Rothman, capitulo 1.
En el comedor de la mansión, el aire era denso y cargado de una tensión palpable. Las paredes, adornadas con retratos de antiguos patriarcas, parecían observar la escena en silencio. Al frente de una mesa lujosamente preparada, llena de candelabros de plata y copas de cristal tallado, se encontraba John Fairfax, un empresario de porte imponente, envuelto en un traje de sastre que parecía hecho a medida, su tela fina y gris reflejando el brillo de la luz tenue. Frente a él, al otro lado de la mesa, estaba su hijo, Rothman, desaliñado y con el cabello despeinado, llevando una camisa arrugada y una chaqueta de cuero desgastada, una presencia disruptiva en aquel entorno pulcro.
—Quiero ser arqueólogo —dijo Rothman, su voz grave pero firme, mientras sostenía la mirada desafiante de su padre.
John lo miró como si acabara de escuchar el comentario más absurdo del mundo. Chasqueó la lengua, visiblemente irritado.
—Esas son cosas antiguas, no sirven de nada. Tú vas a estudiar leyes, como yo —respondió con una frialdad cortante, sus dedos tamborileando con irritación sobre la mesa de caoba.
—John, el que no aprende de su pasado está destinado a repetirlo. Yo busco la verdad; los abogados se dedican a torcerla.
Los ojos de John se estrecharon, y una sonrisa amarga asomó en sus labios. Su voz se volvió más venenosa, un susurro cargado de desprecio.
—En estos momentos me doy cuenta de las consecuencias de que te criara un hippie.
Rothman se tensó, una chispa de orgullo herido brillando en sus ojos.
—Mi abuelo luchó toda su vida por la paz —replicó con firmeza, su voz temblando de rabia contenida.
John soltó una carcajada burlona.
—Era un vago sin oficio ni beneficio.
Rothman apretó los puños, su mandíbula tensa.
—Y tu padre, un explotador.
Un silencio se extendió por la sala, interrumpido solo por el tictac insistente del reloj de pared. La mueca de John se endureció.
—Hizo una fortuna.
—A base de hambre —replicó Rothman con voz rota, sus palabras cargadas de amargura.
John, con el rostro enrojecido, replicó en un susurro venenoso:
—Igual de idiota que tu madre.
Rothman se levantó de un salto, sus ojos ardiendo de furia.
—¡De mi madre no vas a estar hablando!
Fue entonces cuando John, en un arrebato de cólera, cruzó la mesa de un manotazo y lo golpeó en el rostro. Rothman retrocedió, tambaleándose, una mano llevada instintivamente a la mejilla, el ardor de la bofetada quemando su piel.
—Me largo —murmuró, su voz apenas un hilo, y sin mirar atrás, salió de la sala, sus pasos resonando sobre el suelo de mármol.
John lo siguió, su voz resonando por el lujoso vestíbulo.
—¡Si te vas, no recibirás un centavo!
Rothman continuó su camino sin detenerse, abriendo la puerta y caminando hacia su moto, estacionada en la entrada de la mansión, con el aire frío de la noche rozando su rostro.
—No te llevarás nada —vociferó John.
Rothman subió a la moto y, con una última mirada, respondió con frialdad:
—Esta me la regaló mi abuelo —y aceleró, desapareciendo en la penumbra de la noche mientras el rugido de su moto se desvanecía en la distancia.
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