Rothman, capitulo 2.

 Rothman llegó al modesto apartamento de su amigo y mentor, el profesor Harold Eddington, un hombre de mirada vivaz y expresión calmada. La sala estaba abarrotada de libros apilados en estantes y mesitas. En el aire se percibía un leve aroma a incienso, y una tenue luz naranja bañaba la estancia, creando un ambiente acogedor y casi místico. Eddington le recibió con una sonrisa afable y una mano firme en su hombro.


—¿Por qué no fuiste al examen?—preguntó Eddington, mirándolo directamente a los ojos, su voz era tranquila pero con un tono que dejaba claro su desconcierto.


Rothman agachó la cabeza, avergonzado, y se encogió de hombros, incapaz de sostener su mirada.


—Mi padre se negó a apoyarme —respondió con voz apenas audible, masticando cada palabra con la amargura de alguien que se ha enfrentado a una batalla perdida.


Eddington suspiró y asintió lentamente, como si la respuesta no le sorprendiera, y caminó hacia una mesa en el centro de la sala. Sobre ella había un grupo de jarrones, cada uno con una apariencia diferente, algunos con colores vivos, otros desgastados, cubiertos de una pátina que los hacía ver antiguos. Al acercarse, Rothman pudo sentir el frío de la cerámica bajo la tenue luz.


—Bueno, lo más importante en un arqueólogo es la pasión —dijo Eddington, sus palabras sonaban como un consejo, pero también como un desafío.


Sin decir nada más, le hizo un gesto para que observase los jarrones detenidamente.


—Dime, Rothman, ¿cuál de estos te parece mejor? —le preguntó, su voz calma y firme, como si la respuesta fuera a revelarle algo importante.


Rothman examinó cada pieza con atención. Su mirada se deslizaba sobre las superficies desgastadas, algunas con grietas y pequeñas imperfecciones. Finalmente, señaló uno en particular, un jarrón que, a sus ojos, tenía una elegancia sencilla, con patrones geométricos en tonos ocres y tierra.


Eddington sonrió ligeramente y asintió, como si estuviera satisfecho con la elección.


—Se ve bien, ¿verdad? —comentó, y sus ojos brillaban con un leve destello de complicidad.


Rothman asintió, aún cautivado por la belleza y la aparente antigüedad de la pieza.


—Sí, se ve auténtico, tiene... carácter —respondió, todavía maravillado.


Para su sorpresa, Eddington tomó el jarrón y, sosteniéndolo en sus manos, lo extendió hacia él.


—Te lo regalo —dijo simplemente.


Rothman parpadeó, confuso, y tomó el jarrón con cuidado, sintiendo el peso frío de la cerámica en sus manos.


—¿Por qué? —preguntó, desconcertado, mientras observaba el objeto.


Eddington soltó una risa breve, casi amarga, y miró a Rothman con seriedad.


—Es una falsificación —dijo, haciendo una pausa para que sus palabras calaran hondo—. La última vez que hablamos, me dijiste que nuestro pasado es la clave para entender la transformación hacia nuestro presente. Pero tienes que saber algo, Rothman: nuestro presente está lleno de mentiras, y lo mismo aplica al pasado. Como arqueólogo, tienes que aprender a diferenciar lo real de lo falso. No solo en los objetos, sino en la historia misma.


Rothman sostuvo el jarrón con un respeto renovado, mientras las palabras de Eddington resonaban en su mente. El peso de aquella pieza, aunque falso, le pareció en ese momento más real que cualquier verdad impuesta. Era un recordatorio de que la búsqueda de la verdad es un camino lleno de engaños y sombras.

Horas después, Rothman se encontraba solo en la pequeña choza que había pertenecido a su abuelo, en los límites de un bosque, donde las sombras de los árboles danzaban bajo la luz de la luna filtrada por las ventanas polvorientas. El lugar olía a madera vieja y tierra húmeda, con una sensación de quietud casi sagrada. En la penumbra, Rothman estudiaba el jarrón que el profesor Eddington le había regalado, girándolo lentamente en sus manos, observando cada centímetro de su superficie.


La luz tenue de una lámpara de aceite iluminaba el jarrón, proyectando sombras que resaltaban sus relieves. Rothman pasó los dedos por los patrones geométricos, notando cómo algunos eran más toscos que otros, como si el artesano hubiera perdido el ritmo. Era un objeto intrigante, uno que parecía real a primera vista, pero cuyo engaño empezaba a revelarse con cada minuto de observación cuidadosa.


Rothman inclinó el jarrón hacia la luz, examinando el borde. Había pequeños detalles que no encajaban: ciertos trazos eran más oscuros que otros, algunos diseños parecían cortados abruptamente, interrumpidos como si fueran piezas de un rompecabezas mal encajadas. Se dio cuenta de que las líneas no seguían un flujo natural; eran como corrientes enfrentadas, luchando por establecer su propio rumbo.


Mientras pasaba su pulgar por una línea áspera y mal definida, sintió una punzada de comprensión. Las imperfecciones del jarrón no eran solo errores estéticos; eran contradicciones. En la falsificación, esos defectos surgían como si el artesano hubiera intentado imitar algo que no comprendía del todo. Había una rigidez en los patrones, una falta de vida en los colores que, con cada observación, se volvían cada vez más artificiales a sus ojos.


Rothman se detuvo un momento, observando el jarrón en silencio. Sus pensamientos regresaron a las palabras de Eddington: "Nuestro presente está lleno de mentiras, y lo mismo aplica al pasado". Como un reflejo, el jarrón era una analogía de la historia misma: un conjunto de fuerzas en tensión, de grupos en conflicto que deformaban y daban forma al relato, donde cada pieza añadida parecía completar el cuadro, pero siempre con un eco de falsedad.


En ese instante, el jarrón dejó de ser solo un objeto. Rothman empezó a ver en él la representación de un proceso dinámico, un recordatorio de que la historia era mucho más que una simple cronología de eventos. Era una construcción, donde cada detalle podía ser manipulado para encajar en una narrativa. Los errores en la falsificación le mostraban cómo las fuerzas opuestas moldeaban el pasado, dejándolo incompleto, con grietas invisibles hasta para los observadores más perspicaces.


El crujido del viento que se colaba por las rendijas de la choza rompió el silencio, y Rothman levantó la vista, pensativo. Acarició el jarrón, que ahora sentía más cálido, más real en su imperfección. Era una prueba tangible de que, para comprender el pasado, debía reconocer esas contradicciones y aprender a ver más allá de las versiones oficiales. 

Mientras Rothman continuaba examinando el jarrón, notó un pequeño brillo en la superficie, algo sutil que reflejaba la luz de la lámpara de aceite de una manera inesperada. Su mirada se fijó en un diminuto punto dorado, casi imperceptible, como si estuviera incrustado en la cerámica misma. Alargó la mano y rozó el punto con la yema de sus dedos, sintiendo una ligera aspereza, como si fuera un fragmento extraño en un material que debería ser liso.


Justo en ese instante, con un sonido seco, el jarrón se partió en sus manos. Rothman retrocedió, atónito, observando cómo la cerámica se desmoronaba en pedazos, esparciéndose por la mesa con un ruido que resonó en la pequeña choza. La cerámica rota dejó al descubierto algo inesperado entre los fragmentos. Ahí, en medio de los escombros, brillaba un anillo.


Era una pieza pequeña y opaca, enmarcada en un metal oscuro que mostraba signos de desgaste, como si hubiera permanecido oculta durante años. Sin embargo, en su centro, un rubí diminuto brillaba con una intensidad roja, intensa y vibrante, como una gota de sangre congelada en el tiempo. Rothman sintió una fascinación inmediata, una extraña atracción hacia aquel anillo que parecía fuera de lugar en un jarrón ordinario.


Con cautela, extendió la mano y tomó el anillo. Lo sostuvo frente a sus ojos, observando cómo la piedra roja reflejaba la luz en destellos. El metal estaba frío al tacto, y el peso del anillo era sorprendente para su tamaño. Sin pensarlo mucho más, deslizó el anillo en su dedo. En cuanto lo hizo, sintió una punzada aguda en la piel, como si el metal se hubiera cerrado en torno a él con una firmeza inesperada.


Rothman frunció el ceño y miró su dedo, donde el anillo parecía encajar a la perfección, pero había dejado una leve marca rojiza en su piel, un rastro efímero del dolor que había sentido. Sin embargo, la molestia desapareció tan rápido como había llegado, y la calidez del rubí en su dedo empezó a envolverlo, pulsando como si tuviera vida propia.



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