La búsqueda, capitulo 2.

 Los días siguientes, el lord permaneció en la sala central, un espacio que, a pesar de su aparente simplicidad, exudaba una serenidad que parecía diseñada para facilitar la contemplación. La luz que se filtraba por los vitrales altos creaba juegos de colores sobre las paredes de piedra pulida, mientras el crujido del fuego en la chimenea llenaba el aire con un sonido constante y reconfortante. El aroma a pergaminos viejos y cera derretida se mezclaba con un leve rastro de hierbas quemadas, evocando una atmósfera que invitaba tanto al estudio como a la introspección.


El lord, absorto, pasaba las horas sumergido en textos voluminosos que parecían contener más preguntas que respuestas. Descubrir que su mundo no era el único en un vasto sistema solar ya había trastocado su entendimiento. Ahora debía asimilar una verdad aún más perturbadora: la realidad no era una unidad monolítica, sino una superposición de capas dimensionales. Era como si los grados de perfección de Aquino, que hasta ese momento había considerado una abstracción teológica, se hubieran vuelto tangibles. Pero, en esta versión horizontal, su mundo no ocupaba la cúspide, sino que apenas rozaba el nivel más básico de complejidad.


El peso de este conocimiento lo impulsó a abandonar la sala central y dirigirse a la biblioteca del castillo, un espacio vasto donde las estanterías se elevaban hasta perderse en la penumbra del techo. La madera oscura del suelo crujió bajo sus pasos, mientras su capa rozaba el mármol frío de las columnas. Allí, en ese santuario del conocimiento, el lord no buscó un libro más, sino que dirigió sus preguntas al castillo mismo, consciente de que este era mucho más que una simple construcción.


“¿Cómo es posible que contengas algo tan vasto como una dimensión?” preguntó, dejando que el eco de sus palabras se extendiera por los arcos de la biblioteca.


El castillo respondió con un murmullo que parecía surgir de las mismas paredes. Su voz era grave, resonante, como el retumbar de una tormenta lejana: “Mi interior no es un fin en sí mismo. Solo soy una compuerta, un puente hacia realidades externas.”


El lord sintió un escalofrío recorrer su columna. La sensación de estar al borde de un abismo conceptual era casi abrumadora. Su mente comenzó a entrelazar fragmentos de información, poco a poco formando una comprensión primitiva pero funcional. El castillo no era simplemente un refugio físico; era una llave, un vínculo entre lo conocido y lo insondable.


Entonces, surgió una pregunta que ardía en su mente: “¿Cuál es tu origen? ¿Quién te construyó?”


La respuesta del castillo llegó como un susurro, sus palabras vibrando con un misterio insondable: “Muchos se han hecho esa pregunta.”


El lord sintió cómo la respuesta lo envolvía, no como una solución, sino como un enigma aún más profundo. La brisa helada que se filtró por los ventanales le recordó que, al igual que la luz del día y la penumbra de la noche, hay respuestas que solo existen en la búsqueda misma.

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