El enterrador, capitulo 11.

 Yosarian despertó de repente, con un dolor punzante que recorría cada músculo de su cuerpo, como si hubiera estado luchando contra una fuerza invisible. Un zumbido suave llenaba sus oídos, junto con un leve pitido en su cabeza que lo hacía sentir aturdido. Sus ojos se abrieron lentamente, y la visión era borrosa al principio. La cápsula, fría y metálica, lo rodeaba por completo, la superficie cubierta por condensación que reflejaba la luz tenue del interior. Un aire pesado, casi estancado, invadía sus pulmones al respirar, el olor a metal y plástico mezclado con algo químico.


Unos pasos resonaron cerca de él. Yosarian giró la cabeza con dificultad, y ahí estaba Hack, su rostro tan inconfundible como siempre, su expresión entre divertida y preocupada.


—¿Qué… qué pasó? —La voz de Yosarian salió rasposa, como si las cuerdas vocales le hubieran olvidado cómo trabajar.


Hack, con su habitual calma, presionó un botón en la cápsula, y el panel se deslizó hacia un lado, dejando que Yosarian sintiera el aire fresco y frío de un entorno extraño.


—Tuviste una pelea difícil, Yosarian. La más difícil de todas, diría yo. Te golpearon más fuerte de lo que pensaba, pero te has recuperado. Bienvenido de nuevo.


Yosarian intentó levantarse, pero un dolor profundo lo atravesó por todo el cuerpo, como si sus huesos se resistieran a moverse. Se apoyó en el borde de la cápsula, tomando aire con esfuerzo.


—¿Cuánto tiempo dormí? —preguntó, mirando a Hack con ojos confusos.


Hack sonrió con una mezcla de compasión y diversión, como si ya esperara esta pregunta.


—Un mes —respondió, con un tono que sugería que había sido un mes largo, pero no un tiempo que hubiese hecho gran diferencia en lo que estaba por venir.


La revelación lo golpeó con fuerza, y un sudor frío le recorrió la espalda. Un mes. ¿Cómo había podido estar dormido tanto tiempo sin saberlo? Sin embargo, no tenía tiempo para procesar esa información. Algo en el aire le decía que había algo mucho más grande esperándolo afuera.


Hack le ofreció la mano, y con dificultad, Yosarian la tomó, saliendo finalmente de la cápsula. Cuando sus pies tocaron el suelo, el mareo casi lo hizo caer, pero se aferró a Hack para mantenerse erguido.


Lo que vio al dar un paso fuera lo dejó sin palabras. Naves de todo tamaño flotaban a su alrededor, suspendidas en un espacio que parecía no tener fin. En la distancia, las luces de algunas de ellas parpadeaban suavemente, mientras otras estaban quietas en lo que parecía una formación perfectamente calculada. La sensación de estar rodeado por una multitud infinita de máquinas en el vacío era abrumadora. La inmensidad del espacio lo aplastaba, haciendo que se sintiera más pequeño que nunca.


—¿Dónde estamos? —preguntó Yosarian, mirando a su alrededor con los ojos desmesuradamente abiertos.


Hack sonrió como si hubiera estado esperando esa pregunta.


—Este es el planeta X —dijo, señalando el vacío que se extendía más allá de las naves—. He invitado a fugitivos de todas partes, y ahora, Yosarian, tengo la oportunidad de hacer el negocio de mi vida.


El aire alrededor era frío, pero no de manera natural; algo en el ambiente sugería una intervención tecnológica que mantenía todo en equilibrio. Un leve ruido de motores en segundo plano y los destellos de luces de las naves eran todo lo que podía oír. Pero en sus oídos, algo más resonaba. La idea de estar rodeado de fugitivos, naves y la promesa de un negocio increíble… Eso era lo que más lo golpeaba en ese momento.

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