Rothman, capitulo 4

 Rothman dormía profundamente, su respiración era lenta y pausada, y su cuerpo parecía hundirse en la quietud de la noche. Sin embargo, en su mente, algo comenzó a agitarse. Una visión surgió, como si emergiera de un pozo oscuro y lejano. Allí, en el centro de una estancia iluminada por una luz rojiza y temblorosa, se encontraba un hombre de mirada sombría y penetrante, tan fija y cargada de propósito que parecía arder como brasas en un fuego contenido. Entre sus dedos largos y pálidos sostenía una moneda de plata, girándola lentamente, observándola como si fuera una extensión de su propio ser, como si toda su esencia estuviera contenida en aquel objeto reluciente.


El susurro de páginas siendo pasadas llenaba el aire en torno a él, el sonido era áspero, como si fueran hechas de pergamino antiguo y quebradizo. El hombre recorría con su dedo aquellas líneas, escritas en un idioma extraño y prohibido, lleno de símbolos serpenteantes que parecían cobrar vida al contacto de su piel. Las palabras que surgían de su boca eran un murmullo gutural y grave, un canto bajo que parecía llenar la habitación con un peso invisible, denso como la niebla en una noche cerrada. Con cada palabra, el aire a su alrededor parecía hacerse más espeso, cargado de algo que Rothman no lograba definir, pero que lo hacía sentir atrapado y vulnerable.


Entonces, cuando el hombre repitió un conjunto específico de palabras, el ambiente cambió. Un viento gélido y seco comenzó a rodearlo, y, en medio de esa extraña ráfaga, apareció una figura que parecía arrancada de la misma oscuridad. Era una criatura de aspecto grotesco y macabro, su cuerpo adornado con incontables joyas engastadas en su piel, que brillaban en tonos rojos, verdes y morados, lanzando destellos de una luz inhumana. El ser tenía ojos profundos y huecos, vacíos de vida, y Rothman sintió que la mirada de la criatura lo atravesaba, clavándose en lo más profundo de su alma.


El hombre, sin inmutarse, continuaba mirando su moneda con devoción, sin siquiera levantar la vista hacia la criatura. Pero, antes de que pudiera reaccionar, el ser avanzó hacia él, y en un movimiento casi imperceptible, comenzó a absorberlo, como si se tragara su cuerpo, su voz, y su alma en un acto silencioso de voracidad. Rothman observaba, paralizado, cómo el hombre era tragado por completo, cada parte de él desvaneciéndose en la oscuridad de la criatura, mientras la moneda de plata caía al suelo con un sonido seco, pero antes de tocarlo, desapareció en el interior del ser.


Finalmente, en un destello final y cruel, la criatura misma comenzó a cambiar. Sus joyas y su piel se fundieron y moldearon en una forma nueva y compacta, hasta convertirse en un simple anillo. Un anillo oscuro y reluciente, fabricado del mismo metal que el hombre tanto codiciaba. El sueño se desvanecía, pero Rothman sentía el peso de esa imagen en su mente: un poder ancestral y temible, convertido en un objeto que, de alguna manera, ahora le pertenecía a él.

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