Operación medusa, capitulo 33.

 Juan despertó con un dolor punzante en la cabeza, un malestar que lo hizo quedarse inmóvil por unos segundos. La resaca del alcohol de la noche anterior lo había dejado aturdido, y la luz tenue que se colaba por las rendijas de la habitación no ayudaba en nada. Su cuerpo estaba tenso, como si hubiera estado atrapado en un sueño pesado, y cuando intentó moverse, el ruido metálico que hizo al tratar de girar lo alertó de inmediato. Parpadeó varias veces, confundido, y su mirada recorrió la escena a su alrededor. Estaba rodeado por cadenas de hierro gruesas, que se entrelazaban de forma que lo mantenían pegado a una pared fría y dura. El acero estaba helado contra su piel, y el roce de las cadenas con su ropa le causaba una incomodidad que aumentaba su confusión.

El olor a metal y humedad era penetrante en el aire, y las paredes de la habitación tenían una tonalidad grisácea, de un concreto envejecido que olía a descomposición. Juan intentó sentarse, pero la presión de las cadenas lo mantenía inmóvil, y el esfuerzo sólo intensificó el dolor de su cabeza. Le costaba enfocar la vista, y los ecos de la noche anterior empezaban a cobrar sentido: las risas, las luces tenues, las voces distorsionadas… pero nada le explicaba cómo había terminado en ese lugar.

Miró a su alrededor, en busca de alguna pista. La habitación era pequeña, casi claustrofóbica, con una única ventana cubierta por barrotes que dejaban entrar apenas una franja de luz natural. El sonido de un teléfono vibrando rompió la quietud, y Juan, sintiendo un golpe de desesperación, trató de buscar el origen del ruido. 

Mientras tanto, en algún lugar lejano, Martín, visiblemente preocupado, miraba el teléfono que llamaba a juan. Los nervios de su amigo se acrecentaban con cada segundo que pasaba sin saber nada de él. Con un golpe seco, lanzó el aparato sobre la mesa. El torneo estaba a un día de comenzar y la ausencia de Juan podría arruinarlo todo. La preocupación de Martín se apoderó de él.

Habían pasado varias horas desde que Juan despertó en ese cuarto de acero, y el tiempo parecía haberse estirado hasta volverse insoportable. La habitación era fría, el aire denso y seco, cargado de la humedad del metal oxidado que impregnaba las paredes. Los hombres de piel extremadamente blanca estaban tendidos en el suelo, inactivos, noqueados por los golpes que Juan les había dado después de romper las cadenas que lo mantenían prisionero. Las cadenas, ahora retorcidas y desparramadas por el suelo, ya no lo contenían. El dolor de su cabeza se había reducido a un leve retumbo, y la ira de la prisión había dejado paso a una profunda confusión. 


No había agua, ni comida, y la sed comenzó a calarlo lentamente. El whisky que quedaba en una media jarra sobre la mesa se convirtió en su único alivio. Tomó el cristal y, sin pensarlo, bebió la bebida fuerte, el ardor del alcohol recorriéndole la garganta y aliviando momentáneamente la sensación de sequedad en su boca. El líquido quemó su interior, pero lo necesitaba. Necesitaba salir. Después de un momento de vacilación, dejó la jarra vacía sobre la mesa y se levantó.


Salió al exterior, dejando atrás el cuarto metálico y la incomodidad de su encierro. El sol se encontraba alto en el cielo, pero el aire estaba pesado, cargado de polvo. El desierto se extendía ante él, vasto e interminable. El calor lo envolvía como una manta invisible, haciéndolo sudar rápidamente. No había señales de vida, solo una vasta extensión de arena y roca que se perdía en el horizonte. Cada paso sobre el suelo áspero y polvoriento era como caminar sobre cristales rotos, y el viento caliente le azotaba la cara con fuerza, levantando pequeñas nubes de polvo que se adherían a su piel sudorosa.


Caminó sin rumbo fijo, sus pasos lentos pero decididos, buscando algo que pudiera darle consuelo. Cada vez que sus pies desnudos tocaban el suelo, el sonido de su marcha se perdía en la vastedad, ahogado por el rugido del viento. La sed lo torturaba. El whisky ya no era suficiente. El anhelo por agua le quemaba la garganta. 


La tarde se fue desvaneciendo y el cielo comenzó a teñirse de tonos naranja y rojo mientras el sol se ocultaba lentamente en el horizonte. La oscuridad de la noche se cernía sobre él, pero aún no había llegado al final de su caminata cuando, de repente, una luz brillante cortó la oscuridad. Un automóvil moderno apareció a lo lejos, deslizándose sobre el asfalto polvoriento del desierto. Juan reconoció el vehículo al instante. Era Martín, y el alivio que sintió al verlo fue inmediato.


El coche se detuvo frente a él, y Martín bajó rápidamente, una sonrisa amplia en el rostro, tan brillante como el sol que acababa de desaparecer. Parecía aliviado al verlo, pero sus ojos reflejaban la preocupación acumulada por horas de incertidumbre. 


—¡Juan! —exclamó, acercándose rápidamente—. Pensé que no te encontraría. 


Juan, con el rostro agotado, apenas pudo sonreír. La sed lo estaba matando. 


—Agua —dijo con voz rasposa, apenas pudiendo articular la palabra, su garganta seca como el desierto que lo rodeaba.


Martín no dijo nada más, corrió hacia el maletero y sacó una botella de agua. Al abrirla, el sonido del tapón resonó como música en los oídos de Juan. Martín le alcanzó la botella, y Juan, con manos temblorosas, la tomó con ansias. El agua fresca corrió por su garganta como un bálsamo, aliviando la ardiente necesidad que lo consumía. 



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