Smartf-fool, capitulo 4.
Irah conducía el camión por una carretera solitaria bajo la luz pálida de la luna. Las ruedas rodaban pesadamente sobre el asfalto, dejando un eco grave que parecía resonar en la vastedad de la noche. Dentro de la cabina, el ambiente era opresivo. El ruido constante del motor era casi un alivio frente al silencio incómodo que compartía con su clon, sentado en el asiento del copiloto.
La carga del camión, miles de piezas tecnológicas robadas, emitía un suave zumbido desde el contenedor trasero, como un murmullo distante que no podía ignorar. Un leve olor a metal y plástico quemado invadía el aire de la cabina, mezclándose con el sudor frío que perlaba la frente de Irah.
—Esto es un delito —dijo Irah, rompiendo el silencio. Su voz estaba cargada de tensión, como si apenas lograra contener la furia y el miedo que lo consumían.
Su clon lo miró de reojo, una sonrisa burlona en sus labios. Su rostro, idéntico al de Irah pero cargado de una frialdad inhumana, reflejaba la luz intermitente de las farolas que pasaban.
—La ley no es más que la voluntad del más poderoso—respondió el clon, su tono tan afilado como un cuchillo. Sus palabras flotaron en el aire, dejando una marca indeleble en la mente de Irah.
Irah apretó las manos en el volante, sintiendo el cuero desgastado bajo sus dedos. Su mandíbula estaba tensa, y sus ojos se enfocaban en el camino, aunque su mente estaba inundada de imágenes de las cámaras de seguridad que había visto mientras cargaban el camión.
—robamos dinero. Eso está mal —insistió, su voz quebrándose ligeramente.
El clon se rió, una carcajada corta pero llena de desprecio. Se acomodó en el asiento, cruzando las piernas con una tranquilidad que contrastaba con la tensión de Irah.
—"Robo" depende de cómo lo definas. Hay quienes dicen que la propiedad privada es un robo en sí mismo.
Las palabras cayeron pesadamente en el aire, como una sentencia inapelable. Irah sintió un nudo en el estómago, una mezcla de rabia e impotencia. Miró brevemente a su clon, buscando alguna chispa de humanidad en esos ojos fríos, pero lo único que encontró fue una oscuridad impenetrable.
El camión continuó avanzando hasta que el camino se volvió más estrecho y las luces de las farolas desaparecieron, dejando solo la iluminación de los faros para guiarles. El zumbido de las piezas en la parte trasera se hizo más pronunciado, como si las máquinas estuvieran vivas, y el olor a tierra húmeda comenzó a mezclarse con el aire.
Finalmente, el camión se detuvo a la entrada de un bosque espeso. Los árboles, altos y oscuros, se alzaban como guardianes sombríos, y el sonido de las ramas meciéndose con el viento parecía un susurro distante.
—Es aquí —dijo el clon con una calma escalofriante.
Irah apagó el motor, pero su corazón seguía rugiendo como una máquina, acelerado y fuera de control. La noche parecía contener la respiración, y con ella, Irah también.
La noche estaba profundamente oscura, iluminada solo por el tenue brillo de la luna y la linterna colocada en el manubrio de la cuatrimoto. El rugido constante del motor era un ruido áspero que se mezclaba con los crujidos de las ramas bajo las ruedas y los sonidos lejanos del bosque: el canto ocasional de un grillo, el murmullo de hojas movidas por el viento.
Irah llevaba otra caja pesada en la parte trasera del vehículo, sintiendo la vibración de cada irregularidad del suelo a través del asiento. Su espalda comenzaba a resentirse tras horas de mover las cajas desde el camión hacia el claro que su clon había señalado con una precisión que le resultaba casi robótica.
El aire tenía un aroma fresco a tierra húmeda y madera, con un toque de savia que se adhería al ambiente. Cada respiración llenaba sus pulmones con ese olor primitivo y terroso que parecía reforzar la desconexión entre él y su clon, sentado cómodamente en una roca al borde del claro, observándolo con una expresión que mezclaba desdén y satisfacción.
—¿Sabes? —dijo el clon de repente, su voz cortando el ruido ambiental como un cuchillo afilado—. Los animales son criaturas puras, libres de la corrupción humana. No necesitan leyes, dinero ni reglas estúpidas. Viven y mueren conforme a la naturaleza.
Irah no respondió. Apretó los labios mientras maniobraba la cuatrimoto entre dos árboles, el sonido del motor resonando como un eco en el bosque cerrado. El peso de la caja hacía que la parte trasera del vehículo se inclinara ligeramente, dificultando el control.
Mientras hablaba, el clon jugueteaba con una pequeña rama que había recogido del suelo, girándola entre sus dedos como si fuera un objeto de fascinación infinita.
—Piensa en los lobos, en los ciervos, incluso en los ratones. Todo en su mundo tiene un propósito. No hay engaños, no hay falsedades.
El comentario despertó algo en Irah. Mientras descendía de la cuatrimoto para descargar la caja, un recuerdo cruzó su mente como un relámpago: el gato de su infancia. Lo había encontrado un día bajo el porche, pequeño y magullado, y había intentado acariciarlo. Pero el animal, aterrorizado, se defendió con garras afiladas, dejando un profundo arañazo en su mano. Aquel momento le había enseñado una lección dolorosa: incluso los animales más pequeños podían causar daño.
La caja golpeó el suelo con un ruido seco, rompiendo el hilo de sus pensamientos. Irah volvió a montar la cuatrimoto, el sudor frío en su frente mezclándose con la brisa helada de la noche.
—¿Sabes qué es lo mejor de ellos? —continuó el clon, su voz serpenteando entre los sonidos del bosque—. Nunca se traicionan. Nunca se mienten a sí mismos como hacemos nosotros.
Irah ignoró la provocación. Mientras aceleraba nuevamente, sintió el peso del recuerdo y de las palabras de su clon como una carga más pesada que las cajas que transportaba. El claro, con su atmósfera de ominosa tranquilidad, lo esperaba nuevamente para repetir el ciclo.
La noche había caído como un manto oscuro sobre el bosque, y las estrellas, aunque débiles, titilaban sobre el claro. Irah se encontraba inclinado sobre una estructura metálica improvisada que acababa de ensamblar. Las piezas brillaban a la tenue luz de la linterna que colgaba de una rama cercana, su haz oscilando con el viento suave y proyectando sombras danzantes sobre el suelo cubierto de hojas secas.
El aire estaba frío, lo suficiente para que un ligero escalofrío recorriera su espalda a pesar del sudor que perlaba su frente. Las herramientas dispersas a su alrededor, desde llaves inglesas hasta destornilladores, reflejaban pequeños destellos cada vez que Irah las recogía. Sus manos estaban enrojecidas y algo hinchadas tras horas de trabajo, y el constante zumbido de los generadores portátiles instalados al borde del claro resonaba en sus oídos como un fondo interminable.
—Excelente, Irah —dijo su clon, su tono cargado de una mezcla de genuina aprobación y fría condescendencia—. Por primera vez, pareces útil.
Irah apretó los labios y no respondió. Sus dedos ajustaron el último perno, y el "clic" metálico de la herramienta al encajar resonó con un eco breve en el claro. Retrocedió un paso y observó lo que había construido: una serie de pilares interconectados con cables gruesos, formando lo que parecía ser el esqueleto de una instalación más compleja. Las cajas que había trasladado horas antes ahora estaban apiladas con precisión, abiertas y vacías, mientras los componentes que contenían cobraban vida en el centro del claro.
El aroma del metal y el plástico recién desenfundado se mezclaba con el característico olor húmedo del bosque. A pesar del cansancio acumulado, Irah sentía una punzada de orgullo al ver el ensamblaje completo. Pero antes de que esa emoción pudiera asentarse, la voz de su clon lo arrancó de sus pensamientos.
—Es un buen comienzo. El proyecto finalmente comienza a tomar forma.
El clon se movía alrededor de la estructura con pasos ligeros, sus botas apenas levantaban el crujido de las hojas bajo sus pies. Sus ojos brillaban con una intensidad inhumana mientras examinaba cada detalle, su mirada afilada buscando imperfecciones que pudiera criticar. Sin embargo, parecía satisfecho.
—¿Ves esto, Irah? —preguntó, extendiendo una mano para señalar uno de los pilares—. Esto es trascendencia. Estamos construyendo algo que está por encima de la miseria humana, algo que durará más que el frágil tiempo que nos queda.
Irah no podía evitar notar el fervor en su tono, una mezcla de obsesión y autocomplacencia que le erizaba la piel. Mientras su clon hablaba, el viento sopló ligeramente, haciendo que los cables colgaran y vibraran con un susurro casi fantasmal.
—bien —murmuró, su voz opacada por el sonido del generador y la brisa nocturna.
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