El enterrador, capitulo 9, temporada 2.
En la fría y austera sala de operaciones de la base de Nueva Europa, el vicepresidente del Congreso, de rostro severo y mirada decidida, se encontraba frente a una mujer que parecía surgir del mismo acero de la instalación. Ella, una creación biológico-militar, era la culminación de experimentos avanzados. Su figura se alzaba con una imponente altura de 1.75 metros, dominando el espacio con una presencia casi etérea. Su cuerpo atlético, esculpido como si fuera una obra de arte en movimiento, reflejaba la brutalidad y precisión que le habían infundido. Sus largas piernas, que parecían diseñadas para la velocidad y la fuerza, se mantenían firmes, tan imponentes como una estatua viviente.
El cabello corto, de un rojo intenso que recordaba las llamas, caía en ángulos agudos alrededor de su rostro, como si reflejara la furia contenida en su ser. Cada movimiento que realizaba era una perfecta combinación de gracia y poder, un recordatorio constante de la máquina de guerra en la que se había convertido.
El vicepresidente, con su traje oscuro y su expresión de acero, observaba a la mujer, pero no como un líder contempla a un subordinado. Su mirada era fría, cargada de una resolución casi palpable. Sus dedos, arrugados por los años y la presión del cargo, tocaban suavemente el borde de la mesa metálica en frente de él, un acto involuntario que delataba su nerviosismo. Los sistemas de ventilación de la base emitían un zumbido monótono, y el aire acondicionado mantenía el ambiente herméticamente sellado, tan frío y preciso como la conversación que estaba por ocurrir.
"Necesito que entiendas, que él debe pagar", dijo el vicepresidente, su voz baja pero firme, casi como si el simple hecho de pronunciar aquellas palabras le otorgara más poder. El eco de su voz se desvaneció rápidamente, siendo absorbido por las paredes de metal y las máquinas que rodeaban la sala.
La mujer pelirroja no mostró reacción alguna al escuchar el rencor en las palabras del vicepresidente. Su mirada permaneció fija, inquebrantable. A través de sus ojos, tan fríos y calculadores como el vacío que los rodeaba, él supo que ella comprendía. Sabía que no necesitaba más explicaciones. El asesinato de su hijo era un error que requería corregirse, un acto de desafío hacia el poder, y la creación frente a él estaba diseñada para resolverlo.
Ella se adelantó ligeramente, el sonido de sus botas pesando en el piso de metal resonó con una firmeza inquietante. Cada paso parecía resonar como una sentencia de muerte. Los músculos de sus piernas, definidos y tensos, no se relajaban ni un instante, como si cada fibra de su cuerpo estuviera lista para la acción en cualquier momento. El ambiente frío de la base no parecía afectarla; su presencia lo dominaba todo, absorbiendo el espacio a su alrededor.
El vicepresidente, aunque acostumbrado al control, no pudo evitar una ligera tensión en su mandíbula. “Hazlo.”
La cabina de la nave estaba impregnada con el sonido monótono de los motores, el zumbido constante que vibraba en el aire, casi como un latido distante. Hack y Yosarian se encontraban en silencio, mirando las estrellas a través del parabrisas, sumidos en una conversación que parecía más una reflexión filosófica que una charla sobre supervivencia.
“Es curioso”, dijo Hack, su voz baja, aunque el peso de las palabras flotaba en el aire. “Esta persecución, esta carrera infinita. No importa lo rápido que vayamos, nunca terminamos de escapar.”
Yosarian asintió, mirando fijamente el vacío del espacio, como si las estrellas pudieran ofrecerle alguna respuesta. “Es el mismo ciclo, ¿no? Correr, luchar, intentar sobrevivir… siempre en movimiento. Pero nunca avanzamos realmente.”
Pero justo en ese momento, el sonido de un disparo resonó a través de los altavoces de la nave, seguido por un impacto seco que sacudió toda la estructura. Las luces parpadearon brevemente, el panel de control parpadeó y una vibración violenta recorrió el casco.
“¡Maldición!” gritó Hack, sus dedos ya moviéndose con velocidad frenética sobre los controles. Los sistemas de emergencia comenzaron a sonar, una sinfonía de pitidos y alarmas que se sumaban a la confusión. Hack no perdió ni un segundo y maniobró la nave con una habilidad que sólo la desesperación podía forjar. Tiró de una palanca, haciendo que la nave se inclinara en un ángulo agudo hacia la derecha. El aire dentro de la cabina se volvió más denso, como si la gravedad misma se intensificara, y las estrellas se estiraban en estelas de luz.
“¡Sigue maniobrando, Hack! No podemos dejar que nos alcance,” dijo Yosarian, su tono grave y firme, aunque su mirada permanecía fija en la pantalla de radar. La nave enemiga estaba más cerca, su figura se delineaba a través del cristal, oscura y silenciosa como una sombra asesina.
Hack gruñó entre dientes mientras intentaba hacer girar la nave para esquivar un disparo directo. La nave se sacudió violentamente, pero logró evadir el impacto por un margen milimétrico. Los sistemas de estabilización zumbaban, luchando por mantener el control.
Pero la otra nave no cedía. Era más rápida, más ágil. Y de repente, Hack sintió el cambio: una presión en el aire, un suspiro apenas audible en los sistemas, y la nave enemiga realizó un movimiento que dejó a Hack sin tiempo para reaccionar.
“¡Nos están obligando a aterrizar!” gritó Hack, viendo cómo la nave opuesta maniobraba con precisión mortal, forzándolos a entrar en la atmósfera de un planeta cercano.
El aire dentro de la cabina se espesó aún más, el calor comenzaba a aumentar, y las vibraciones de la nave se intensificaron con el descenso. Las ventanas se empañaron brevemente debido a la repentina presión atmosférica. El horizonte del planeta comenzó a tomar forma: un mundo rocoso, árido, con montañas gigantescas que se alzaban contra un cielo grisáceo.
Yosarian, sin mostrar la más mínima señal de pánico, comenzó a preparar sus armas. Abrió su mochila con calma, sacando una pistola de energía y una daga de combate, sintiendo el frío del metal en sus manos, el peso familiar de cada uno de los objetos. Su respiración se hizo más lenta, más profunda, mientras sus ojos analizaban la pantalla de radar, observando cómo la nave enemiga se mantenía firme en su persecución.
“Nos esperan,” murmuró Yosarian, su tono calmado como siempre, pero con una determinación que podía sentirse en el aire tenso de la cabina.
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