Operación medusa, capitulo 32.
Había pasado un año desde que Juan se habían consolidado como uno de los grandes nombres de México. Las empresas de Martin habían florecido, aunque no sin ciertos tropiezos. A pesar del éxito, un aire de incertidumbre comenzaba a cernirse sobre las empresas. Algunos trabajadores, especialmente aquellos que formaban parte de los nuevos sindicatos, comenzaban a hacer sentir su presencia, pidiendo mejores condiciones laborales y salarios más altos. El ambiente en las fábricas había cambiado, volviéndose más tenso. Las huelgas y los paros ya no eran algo ajeno, sino una realidad constante.
En la casa de Martín, la tensión también se respiraba. Su esposa, Kenia, se encontraba de pie en el centro del amplio salón, con una expresión furiosa en el rostro, rodeada por un pequeño grupo de sindicalistas. El aire acondicionado de la sala hacía que el ambiente fuera fresco, pero la atmósfera se sentía densa, cargada de incomodidad. Los trabajadores, con sus camisas de lino arrugadas por la protesta, se mantenían de pie, cruzados de brazos, mientras que Kenia los miraba con los ojos entrecerrados. El contraste entre su vestimenta impecable y la de los sindicalistas resultaba palpable: su vestido de seda negro parecía brillar bajo la luz tenue de la lámpara de la sala, mientras que los demás lucían algo desarreglados y agotados.
Kenia sentía el sabor amargo de la frustración en su boca. Había comenzado la discusión con calma, pero algo en la postura desafiante de los sindicalistas la había alterado. Las demandas de aumento de salario parecían razonables a primera vista, pero la presión de la presidenta electa, Clara Shin Wan, que había decidido incrementar el salario mínimo año con año, complicaba las cosas aún más. Las palabras se entrelazaban y se chocaban en un juego de poder donde Kenia se sentía atrapada. El sonido de las voces, elevándose con cada argumento, se mezclaba con el ruido del ventilador en el fondo, creando una sensación de claustrofobia en la habitación.
La discusión se tornó más dura, los ojos de los sindicalistas brillaban con un aire de desafío. El aire se sentía pesado, como si las paredes estuvieran cerrándose. Cada vez que uno de los sindicalistas mencionaba los derechos de los trabajadores, Kenia sentía una presión creciente en su pecho. Sabía que su esposo no podía, y quizás no quería, hacer frente a esas demandas, pero no lo decía en voz alta. Ella, en cambio, era la portavoz de su frustración.
Finalmente, con un gesto que combinaba irritación y desesperación, Kenia soltó lo que llevaba guardado.
—Recuerden que están trabajando con un pobre, no con un rico. Mi esposo no puede con tales exigencias.
En el palacio de gobierno, la luz cálida del atardecer se filtraba a través de los grandes ventanales del salón principal, iluminando las mesas de roble oscuro donde se encontraba el equipo de campaña de la presidenta Clara Shin Wan. El murmullo constante de voces se mezclaba con el sonido del aire acondicionado, cuyo frío se sentía aliviador contra la pesada humedad que invadía la habitación. Clara, sentada al final de la mesa, repasaba una y otra vez las cartas sobre la mesa. Su rostro estaba marcado por la tensión, un leve fruncimiento entre sus cejas delataba la gravedad de la situación.
La victoria de Juan Sánchez en el torneo de lucha del año anterior había puesto a México en una posición única: el torneo de este año se realizaría en su territorio, lo cual, en teoría, sería un logro de proporciones nacionales. Sin embargo, la realidad era otra. La creciente inseguridad en varias regiones del país estaba desincentivando a muchos gobiernos extranjeros de permitir que sus campeones superhumanos participaran en el evento. El riesgo de ataques y la falta de garantías de seguridad representaban un obstáculo enorme.
Un joven asesor, con una chaqueta de lino arrugada por el calor y los nervios, fue el primero en hablar.
—Presidenta, hemos recibido respuestas negativas de varios países. El riesgo para los superhumanos es demasiado alto, y los inversionistas también están comenzando a retirarse.
Clara soltó un suspiro, mirando fijamente el mapa de México que había sobre la mesa. Sus dedos recorrían las líneas de las rutas de transporte, pero su mente estaba en otro lado. La situación requería una respuesta inmediata, y ella sabía que las decisiones que tomara esa tarde podrían significar la diferencia entre una victoria política y un desastre nacional.
Un segundo asesor habló.
—Han hablado con el presidente Narib Sukeile de El Salvador. Está dispuesto a albergar el evento, los ingresos que podría llevar serían sustanciales para su país.
Clara asintió levemente, preocupada, Clara podía oír el sonido de la lluvia golpeando las ventanas del palacio. La tormenta que se desataba afuera parecía reflejar la tormenta interna que se desataba en su mente.
—Lo sé —respondió, mirando a sus colaboradores—, cambiar la sede sería un golpe para la imagen de México. Necesitamos demostrar al mundo que estamos a la altura.
Con un gesto decidido, Clara se levantó de la mesa. Los pasos de sus tacones resonaron en el mármol del suelo, y la habitación se quedó en silencio, como si la misma sala respirara en espera de la siguiente palabra de la presidenta.
—Solicitaré seis meses —dijo con firmeza, su voz resonando en las paredes del salón—. Seis meses para implementar una estrategia de seguridad tan efectiva que ningún país pueda rechazarla. Nadie cuestionará nuestra capacidad para garantizar la seguridad de los superhumanos.
Los miembros del equipo la miraron sorprendidos, pero rápidamente se hicieron eco de su decisión. Clara sabía que el desafío era monumental, pero el peso de la presidencia y la promesa de poder redimir la imagen de su país la impulsaban a seguir adelante. Sin embargo, en su interior, había una creciente preocupación: el tiempo se agotaba y las amenazas no hacían más que crecer.
A medida que se acercaba la fecha del torneo, México se había preparado con una eficiencia casi implacable. En los seis meses prometidos por la presidenta Clara Shin Wan, el país había implementado un despliegue de seguridad sin precedentes, reduciendo las amenazas de violencia y asegurando las principales ciudades para los superhumanos y sus acompañantes. El costo humano de las medidas extremas y las críticas sobre las violaciones a los derechos humanos se habían vuelto una constante en los medios de comunicación internacionales. Se hablaba de desocupación forzosa de comunidades enteras para construir infraestructuras, de familias desplazadas por la construcción de arenas y de un ejército de fuerzas de seguridad intimidando a quienes se oponían al evento.
A pesar de las críticas y de las tensiones que hervían bajo la superficie, las naciones extranjeras finalmente accedieron a realizar el torneo en México. La promesa de una logística impecable y la imagen de un país dispuesto a todo para recibir al mundo en su territorio se impuso sobre las dudas. A nivel global, el torneo prometía ser un espectáculo único, y la imagen de México como nación poderosa y capaz de manejar una competencia internacional de esa magnitud resultaba atractiva.
Mientras tanto, en San Benito el Alto, la vida seguía su curso, relativamente tranquila. Juan Sánchez, el hombre cuyo nombre había dado vida a la victoria que había transformado la situación, se encontraba ajeno a la furia mediática que rodeaba el evento. En su pueblo natal, la Navidad se acercaba, y todo parecía funcionar como en los años anteriores, salvo por un detalle: la prosperidad.
Los árboles de Navidad adornaban las casas, sus luces multicolores brillaban con la misma intensidad de siempre, y el aire fresco de diciembre se mezclaba con el aroma de los tamales cocinándose en las cocinas. En el aire flotaba una sensación de paz, mientras los habitantes del pueblo se preparaban para las celebraciones. Las calles, que antes veían pocas visitas, ahora estaban llenas de turistas que recorrían las tiendas locales, comprando las artesanías que el presidente municipal promovió. El bullicio de la gente, el tintinear de las campanillas que colgaban de las puertas, el sonido de las risas y las conversaciones en los mercados, todo contribuía a una atmósfera vibrante.
Juan caminaba despreocupado por las calles del pueblo, saludando a los viejos conocidos, observando el ir y venir de los turistas. El aroma a pino flotaba en el aire, y él no podía evitar sentirse satisfecho al ver cómo su tierra había florecido, al menos superficialmente. Mientras caminaba entre las tiendas, pensaba que nada podría arruinar su felicidad, o al menos eso creía. La riqueza que había llegado a él y a su pueblo, el respeto que ahora se le brindaba, le daban la sensación de que todo lo que había pasado valía la pena.
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