Smart-fool, capitulo 1.
Las luces del restaurante titilaban levemente, reflejando en el acero inoxidable de la cocina. Irah, un hombre alto y de rostro bien definido, tenía las mangas de su uniforme arremangadas, revelando sus antebrazos musculosos mientras enjabona meticulosamente cada plato. El agua tibia resbalaba entre sus dedos con un suave burbujeo, llenando el ambiente de un ligero aroma a detergente y cítricos. Aunque el trabajo era repetitivo, la satisfacción de ver los platos brillantes lo hacía sonreír. Apreciaba ese momento de tranquilidad en el que, de alguna manera, sentía que limpiaba también su mente, dejando de lado cualquier preocupación.
De vez en cuando, se colaba el murmullo del salón, los murmullos distantes de los clientes que se convertían en un suave zumbido. Pero ahí, en la cocina, solo estaban él y el sonido del agua corriendo, casi como una pequeña meditación en su rutina.
Finalmente, apagó el grifo y secó sus manos en una toalla. Su jornada había terminado y, como todos los viernes, Irah sintió una mezcla de alivio y satisfacción. Antes de irse, lanzó una última mirada a la cocina y respiró profundamente, impregnándose del olor a especias, hierbas y los ligeros restos de humo que siempre quedaban en el aire. Era su última jornada laboral de la semana, y eso le daba una ligera sensación de libertad, como si un peso desapareciera de sus hombros.
Cuando salió por la puerta de empleados, el frío nocturno le golpeó la piel, refrescando su rostro después de las horas en la calidez de la cocina. El cielo estaba claro, dejando ver una franja de estrellas que comenzaban a brillar. Irah cerró los ojos un momento, disfrutando de la sensación del viento fresco en su cara.
Entonces, escuchó unas risas conocidas. Al abrir los ojos, vio a sus amigos esperándolo junto a la esquina. Uno de ellos, con una gran sonrisa, le lanzó un saludo despreocupado.
—¡Irah! ¿Qué tal el último turno? —preguntó, mientras el resto de sus amigos se acercaba.
Irah sonrió con esa calma natural que lo caracterizaba, asintiendo con la cabeza.
—Tranquilo. Nada como lavar platos para relajar la mente, —bromeó.
Sus amigos rieron, y uno de ellos, sacudiendo una mochila grande, habló con entusiasmo.
—Bueno, este fin de semana nos vamos de campamento. Llevamos semanas planeándolo, y no puedes decir que no.
Irah arqueó una ceja, pero en sus ojos brillaba un destello de emoción contenida. Sentía el peso de la semana desvanecerse y la idea de una escapada al aire libre era perfecta. Las imágenes de noches alrededor de una fogata y las caminatas entre árboles y ríos lo atraían como una promesa de paz.
—Está bien, —respondió. —Me uniré a ustedes.
Los amigos celebraron con entusiasmo, chocando sus manos contra la espalda de Irah, que sonrió de nuevo, disfrutando de ese instante.
El sol apenas despuntaba en el horizonte, proyectando una cálida luz dorada que llenaba el paisaje de suaves tonalidades anaranjadas. Irah caminaba con paso ligero, siguiendo el sendero que lo llevaba a su punto de encuentro con sus amigos. El aire fresco de la mañana le acariciaba el rostro, y la humedad del amanecer hacía que el suelo bajo sus pies aún estuviera blando y cubierto de diminutas gotas de rocío. Inspiró profundamente, llenando sus pulmones de aquel aroma a tierra mojada y hojas secas, a naturaleza viva y salvaje.
Al poco tiempo, divisó en la distancia el gran roble centenario. Sus ramas se extendían en todas direcciones, dando sombra a un arroyo cristalino que fluía con calma, reflejando los primeros rayos del sol. El sonido del agua fluyendo era relajante, una melodía suave que se mezclaba con el canto de los pájaros. Irah sonrió, animado por la idea de encontrarse con sus amigos y disfrutar del fin de semana lejos de la ciudad.
Sin embargo, su andar era despreocupado, casi temerario. No conocía bien el terreno y sus ojos, distraídos por la majestuosidad del paisaje, no prestaban atención a cada paso. De pronto, al dar un paso más, su pie golpeó algo sólido y redondeado: una piedra semiesférica, medio incrustada en el suelo. Fue una fracción de segundo. La piedra rodó hacia adelante, y él, perdiendo el equilibrio, cayó tras ella.
Todo ocurrió demasiado rápido. Sintió cómo su cuerpo se tambaleaba y, antes de darse cuenta, su pie resbaló por la ladera del barranco. El aire frío le golpeó el rostro mientras caía, y el paisaje giraba caóticamente ante sus ojos. Su espalda y sus costados golpeaban las rocas y el suelo al deslizarse, un dolor agudo que iba aumentando con cada impacto. A su alrededor, la vegetación y las piedras se convertían en manchas borrosas.
Entonces, de repente, su cuerpo se hundió en el arroyo. La corriente estaba más fría de lo que había imaginado, un frío cortante que le sacudió el cuerpo, llenándole los pulmones de un instinto de supervivencia que trató de hacerle reaccionar. Sin embargo, el agotamiento y el dolor de la caída parecían más fuertes. La corriente lo arrastró un trecho, empujándolo hasta una parte más baja del arroyo, donde, al final, su cuerpo quedó inmóvil.
El agua seguía fluyendo a su alrededor, rodeándolo como un manto helado mientras él permanecía inconsciente. Su respiración era apenas un murmullo en el caos de la corriente y, en ese silencio profundo, todo se había apagado. El susurro de las hojas de los árboles y el murmullo del arroyo eran los únicos testigos de su caída.
Horas después, Irah abrió los ojos lentamente. Al principio, todo era borroso, como si estuviera mirando a través de una niebla espesa. Los sonidos le llegaban como ecos lejanos, un murmullo del arroyo que fluía cercano y el suave crujir de hojas movidas por el viento. Al girar la cabeza, un leve mareo le obligó a cerrar los ojos otra vez, pero en unos segundos volvió a intentarlo. Esta vez, sus sentidos parecían más despiertos. Sintió la frescura del suelo bajo su cuerpo y el aroma a tierra húmeda que flotaba en el aire. El dolor de la caída aún era evidente en sus costados, pero, de alguna manera, había algo en el entorno que le llenaba de energía, como si el mundo de pronto cobrara un sentido nuevo y misterioso.
Incorporándose lentamente, Irah miró a su alrededor, identificando el arroyo y los árboles que se alzaban en derredor. Recordó vagamente el propósito de su travesía y la caída, pero esos detalles parecían lejanos. Lo que importaba ahora era sobrevivir la noche. Instintivamente, se puso en marcha, decidido a preparar un refugio básico.
Caminó alrededor del arroyo, recogiendo ramas secas y algunas piedras redondeadas. Sus manos exploraban la textura rugosa de la madera, y con cada rama que recogía, sentía una extraña calma, como si cada paso en el proceso de construir un refugio fuera una conexión con el entorno. El sol ya comenzaba a ocultarse detrás de las colinas, proyectando sombras alargadas que transformaban el paisaje en una mezcla de tonos naranjas y violetas. Apresurándose, Irah organizó las piedras y ramas en un círculo, creando una fogata improvisada.
Cuando el fuego comenzó a arder, una chispa iluminó su rostro, revelando una expresión de satisfacción tranquila. Las llamas bailaban en el aire, lanzando destellos anaranjados y dorados que proyectaban sombras en su entorno. Aprovechando la luz y el calor, buscó junto al arroyo algo para alimentarse. Aún con el cuerpo adolorido, tuvo la suerte de encontrar un pequeño pez que nadaba cerca de la orilla, lo suficientemente lento como para atraparlo.
Minutos después, se encontraba frente al fuego, sujetando el pez ensartado en una rama, mientras las llamas empezaban a dorarlo. El olor comenzó a impregnar el aire; un aroma cálido, delicado, que mezclaba el frescor del arroyo con el toque ahumado de las brasas. Irah lo giraba lentamente, disfrutando el proceso como un pequeño ritual de autosuficiencia. El crepitar de la fogata era el único sonido que lo acompañaba en esa calma, y el cielo, ya oscuro, mostraba las primeras estrellas.
Cuando el pescado estuvo listo, la piel se desprendía con facilidad, revelando la carne blanca y jugosa. Irah tomó un bocado, y el sabor suave y natural se esparció por su boca, devolviéndole fuerzas que no había sentido desde su caída. Con cada pedazo, una calma profunda lo invadía, y aunque no había planificado pasar la noche en esa soledad, algo en la quietud de la naturaleza le hizo sentir que, de algún modo, todo estaba en paz.
Al amanecer, los primeros rayos de sol iluminaron el pequeño claro donde Irah había pasado la noche. El calor suave del sol acariciaba su rostro, despertándolo con una sensación de calma. Estiró sus brazos y sintió el crujir de sus músculos adoloridos, recordando la dura caída del día anterior. Miró a su alrededor: el arroyo seguía su curso tranquilo, y una brisa fresca movía las hojas de los árboles, generando un suave susurro que lo hacía sentir en comunión con el entorno.
Lentamente, llevó su mano al bolsillo de su camisa, sacando un pequeño cuadernillo de tapas gastadas. Era un cuaderno de bolsillo que solía llevar consigo, casi por costumbre más que por necesidad. En él solía anotar pequeñas observaciones o listas de cosas por hacer, nada especial. Sin embargo, al abrirlo aquella mañana, se encontró observándolo con ojos distintos. Había algo en la quietud del momento, en la crudeza de la naturaleza que lo rodeaba, que lo invitaba a reflexionar.
Se quedó mirando la primera página, una hoja en blanco que parecía invitarlo a escribir algo, algo que fuera más allá de simples notas cotidianas. Por alguna razón, los pensamientos que lo invadieron no eran los habituales. Recordaba de manera vaga algunas palabras que había escuchado sobre Nietzsche, el filósofo que hablaba del ser humano y la sociedad, y sin saber por qué, comenzó a reflexionar.
El rostro de Irah se tornó serio, y sus dedos sostuvieron el lápiz con firmeza, como si al escribir pudiera darle forma a ideas que hasta entonces no había considerado. *"¿Qué significa ser humano?"*, se preguntó en silencio, trazando esas palabras en la primera página. Recordó cómo, hasta ahora, su vida había sido simple, casi automática: trabajar, disfrutar pequeños momentos, convivir con sus amigos. Pero allí, en esa soledad, se preguntó si realmente era libre o si simplemente estaba siguiendo el curso de lo que otros habían marcado para él, igual que el arroyo que fluía sin resistencia.
Escribió otra frase, despacio: *"El humano es una obra, cuando hablamos de derechos humanos nos referimos a una serie de principios fundamentales para la construcción de leyes, leyes que limitan la vitalidad humana* Sus pensamientos se volvieron más intensos, como un río que comienza a desbordarse. Pensaba en cómo la sociedad moldea a las personas, empujándolas a ajustarse a normas y expectativas, a roles impuestos desde el nacimiento. Su propio trabajo, sus relaciones, todo lo que había dado por sentado ahora le parecía parte de una estructura invisible, una prisión suave pero implacable.
El lápiz seguía moviéndose, dejando trazos profundos sobre el papel. *"El verdadero valor no está en ajustarse a un rol, a un orden impuesto, a una posición en el mundo, la libertad es romper las ataduras, no someterse a un amo ni a la relacion con el esclavo, la libertad existe en quien no domina ni es dominado"* Al escribir esta frase, sintió un escalofrío, una sensación de libertad que nunca antes había experimentado. Le pareció absurdo, incluso un poco cómico.
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