.

—Escuchen bien, porque no lo repetiré: dejen en paz a Yosarian. Ahora. Si vuelvo a enterarme de que han enviado siquiera un dron tras él, todos sus secretos estarán en cada sistema del universo. Y créanme, Canciller, no querrán eso.

El mensaje terminó abruptamente, dejando la sala en un silencio sepulcral. El Canciller se desplomó en su asiento, su mente girando mientras consideraba las implicaciones. Hack no bromeaba. El Consorcio acababa de recibir una amenaza que no podía ignorar.

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