Smart-fool, capitulo 2.

 Irah y la chica se encontraban en un rincón acogedor de una cafetería bohemia, rodeados de luces cálidas que parecían colgar como estrellas diminutas sobre sus cabezas. La atmósfera tenía un aroma ligero a café recién molido y un toque de vainilla que se mezclaba con el suave murmullo de las conversaciones a su alrededor. La chica sostenía un pequeño cuadernillo de tapas desgastadas en sus manos, notando cómo sus bordes estaban ligeramente arrugados y marcados por gotas de agua, evidencia de su uso reciente junto al arroyo.


Ella miró el cuadernillo y luego a Irah, quien la observaba con una leve sonrisa de expectación. Sus ojos reflejaban una combinación de curiosidad y desconcierto mientras pasaba las páginas, deteniéndose de vez en cuando en algunas líneas. Los trazos de tinta en el papel, a veces manchados o casi borrados, hablaban de ideas que habían nacido de impulsos intensos y habían sido escritos con fervor. Cada línea parecía contener un pedazo de Irah que, hasta ese momento, había permanecido oculto.


Finalmente, tras un silencio profundo, la chica levantó la vista y lo miró fijamente a los ojos. Sus labios se separaron suavemente, como si las palabras se resistieran a salir.


—¿Quién escribió esto? —preguntó ella, con un tono en el que se mezclaban la sorpresa y la admiración, aunque también una pizca de incredulidad. Sus dedos acariciaban una página, como si el simple hecho de tocar las palabras pudiera hacerle entender mejor el mundo interior de Irah.


Él bajó la mirada brevemente, con un toque de nerviosismo, y luego la dirigió de nuevo hacia ella, tratando de mantener una expresión tranquila. Su corazón latía rápido, consciente de que estaba exponiendo una parte de sí mismo que rara vez mostraba a los demás. Con una voz baja, casi como un susurro, respondió:


—Yo. Lo escribí yo.


Ella lo miró detenidamente, como si estuviera viendo una versión nueva de Irah que no había notado antes. Sus ojos se entrecerraron, intentando capturar cada detalle de su rostro, buscando entender el misterio detrás de aquellas palabras profundas y reflexivas que había leído en el cuadernillo. 

—Es muy profundo —dijo ella finalmente, cerrando el cuadernillo y dejando que su mano descansara sobre la tapa, sintiendo la textura áspera bajo sus dedos—. No conocía esta faceta tuya.

Después de despedirse de la chica y de ver cómo se alejaba, Irah se quedó solo en la semioscuridad del parque. La noche estaba fría, y una ligera brisa levantaba el olor de las hojas mojadas y el barro del suelo. Inspiró profundamente, intentando liberar la tensión acumulada durante la cita, pero sus pensamientos volvían, insistentes, al pequeño cuaderno en su bolsillo.


Buscó un banco vacío y se sentó, abriendo el cuadernillo con manos temblorosas. Había algo en las palabras que había escrito aquella vez, algo que le resultaba extrañamente perturbador. Las primeras líneas eran inocentes reflexiones sobre la monotonía de la vida y el deseo de libertad. Sin embargo, a medida que pasaba las páginas, las palabras se volvían más y más sombrías, con ideas de ruptura total, de escapar al bosque y abandonar todo lo que había conocido. Las frases adquirían un tono cada vez más oscuro y visceral, y los términos se entrelazaban en una especie de caos febril, como si alguien o algo dentro de él hubiera tomado el control al escribir.


El papel, áspero bajo sus dedos, le transmitía una incomodidad creciente. Las sombras de los árboles a su alrededor parecían cerrarse, y el viento frío le trajo un escalofrío que recorrió su espalda. De pronto, las palabras en la página parecieron moverse y deformarse ante sus ojos, como si tomaran vida propia, burlándose de su cordura. Irah sintió un nudo en el estómago y soltó el cuaderno con un respingo, dejando que cayera al suelo como si al soltarlo pudiera deshacerse de las ideas inquietantes que contenía.


Justo entonces, una figura apareció frente a él, tan de repente que Irah dio un grito ahogado, el sonido escapando de sus labios antes de que pudiera controlarlo. El hombre que tenía delante era idéntico a él, cada rasgo, cada línea de su rostro, reflejaba la imagen de Irah como un espejo distorsionado en la penumbra. Su piel, sin embargo, parecía más pálida, y sus ojos tenían una intensidad gélida y calculadora, como si le estuviera estudiando desde dentro de su propio ser.


—Eres un terrible suplente —dijo el hombre, su voz cargada de una fría condescendencia.


—¿A qué te refieres? —preguntó Irah, su corazón latiendo desbocado, como si su cuerpo reconociera un peligro mucho más profundo de lo que podía entender.


El hombre esbozó una sonrisa burlona, cruzando los brazos con una actitud de desdén.


—Estás ocupando mi cuerpo —dijo, como si fuera la cosa más obvia del mundo. Irah sintió un mareo momentáneo, como si la realidad se tambaleara—. Aunque, para ser sincero, eres demasiado estúpido para comprenderlo. Solo necesitas saber esto: tengo un coeficiente intelectual de 300, y si no haces exactamente lo que te digo, te haré vivir una pesadilla interminable.


Las palabras del hombre resonaron como cuchillas en la mente de Irah, llenando el aire frío con una amenaza palpable. La risa baja y mordaz de su "otro yo" fue lo último que escuchó antes de sentir cómo el suelo parecía desvanecerse bajo sus pies, dejándolo atrapado en una tensión indescriptible, como si el infierno ya hubiera comenzado.


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