Smart-fool, capitulo 3.

 Un día después, Irah se encontraba en la penumbra de una iglesia, su figura destacándose contra la serenidad del recinto. El aire olía a incienso y cera derretida, un aroma espeso que se mezclaba con el eco de sus pasos por las losas frías del suelo. La luz tenue de las velas proyectaba sombras inciertas sobre los bancos de madera, mientras él caminaba hacia el sacerdote, quien esperaba detrás del confesionario.


Irah respiró hondo y, en un susurro que denotaba desesperación, habló:  

—Padre, me ha poseído un demonio.


El sacerdote, un hombre de aspecto cansado pero sereno, lo observó en silencio. Sus ojos parecían estudiar a Irah con una mezcla de paciencia y comprensión antes de responder.  

—Los demonios no existen concretamente, hijo. La dualidad entre pecado y virtud es parte de la esencia humana. Quien se aleja del pecado se acerca a Dios.


La piel de Irah se erizó, y su mandíbula tembló en respuesta a la frustración que comenzaba a acumularse en su interior. Intentó explicar, su voz más agitada.  

—No, padre. Yo lo vi… Era una copia exacta de mí.


El sacerdote, sin perder la calma, sacó una pequeña tarjeta de su bolsillo y se la extendió.  

—Llama a ese número, hijo. Te ayudará.


Irah miró la tarjeta, sintiendo un ligero mareo al ver el teléfono impreso. No era lo que esperaba; no había oración, no había agua bendita ni símbolo alguno de protección. Se sintió abandonado y traicionado, pero aceptó la tarjeta en silencio. Con el corazón encogido, dio media vuelta y salió de la iglesia, sus pasos retumbando como latidos resonantes entre los muros.


Apenas cruzó la entrada, una risa familiar y macabra estalló cerca. La risa lo envolvía, cada nota vibrando con una crueldad que se le clavaba en el alma. Irah alzó la vista y lo vio: su clon, idéntico a él en cada detalle, salvo por esa sonrisa helada y la malicia que bailaba en sus ojos.


—Escucha, pequeño idiota —dijo su clon con tono burlón, cruzando los brazos—. Esa tarjeta que te dio el buen sacerdote es de un psiquiatra. Si vas, te diagnosticará con trastorno de identidad múltiple. ¿Y entonces qué?


Irah sintió cómo su garganta se apretaba, una ira impotente que lo quemaba. Las palabras se le escaparon antes de poder contenerse:  

—¡Mentira! Eres un demonio.


El clon soltó una carcajada que parecía no tener fin, reverberando en el espacio abierto. Cada sonido le daba a Irah la sensación de que algo se rompía dentro de él, como si la realidad misma estuviera cediendo.


—Jajaja… No me sorprende que tu microscópica mente lo entienda así —respondió el clon con sorna, acercándose a Irah hasta que sus rostros quedaron a centímetros de distancia—. Pero, dime, ¿por qué crees que te dio un número en lugar de practicar un exorcismo? Ni siquiera en esta iglesia creen en demonios.


Irah se quedó inmóvil, su respiración errática y el corazón golpeando dolorosamente contra su pecho. La burla de su otro yo lo rodeaba como un abrazo asfixiante, mientras el peso de la duda y el miedo lo hundían en un abismo del que no sabía si podría escapar.

—Escucha, zoquete. Arruinaste mi vida —dijo, con un tono bajo, cargado de veneno—. Me repugna verte.


Cada palabra era como un golpe. Irah sentía el peso de su ira, y aunque intentó responder, las palabras se le atoraron en la garganta. Había algo en aquella figura idéntica que le paralizaba. Cada vez que su clon abría la boca, el miedo le erizaba la piel.


—En estos treinta años, te has limitado a ser un miserable engranaje del corporativismo —continuó el clon, frunciendo el ceño como si la idea le provocara náuseas—. Mi destino es trascender al hombre, liberarme de todo lo que ha sido impuesto. Pero, claro, eso es demasiado grande para que tú lo entiendas.


Las palabras “trascender al hombre” flotaron en el aire como una sentencia. El clon se inclinó hacia él, y Irah sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Su otro yo sonrió con una mueca cruel, disfrutando del efecto que sus palabras provocaban.  


—Digamos que sé con exactitud quiénes son todos tus amigos, tus conocidos y tus colegas. Y créeme, no tendría problemas en acabar con ellos —añadió, con una frialdad que heló a Irah hasta los huesos.


Los días siguientes, Irah vivió en un estado de automatismo. Cada mañana, el clon aparecía, una figura espectral con un brillo febril en los ojos, dándole órdenes,  controlando sus movimientos. El sol apenas alumbraba su escritorio cuando ya lo tenía diseñando, trazo a trazo, los planos de algo que él no comprendía del todo. Cada línea que dibujaba, cada cálculo que anotaba, parecían un misterio confuso, pero lo hacía por temor.


El olor a papel y tinta era constante en su pequeño escritorio, y la luz de su lámpara proyectaba sombras en las paredes mientras el tiempo pasaba como en un trance. Si alguien con conocimientos en ingeniería o construcción hubiese visto aquellos bocetos, habría reconocido el diseño de un laboratorio altamente avanzado, destinado a esconderse en la profundidad de un bosque. El lugar sería un refugio oculto, lleno de tecnologías que Irah apenas entendía, y que parecían al servicio de algún fin que él aún no lograba descifrar.


El clon de Irah lo miraba con una expresión de asco, como si la sola presencia de su contraparte fuera una ofensa. Estaban en el mismo parque donde se habían encontrado la última vez, la penumbra de la noche cubriendo el lugar como un manto opresivo, y el aire se sentía pesado, cargado de humedad y olor a tierra mojada. Los árboles proyectaban sombras alargadas y distorsionadas que rodeaban a Irah, haciendo que el entorno pareciera una prisión natural.


El clon habló, su voz destilando desprecio.  

—Escucha, zoquete. Arruinaste mi vida —dijo, con un tono bajo, cargado de veneno—. Me repugna verte.


Cada palabra era como un golpe. Irah sentía el peso de su ira, y aunque intentó responder, las palabras se le atoraron en la garganta. Había algo en aquella figura idéntica que le paralizaba. Cada vez que su clon abría la boca, el miedo le erizaba la piel.


—En estos treinta años, te has limitado a ser un miserable engranaje del corporativismo —continuó el clon, frunciendo el ceño como si la idea le provocara náuseas—. Mi destino es trascender al hombre, liberarme de todo lo que ha sido impuesto. Pero, claro, eso es demasiado grande para que tú lo entiendas.


Las palabras “trascender al hombre” flotaron en el aire como una sentencia. El clon se inclinó hacia él, y Irah sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Su otro yo sonrió con una mueca cruel, disfrutando del efecto que sus palabras provocaban.  


—Digamos que sé con exactitud quiénes son todos tus amigos, tus conocidos, incluso tus colegas. Y créeme, no tendría problemas en acabar con ellos si es necesario —añadió, con una frialdad que heló a Irah hasta los huesos.


Los días siguientes, Irah vivió en un estado de automatismo, como si una sombra oscura lo controlara. Cada mañana, el clon aparecía, una figura espectral con un brillo febril en los ojos, dándole órdenes, controlando sus movimientos. El sol apenas alumbraba su escritorio cuando ya lo tenía diseñando, trazo a trazo, los planos de algo que él no comprendía del todo. Cada línea que dibujaba, cada cálculo que anotaba, parecían un misterio confuso, pero lo hacía sin cuestionar.


El olor a papel y tinta era constante en su pequeño escritorio, y la luz de su lámpara proyectaba sombras en las paredes mientras el tiempo pasaba como en un trance. Si alguien con conocimientos en ingeniería o construcción hubiese visto aquellos bocetos, habría reconocido el diseño de un laboratorio altamente avanzado, destinado a esconderse en la profundidad de un bosque. El lugar sería un refugio oculto, lleno de tecnologías que Irah apenas entendía, y que parecían al servicio de algún fin que él aún no lograba descifrar.


Cada noche, antes de dormir, sentía los ojos de su clon sobre él, imponiendo su voluntad. Y mientras sus manos seguían dibujando bajo su influencia, una sensación de vacío se instalaba en su pecho, como si estuviera sometiéndose lentamente en la oscura sombra de esa otra versión de sí mismo.

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