El enterrador, capitulo 8, temporada 2.

 El cielo sobre el pequeño planeta X se extendía como un lienzo celeste salpicado de nubes blancas y suaves. La brisa acariciaba el aire con una fragancia dulce y terrosa, mientras el sol proyectaba una luz dorada que hacía brillar las hojas de los árboles como si estuvieran hechas de esmeralda. Hack, inclinado sobre el casco de la nave, limpiaba meticulosamente los restos de polvo estelar, sus movimientos mecánicos y precisos. Desde el lago cercano, Mollo nadaba plácidamente, el agua cristalina reflejando los destellos del sol, mientras pequeñas ondas se propagaban a su alrededor.


Yosarian, siempre silencioso y distante, caminaba entre la flora del planeta, observando los extraños arbustos de hojas violetas y las flores que emitían un leve resplandor azul. Las raíces se entrelazaban en el suelo con patrones intrincados, y el aire estaba cargado de un murmullo suave, como si la misma naturaleza susurrara secretos antiguos.


De repente, un estremecimiento recorrió el aire. Yosarian se detuvo, su mirada fija en la maleza densa que se extendía unos metros delante de él. Sintió una presencia, un instinto visceral que le hizo saltar hacia un lado, apenas unos segundos antes de que un disparo seco rompiera la paz del entorno. El proyectil le rozó el hombro, dejando una quemadura dolorosa. La sangre tibia comenzó a empapar su camisa, pero Yosarian apenas pestañeó. Con movimientos fluidos, sacó su arma y apuntó hacia donde había surgido el disparo.


El silencio regresó, denso y opresivo. Durante unos instantes, solo se escuchó el sonido de su respiración controlada, el dolor relegado a un segundo plano. Entre la maleza, una figura emergió lentamente. Era un hombre de aspecto cansado pero peligroso. Su cabello, gris y enmarañado, caía hasta sus hombros, y sus ojos, oscuros y penetrantes, eran como pozos de sombra. Llevaba una armadura gastada por el tiempo, con cicatrices que hablaban de antiguas batallas. Se trataba de Manhunter, una leyenda viviente, conocido por sus enfrentamientos épicos, aunque cuestionables.


Manhunter sonrió con una mueca de satisfacción amarga, había llegado al momento de toda persona donde deseaba revitalizar viejas glorias.


Yosarian no bajó el arma, su voz fría y afilada como el filo de un cuchillo. “¿Quien eres?.”


El viejo cazador soltó una carcajada áspera, como el crujir de ramas secas. “seguro has escuchado de mi, soy manhunter, el cazador."

El aire estaba cargado de tensión, denso y pesado, mientras los dos hombres se observaban en silencio. Yosarian, con su hombro sangrante, mantenía su arma firme, apuntando directamente a Manhunter, quien no parecía siquiera inmutarse. Las hojas que caían de los árboles a su alrededor eran de un verde pálido, casi translúcido, y el suave viento que soplaba traía consigo un aroma terroso y algo metálico, como si la naturaleza misma estuviera en vilo.


Yosarian, con la mirada fija en Manhunter, finalmente rompió el silencio. “¿Eres tú quien mató a los hermanos Terence?” La pregunta salió de sus labios con una calma fría, pero cargada de veneno, como si ya supiera la respuesta.


Manhunter, su rostro arrugado y su mirada oscura, sonrió con desdén. “Sí, fui yo. Dos con una mano, dos con la otra.” Su voz era grave, retumbando como un eco en el espacio abierto, una amenaza implícita en cada palabra.


Yosarian frunció el ceño, observando al viejo cazador con una mezcla de incredulidad y desdén. “Debes ser un gran guerrero...o un embustero,” replicó, la punzante ironía en su voz mientras la presión en el aire aumentaba, como si todo el planeta esperara la próxima jugada.


Manhunter soltó una risa áspera, como el crujir de ramas secas bajo un peso demasiado grande. “Lamento que no estuvieras allí para verlo, Yosarian. Hubieras aprendido lo que es realmente el combate.”


El viento sopló de nuevo, pero esta vez fue como un susurro distante, perdido entre los árboles. Yosarian no mostró signos de duda, ni siquiera cuando el dolor de su herida comenzó a intensificarse. “Te equivocas, viejo,” dijo, con una calma aún más fría. “Yo estuve allí.”


Manhunter frunció el ceño, confundido por un momento. “¿Qué dices?”


“Yo maté a los hermanos Terence,” respondió Yosarian con una calma aterradora, su voz tan tranquila que era como una sentencia. Los ojos de Manhunter se estrecharon, la sorpresa momentáneamente reemplazada por algo más peligroso.


Sin previo aviso, Yosarian disparó. El sonido del arma retumbó en el aire, y el proyectil cortó el espacio, perforando la maleza cerca de Manhunter, que saltó hacia un lado, cubriéndose tras un arbusto grueso. El disparo pasó rozando su costado, pero el cazador no parecía haber sido alcanzado.


Manhunter, enfurecido, respondió rápidamente, disparando desde su refugio improvisado. Las balas silbaron en el aire, y Yosarian esquivó un disparo, el zumbido de la munición pasando cerca de su rostro. Las hojas a su alrededor temblaron por el impacto de las balas, desprendiendo pequeños fragmentos de corteza y tierra que se elevaron en el aire como polvo brillante.


El sonido de los disparos fue acompañado por el retumbar de los ecos que se reflejaban en los árboles, un ruido ensordecedor en medio de la quietud del planeta. Yosarian se movió rápidamente, deslizándose entre los árboles y esquivando cada disparo, sabiendo que no podía dar espacio a su oponente.


Manhunter, por su parte, no dejaba de disparar, pero su respiración se volvía más pesada, la adrenalina comenzando a surtir efecto en su envejecido cuerpo. Los arbustos se sacudían por el impacto de las balas, y el aire se volvía más denso con cada nuevo disparo, cargado de polvo y olor a quemado, finalmente las balas se terminaron.

Las hojas caían lentamente de los árboles, como una lluvia espesa que apenas tocaba el suelo. Yosarian respiraba pesadamente, su cuerpo cubierto de sudor mientras corría tras la figura de Manhunter, que se deslizaba entre la maleza, un espectro en la distancia. El aire estaba cargado de humedad y un olor a tierra húmeda que hacía que cada inhalación fuera más pesada. La persecución había comenzado como un simple enfrentamiento, pero ahora, tras haber perdido toda la munición de su arma, se había convertido en una cuestión de supervivencia.


El sonido de las ramas quebrándose bajo los pies de Manhunter se mezclaba con el susurro del viento y los latidos del corazón de Yosarian, que resonaban en sus oídos con cada paso que daba. En otras circunstancias, su mente habría estado más tranquila, pero el agotamiento y la falta de municiones lo mantenían en constante alerta. Al final, no tuvo más opción que despojarse de su pistola y sacar el enorme cuchillo que llevaba en su cinturón, el acero brillando bajo la luz tenue del planeta. La hoja era pesada, pero bien equilibrada, el mango se adaptaba perfectamente a su mano sudorosa.


Cada paso que daba lo acercaba más al objetivo. El suelo estaba cubierto de musgo resbaladizo y piedras mojadas, y las ramas bajas arañaban su rostro y su ropa mientras avanzaba. El sonido de sus propios movimientos se desvaneció rápidamente, reemplazado por el ritmo frenético de sus respiraciones. El aire parecía volverse más denso a medida que la distancia entre él y Manhunter se reducía. La persecución había llegado a su clímax.


Finalmente, Yosarian vio el movimiento entre los arbustos. Manhunter, agotado pero aún ágil, no había notado su presencia. Con un grito bajo, Yosarian saltó hacia adelante, bloqueando la salida de Manhunter entre dos grandes rocas cubiertas de musgo. El cazador giró sobre sus talones con rapidez, pero Yosarian ya estaba allí, su cuchillo en alto. La tensión era palpable, el sonido de la naturaleza a su alrededor había desaparecido, como si todo el planeta hubiera dejado de respirar.


“Este es el fin, Manhunter,” dijo Yosarian, su voz fría y resuelta, como el filo de su cuchillo.


Manhunter no respondió. Su mirada se fijó en la hoja del cuchillo, pero su cuerpo ya estaba en movimiento, haciendo un giro rápido hacia el lado izquierdo. Los dos hombres chocaron con el impacto de una fuerza brutal, y Yosarian sintió el peso de Manhunter contra su pecho mientras luchaban por el control. Los golpes fueron rápidos y certeros, un baile de supervivencia en el que cada movimiento podría ser el último.


Pero en ese instante, Yosarian encontró la apertura. Con un grito gutural, clavó el cuchillo en el abdomen de Manhunter, el acero atravesando la carne con un sonido sordo. La sangre brotó en un chorro, salpicando la cara de Yosarian mientras el viejo cazador caía al suelo, su rostro marcado por una mezcla de sorpresa y dolor.


El combate había terminado, y Manhunter estaba muerto, sus ojos mirando al vacío sin comprender completamente el final. Yosarian se quedó de pie sobre él, el cuchillo aún en su mano, mientras el sonido de la naturaleza volvía a llenar el aire, como si el planeta lo hubiera acogido de nuevo.


Con una respiración profunda, Yosarian se agachó lentamente, observando el cuerpo del hombre que había sido su enemigo. La sensación de triunfo se mezclaba con algo más oscuro: una pregunta que no podía ignorar. ¿Algún día, cuando fuera viejo, buscaría una última aventura, algo que lo llevara a su propia muerte, como Manhunter había buscado la suya? La duda lo consumió, mientras la sombra de la muerte, siempre presente, parecía extenderse sobre él, tan palpable como el aire denso que lo rodeaba.

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