La búsqueda, capitulo 1.
En el año 1828, en el corazón de una vasta y desolada campiña, se erigía una mansión que había resistido el paso de los siglos. Era el hogar de un hombre peculiar, el conde de Montenegro, un aristócrata cuya vida contrastaba profundamente con la de sus pares. Mientras otros vivían para acumular riquezas y ostentar lujos, él se dedicaba a satisfacer aquella curiosidad aristotélica que yace en la escencia humana, en libros antiguos, experimentos alquímicos y largas noches de reflexión bajo cielos estrellados.
Una madrugada, el conde despertó sobresaltado, con la sensación opresiva de que algo fuera de lo común había ocurrido. El aire en su habitación era denso, casi inmóvil, impregnado de un leve aroma metálico que nunca antes había percibido. El silencio era absoluto, roto solo por el eco de su respiración acelerada. Extendió la mano hacia el candelabro junto a su cama, pero al encenderlo, la luz apenas disipó la profunda oscuridad que había tomado la habitación.
Con paso firme, aunque inquieto, se dirigió hacia las ventanas de la sala principal. Al apartar las pesadas cortinas de terciopelo rojo, un espectáculo sin precedentes se desplegó ante sus ojos: allí, donde antes solo se veía la vastedad de los campos de Montenegro, se alzaba un castillo descomunal, su silueta casi irreal bajo la pálida luz de la luna. La torre central parecía desafiar las estrellas, superando con creces el kilómetro de altura. Los muros eran negros como el ónix, reflejando débilmente la luz como si estuvieran hechos de un material desconocido.
El conde, perplejo, sintió un escalofrío recorrerle la espalda. La inmensidad de la estructura parecía absorber el paisaje, dominándolo con una presencia imponente y hostil. Las ventanas del castillo brillaban con un fulgor extraño, como si llamas azules danzaran en su interior.
“¡Fitzgerald!” llamó con voz grave. La respuesta fue inmediata: el mayordomo, un hombre de edad avanzada pero ágil, apareció con una lámpara de aceite en mano.
“Señor, el castillo lleva allí desde poco después de la medianoche”, informó Fitzgerald, sin perder la compostura. “Los criados han murmurado sobre un extraño zumbido antes de que apareciera, como el canto de un enjambre distante, pero ninguno de nosotros se atreve a acercarse”.
El conde cruzó los brazos, su mente, siempre ávida de explicaciones racionales, luchaba por dar sentido a lo que presenciaba. Intentó analizar lo que veía: ¿era una ilusión óptica, un truco de la naturaleza? Pero el frío intenso que emanaba del castillo, aun desde la distancia, descartaba cualquier engaño.
“Fitzgerald, prepare mi abrigo y mis botas. Si esto es real, quiero verlo más de cerca”, ordenó, su voz firme pero teñida de incertidumbre. Algo en su interior, una mezcla de miedo y fascinación, le decía que esta aparición no era casualidad. ¿Sería el inicio de un misterio que definiría el ocaso de su linaje?
El conde de Montenegro se detuvo frente a la puerta monumental del castillo. Las losas negras, brillantes como obsidiana, reflejaban su figura bajo la débil luz de su lámpara. Cada uno de sus pasos resonaba en la vasta soledad, amplificado por el silencio circundante. Un viento helado sopló repentinamente, haciendo que su capa ondeara mientras una voz, profunda y resonante, surgía de la nada:
—Eres bienvenido...
El conde se irguió, el rostro enmarcado por la sombra de su sombrero. Su respiración se volvió pesada al escuchar su nombre pronunciado con tal familiaridad por una voz desconocida.
—¿Quién eres? ¿Y cómo sabes quién soy? —preguntó, tratando de mantener la calma, aunque su corazón latía con fuerza.
La voz respondió, grave y omnisciente, como si proviniera de las piedras mismas del castillo:
—Sé muchas cosas.
Antes de que el conde pudiera formular otra pregunta, las puertas colosales comenzaron a abrirse. No hubo crujidos, ni rechinidos, solo un susurro bajo y constante, como si un mecanismo invisible las empujara suavemente. La cálida luz de antorchas surgió desde el interior, bañando el umbral en un resplandor dorado.
Sin pensarlo mucho más, el conde cruzó la entrada. De inmediato, lo embargó una extraña sensación: el aire dentro del castillo no solo era más cálido, sino que también parecía cargado de una energía vibrante, casi palpable. Miró a su alrededor y lo que vio desafió toda lógica.
El espacio interior era vasto, infinitamente más grande de lo que su exterior sugería. La amplitud era tal que las paredes parecían perderse en la distancia. Pero lo que más llamaba la atención era la hilera interminable de libros que se extendía frente a él. Filas y filas de estanterías colosales se alzaban hacia el cielo abovedado, su altura tan descomunal que apenas alcanzaba a ver los estantes superiores.
El aroma a pergamino viejo y tinta impregnaba el aire, mezclado con un leve rastro de cera de antorcha y madera envejecida. Al avanzar con cautela, el conde notó que cada libro parecía único: algunos estaban encuadernados en cuero decorado con intrincados grabados, otros en materiales desconocidos, como si hubieran sido confeccionados en épocas más allá de la historia registrada.
Se acercó a uno de los estantes y deslizó sus dedos sobre el lomo de un libro particularmente antiguo. Las inscripciones que lo adornaban no eran familiares: símbolos y patrones que recordaban a civilizaciones perdidas. Era un lenguaje que parecía más antiguo que el tiempo mismo.
—Esto es imposible —murmuró para sí, aunque su tono denotaba más asombro que incredulidad.
Mientras caminaba, percibió que las estanterías parecían moverse sutilmente, como si el castillo se adaptara a su presencia, mostrándole caminos que él no había elegido. Un murmullo leve lo acompañaba, un eco apenas audible, como si miles de voces susurraran desde las páginas mismas.
Algo le decía que este lugar contenía secretos que ningún ser humano había soñado jamás con descubrir. Y, por primera vez en mucho tiempo, sintió un estremecimiento que era tanto miedo como curiosidad.
La voz resonó nuevamente en las entrañas del castillo, una presencia inmaterial que parecía envolver al conde. Era profunda, antigua, como el crujir de montañas o el susurro de las estrellas.
—Durante eones, he tenido infinidad de usuarios: humanos y no humanos. Uno solo entre billones es elegido, y en este momento, la oportunidad es tuya. Tienes un día para escoger.
El conde se quedó inmóvil, sus ojos escaneaban las interminables filas de libros y corredores que parecían cambiar con cada parpadeo. Un vértigo lo invadió, como si la enormidad de la decisión que enfrentaba aplastara su espíritu. Sintió un frío en el pecho, no de miedo, sino de comprensión. Este era un momento único, una encrucijada que marcaría un punto y aparte en su vida.
Sin decir palabra, asintió levemente. El castillo no respondió, como si diera por hecho su aceptación implícita. Sin saber cómo, el conde se encontró fuera, frente a las puertas ahora cerradas, sintiendo que el aire nocturno había cambiado. Un zumbido apenas audible, cargado de energía, llenaba el ambiente. La luna parecía más brillante, más cercana, y cada estrella en el firmamento lo observaba como un testigo silencioso.
De regreso a la mansión, el conde entró con determinación en el salón principal. Fitzgerald, su fiel mayordomo, estaba allí, arreglando los candelabros de la chimenea. Al escuchar los pasos firmes de su amo, levantó la mirada, notando de inmediato el cambio en su semblante.
—Fitzgerald, necesito que prepares todo —dijo el conde, mientras se despojaba de su capa y sombrero.
El mayordomo dejó su tarea y se acercó. Había trabajado para el conde durante décadas y rara vez lo había visto tan resuelto.
—¿Todo, señor? ¿Todo para quién?
—Para mi hermano —respondió el conde, mientras se dirigía a un escritorio de caoba, sacando pergaminos y escribiendo rápidamente. Sus movimientos eran fluidos, casi mecánicos, como si hubiera planeado este momento durante años.
Fitzgerald frunció el ceño. La pluma del conde raspaba el papel con urgencia, llenando la sala con el sonido rítmico de la escritura. Finalmente, Fitzgerald se atrevió a preguntar:
—¿Qué sucede, señor? ¿A dónde va usted?
El conde levantó la vista. Sus ojos, habitualmente serenos, brillaban con una mezcla de entusiasmo y gravedad.
—A lugares inimaginables, Fitzgerald. A donde ninguno de mis antepasados soñó con ir.
Fitzgerald permaneció en silencio. Algo en la voz del conde le dijo que no era una metáfora, que su partida era definitiva. Aunque no entendía del todo, obedeció como siempre lo había hecho, desapareciendo en los pasillos para cumplir con las instrucciones.
Mientras el fuego de la chimenea proyectaba sombras danzantes en las paredes, el conde se detuvo un momento a observar su hogar por última vez. Las paredes cargadas de historia, los muebles tallados con esmero, todo parecía minúsculo ahora frente a la vastedad de lo que había visto.
Esa noche, mientras el reloj marcaba la medianoche, el conde se preparó para abandonar la vida que conocía, listo para abrazar lo desconocido.
Al caer la noche, el conde de Montenegro volvió al castillo. Sus puertas colosales se abrieron en silencio, como si reconocieran su llegada. El aire dentro estaba cargado, denso y vibrante, como si cada rincón del espacio estuviera vivo con una energía que el conde no podía comprender del todo. El calor de las antorchas iluminaba débilmente el inmenso vestíbulo, proyectando sombras que danzaban sobre las paredes negras, intrincadamente talladas con patrones que parecían cambiar cada vez que desviaba la mirada.
La voz del castillo resonó de nuevo, profunda y omnipresente, como si no tuviera un origen definido:
—Para alcanzar la verdad, debes despojarte de tu ilusoria identidad. A partir de este momento, ya no serás el conde de Montenegro. Renuncia a tu nombre, a todo aquello que crees que eres.
El conde se detuvo en seco. Un escalofrío le recorrió la espalda al escuchar aquellas palabras, tan contundentes como ineludibles. Su mente, entrenada para desentrañar enigmas, se enfrentaba a una paradoja: ¿cómo podía existir sin su nombre, sin la identidad que lo había definido toda su vida?
—¿Qué? —exclamó, su voz cargada de incredulidad, un eco que se perdió en la vastedad del castillo.
Por un momento, el silencio fue total, como si el castillo hubiera contenido la respiración. Entonces, la voz volvió, esta vez con un matiz sutil de aprobación.
—Excelente. Esa será tu nueva denominación. Prepárate, Lord Qué.
El conde, o mejor dicho, Lord Qué, sintió una extraña mezcla de confusión y claridad. No era burla lo que percibía en la voz, sino una lógica implacable que trascendía cualquier razonamiento terrenal. Por primera vez, comenzó a comprender: el castillo no solo despojaba, sino que redefinía.
Mientras caminaba más adentro, las paredes parecían alargarse, y el espacio a su alrededor se transformaba en algo irreal. Las estanterías de libros se curvaban hacia el infinito, y sus pies parecían no tocar el suelo, como si una fuerza invisible lo impulsara hacia adelante.
De repente, se encontró frente a un espejo gigantesco, enmarcado con un material que parecía absorber la luz. Su reflejo estaba ahí, pero algo era diferente: la figura que veía no era exactamente suya, sino una versión más difusa, como si las fronteras de su cuerpo y su rostro se hubieran diluido.
—¿Qué soy ahora? —preguntó en voz baja, sin esperar respuesta.
—lo que siempre has sido en escencia: preguntas—respondió el castillo, como si el eco de sus palabras fuera parte del diálogo.
Lord Qué cerró los ojos y respiró profundamente. El peso de su vida pasada, de sus títulos, su linaje y su orgullo, parecía desvanecerse con cada latido de su corazón. Cuando volvió a abrir los ojos, el espejo había desaparecido, y frente a él solo quedaba un pasillo interminable, iluminado por una luz suave y acogedora.
Sin dudar más, dio el primer paso hacia lo desconocido, dejando atrás al hombre que había sido, preparado para convertirse en aquello que aún no entendía.
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