El enterrador, capitulo 10.

 Yosarian ascendía lentamente por el cañón rocoso, sus botas haciendo crujir las piedras y el polvo bajo su peso. La roca caliente le abrasaba las plantas de los pies, y el aire, a pesar de la altitud, era denso y seco, como si cada respiración le costara un esfuerzo extra. Sus músculos tensos, moviéndose con una precisión entrenada, le mantenían firme en cada paso. La distancia hasta la cima no parecía disminuir, y aunque su respiración era regular, había una tensión en el aire, una presión invisible que aplastaba su pecho. No se atrevió a mirar atrás, al menos no por ahora, pues el sonido de las piedras cayendo detrás de él le decía todo lo que necesitaba saber.


A la distancia, en el lado opuesto del cañón, la mujer observaba desde su posición elevada. Su figura, imponente y sólida, se recortaba contra el cielo grisáceo. La luz de la tarde apenas iluminaba la escena, pero su presencia era indiscutible. Sus ojos, tan fríos y calculadores como el acero, se fijaban en él, aguardando el momento en que su presa cayera. Los músculos de sus piernas se mantenían tensos, listos para la acción, y el viento agitaba su cabello rojo como llamas, pero no parecía importarle. Todo lo que ella veía era su objetivo.


A través de la lente avanzada de la cámara, Hack observaba a su amigo con una concentración absoluta. La cámara se había integrado perfectamente en la nave, ampliando la visión y permitiéndole seguir cada uno de los movimientos de Yosarian en tiempo real. A pesar de la distancia, la calidad de la imagen era nítida, casi surreal. Podía ver cada contracción de los músculos de Yosarian, cada respiración, cada paso que daba hacia lo inevitable. Hack mantenía su mano firme sobre los controles, ajustando el enfoque de la cámara con precisión, pero su mente estaba lejos de la tecnología.


Yosarian, por su parte, lamentaba no tener su vieja y confiable Won chester en las manos. La sensación del cañón de acero, el peso de la culata, el suave rechinar del gatillo al presionar su dedo sobre él, era un recuerdo palpable en su mente. Aquella arma había sido una extensión de él mismo durante años, una compañera en los peores momentos, una protección confiable que nunca le había fallado. Pero esa reliquia había quedado atrás, perdida para siempre en el enfrentamiento con la guadaña. En su lugar, sólo tenía las manos desnudas y la determinación de sobrevivir.


El sudor recorría su frente, picándole los ojos, mientras el calor del cañón parecía incrementar con cada paso hacia la cima. La presión en el aire, la sensación de estar constantemente observado, le hacían sentir como si cada segundo fuera crucial, como si la mujer en el otro lado del cañón estuviera esperándolo, deseando que cometiera el error fatal. Su corazón latía con fuerza en su pecho, pero la mente seguía siendo clara. Sabía que cada movimiento debía ser calculado. No podía darse el lujo de fallar.

El eco de los pasos de Yosarian resonaba en el cañón desolado, el sonido del impacto de sus botas en la tierra quebrada era lo único que rompía el silencio sepulcral. A su alrededor, las paredes rocosas se alzaban como gigantes en un reino olvidado por el tiempo, y el aire, cálido y cargado de polvo, parecía pesar sobre sus hombros. No podía ver a la mujer, pero la sensación de su presencia era palpable, como una sombra que lo acechaba desde el otro lado del estrecho pasaje. Cada respiración que tomaba le resultaba más pesada, como si el aire mismo lo desbordara.


La roca, caliente por el sol abrasador, vibraba ligeramente bajo sus pies, y el crujido de las piedras moviéndose bajo su peso era la única señal de su avance. Su mente se mantenía alerta, cada sentido afinado a la espera de cualquier indicio de peligro. No podía permitirse un solo error. La mujer estaba cerca, él lo sabía, tan cerca como la vida y la muerte misma.


De repente, el peligro se hizo presente. Un chasquido, rápido como un relámpago, y un disparo resonó en el aire. Yosarian apenas tuvo tiempo de reaccionar. Un impacto seco atravesó el aire y alcanzó su hombro izquierdo. El dolor lo recorrió en un instante, un ardor feroz que lo hizo tambalear. Con una mueca de dolor, se lanzó hacia un costado, buscando refugio entre las rocas.


La herida era superficial, pero la punzada de dolor lo hizo más cauteloso. Su mano, aún temblorosa, alcanzó su arma. Sin perder tiempo, comenzó a disparar hacia el lugar de donde había provenido el disparo, sus movimientos rápidos y calculados. El cañón de la pistola liberó destellos brillantes, y las balas se estrellaron contra las paredes rocosas, levantando polvo y fragmentos de roca. La mujer, tan experta como él, desapareció en las sombras, moviéndose con la agilidad de un depredador.


Ambos se ocultaron detrás de de las gigantes rocas , el sonido de las balas llenando el aire, la vibración de los disparos reverberando en sus cuerpos. El calor se hacía insoportable, la humedad de la tensión palpable en cada respiro. Cada movimiento que hacía Yosarian era seguido por el sonido sordo de piedras caídas, mientras la mujer, invisible, lo acechaba como una serpiente.


Las municiones de ambos comenzaron a agotarse. El eco de un último disparo vacío retumbó en el cañón, y un silencio tenso llenó el aire. Yosarian se movió rápidamente, las heridas en su hombro y costado comenzaban a pesarle, pero aún quedaba fuerza en su interior. Sacó su cuchillo, la empuñadura fría contra su mano, su único recurso ante la proximidad de la muerte. La mujer, con su silencio absoluto, no hizo el menor ruido.


De repente, se abalanzó sobre él, pero en un movimiento casi sobrenatural, la mujer tomó una piedra del suelo y la lanzó con una precisión letal. El golpe alcanzó el brazo de Yosarian, que soltó el cuchillo por el impacto. El metal cayó al abismo, su eco se desvaneció en la distancia.


Con su mano sangrante y la adrenalina comenzando a desvanecerse, Yosarian dio un paso atrás, sintiendo que la fuerza se escapaba de su cuerpo. La mujer no había recibido daño alguno. En un gesto de desesperación, Yosarian se retiró, su cuerpo cansado, sus heridas ardientes. Su mirada se cruzó con la de ella una última vez, antes de desaparecer tras una roca, dejando atrás el resplandor del sol que comenzaba a caer sobre el horizonte.

Horas después de la tensa confrontación, Yosarian se adentró en el corazón del relieve, donde las estalactitas colgaban como colmillos de un coloso petrificado, goteando lentamente agua sobre el suelo árido y quebrado. El aire estaba impregnado de un olor terroso y húmedo, que contrastaba con la calidez del exterior. Cada paso que daba en el terreno rocoso provocaba un crujido bajo sus botas, resonando en el vacío de la cueva como un susurro lejano.


Alrededor, las sombras se alargaban a medida que la luz del sol comenzaba a desaparecer, y la atmósfera se volvía aún más densa, casi claustrofóbica. Había animales enclavados en las paredes rocosas, criaturas cuya vida había quedado suspendida en el tiempo, petrificadas en sus últimos momentos de lucha. Los cadáveres, cubiertos de musgo y pequeñas colonias de insectos, se mantenían inmóviles, una macabra escenografía de la muerte que rodeaba cada rincón. Los ojos vacíos de los animales lo observaban, como si el propio cañón tuviera una memoria ancestral que lo observaba en silencio.


Yosarian, con el cuerpo adolorido y la mente afilada, comenzó a moverse con rapidez y determinación. Su ropa, desgastada por el desgaste de la batalla, estaba ahora más sucia que nunca. Se arrodilló en el suelo, recogiendo un trozo de tela de su camiseta, y con manos temblorosas pero expertas, comenzó a trabajar. Usando una roca afilada, rasgó el pedazo de tela y lo enrolló alrededor de una vara que encontró en el suelo, creando una lanza rudimentaria. El sonido de la tela rasgándose y el roce de la piedra contra la madera llenaban el aire. Luego, con la misma roca, talló un cuchillo improvisado, una extensión de su voluntad de sobrevivir.


Cada corte que hacía en la piedra era acompañado por el leve eco de la herramienta desgastando la superficie, y la sensación rugosa de la piedra contra sus dedos dejaba marcas en su piel. La presión sobre sus heridas, el dolor en su hombro y costado, lo empujaban hacia un enfoque aún más primal, como si el cuerpo comenzara a adaptarse al terreno hostil y a la lucha constante por la vida.


A varios metros de distancia, en un rincón del cañón, la mujer trabajaba en silencio. Con una destreza similar, recogía piedras afiladas y las ataba a cuerdas improvisadas. Sus nudillos, cubiertos por piedras más pequeñas, brillaban bajo la tenue luz, listos para un combate más cercano. Las dagas que fabricaba eran ligeras y letales, perfectas para el sigilo y el ataque rápido, armas que podrían decapitar en un solo movimiento. El sonido de las piedras rasgando la cuerda y el roce de la tela con las piedras cortantes marcaban su ritmo de trabajo, implacable.


Mientras tanto, Hack, desde su nave, observaba la pantalla de control, los rastros de ambos desapareciendo en el mapa. Las coordenadas se difuminaban mientras los dos combatientes avanzaban, el zumbido de los motores de la nave vibrando suavemente en el fondo. Los ojos de Hack, cansados pero aún alertas, parpadeaban ante la incertidumbre: los había perdido de vista. La sensación de desconexión era palpable, como si el abismo entre él y sus compañeros se alargara aún más, mientras la escena en el terreno se desenvolvía en silencio.

Horas después, Yosarian avanzaba con pasos pesados por el terreno hostil, su camisa desgarrada utilizada como improvisadas vendas para sus heridas. El dolor palpitaba en su hombro y costado, cada movimiento enviando punzadas ardientes a través de su cuerpo. La tierra bajo sus pies estaba seca y polvorienta, y el aire era denso, cargado con el aroma metálico de la sangre mezclada con la humedad de la cueva. El sudor resbalaba por su frente, empapando su cabello enmarañado mientras su respiración se volvía cada vez más laboriosa, cada jadeo un eco solitario en la vasta soledad del cañón.


Sin advertencia, un impacto frío y certero lo alcanzó. La daga primitiva de la mujer se clavó en su costado con un sonido húmedo y sordo. Yosarian retrocedió tambaleándose, un gruñido escapando de sus labios mientras el dolor explotaba en su abdomen. Instintivamente, intentó defenderse con su lanza improvisada, pero sus movimientos eran torpes, sus reflejos ralentizados por las heridas acumuladas y la fatiga. La mujer, ágil y despiadada, lo atacó de nuevo, sus dagas danzando con precisión letal, dejando cortes profundos que se abrían una tras otras como bocas hambrientas en la carne de Yosarian.


A pesar del dolor, Yosarian se negó a caer. Su fuerza de voluntad era una fuerza indomable, alimentada por el instinto de supervivencia y una furia que quemaba como fuego en su interior. Encontró una pequeña apertura en el terreno, un espacio estrecho donde podría intentar una última maniobra. Con un grito desgarrador, se lanzó hacia adelante, su cuerpo impactando con el de la mujer en un choque brutal. La daga que ella sostenía se hundió profundamente en su estómago, atravesando carne y músculo con un dolor cegador que casi lo derriba. Pero no se detuvo.


Con sus manos ensangrentadas y temblorosas, Yosarian la tomó del cuello. Su brazo derecho se enredó alrededor de su cuello, apretando mientras ella se retorcía, cortando su piel una y otra vez con los fragmentos afilados que tenía. La sangre brotaba de sus heridas, caliente y pegajosa, empapando sus manos, pero su agarre no cedía. Los ojos de la mujer se abrieron de par en par, su respiración convertida en jadeos entrecortados que resonaban en la quietud sofocante del cañón.


Ella cortaba su rostro, sus dagas dejando surcos profundos, yosarian no tomó nada en perder un ojo, y sus piernas golpeaban inútilmente el suelo en busca de escape. Pero la fuerza de Yosarian era implacable. Cada fibra de su ser estaba concentrada en esa tarea, cada latido de su corazón convertido en un martillo que golpeaba con rabia y resistencia.


Finalmente, la mujer dejó de moverse. Su cuerpo se desplomó, inerte, y sus manos se soltaron, cayendo con un peso muerto. Yosarian, tambaleante, cayó de rodillas junto a ella, jadeando. La sangre manchaba la tierra bajo ellos, mezclándose en un charco oscuro que reflejaba la tenue luz que se filtraba desde la abertura de la cueva. En silencio, el cañón fue testigo de una victoria bañada en dolor y muerte, mientras Yosarian se mantenía vivo, aunque al borde del abismo.

Yosarian cayó de rodillas, el polvo seco y áspero del suelo mezclándose con la sangre que manaba de sus heridas. Su pecho subía y bajaba de manera errática, cada aliento más difícil que el anterior. El aire caliente del cañón quemaba su garganta y cada punzada de dolor parecía una sentencia final. La daga seguía clavada en su abdomen, la piel desgarrada alrededor rezumando sangre oscura que se mezclaba con el sudor que cubría su cuerpo. La tierra bajo sus manos temblorosas estaba pegajosa, empapada en el fluido vital que parecía estar abandonándolo con cada segundo que pasaba.


Lejos, en la nave, Hack observaba los monitores, su rostro pálido y tenso. "No pensé tener que volver a pasar por esto", murmuró, su voz quebrada por una mezcla de desesperación y determinación. La nave vibró suavemente cuando Hack desactivó los sistemas automáticos y se levantó. Su corazón latía con fuerza, golpeando contra su pecho como un tambor enloquecido. 

Sin perder más tiempo, Hack salió de la nave. El aire caliente le golpeó el rostro como una bofetada, el sol abrasador brillando sobre el terreno escarpado. Podía oler el hierro de la sangre en el viento, mezclado con el polvo que se levantaba a su paso. Sus botas golpeaban la roca con un ritmo firme, pero su mente era un torbellino de pensamientos y miedos. Sabía que cada segundo contaba. 


A lo lejos, vio la figura de Yosarian, un bulto inerte en el suelo, su camisa rota pegada al cuerpo por la sangre seca. Hack apretó los dientes y aceleró el paso, el sudor resbalando por sus sienes, sus manos crispadas en puños. Cuando llegó a su lado, el silencio del cañón era casi absoluto, roto solo por los débiles gemidos de Yosarian, un sonido gutural que brotaba del fondo de su ser, señal de una voluntad que aún se aferraba a la vida.


Hack cayó de rodillas junto a él, sus manos temblando mientras apartaba la daga con cuidado. "Resiste, maldita sea", murmuró, su voz ronca y cargada de emoción. La sangre brotó al retirar el arma, y Hack rasgó un trozo de su propia ropa para presionar la herida, sus dedos manchándose de rojo. 


La piel de Yosarian estaba fría, sus labios teñidos de un azul pálido, pero sus ojos, aunque vidriosos, aún tenían un destello de conciencia. Hack lo miró, inclinándose cerca. "No te atrevas a rendirte ahora, ¿me oyes?" dijo con un fervor desesperado.


El viento aullaba entre las rocas, arrastrando consigo la promesa de una lucha aún no terminada, mientras Hack, cargado de determinación, levantaba a su amigo, jurando que no lo dejaría morir allí, no mientras él pudiera evitarlo.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Ramsung galactic, capitulo 1.

La hermandad de la piedra, capitulo 1.

El arca, capitulo 9.