El enterrador, temporada 2, capitulo 5.

 Hack y Yosarian estaban sentados en la pequeña mesa de la cocina de la nave, un espacio estrecho pero funcional, donde el aire llevaba un aroma cálido y especiado que invitaba a relajarse. Frente a ellos, humeaba un plato de lo que Hack había llamado sopa galáctica rústica. El recipiente de metal brillante contrastaba con el color intenso del caldo, una mezcla de tonos rojizos y dorados que prometían un festín para los sentidos.


Yosarian tomó la cuchara con calma, examinando el plato con esa mirada analítica que nunca lo abandonaba. No necesitaba probarlo para saber que sería delicioso. La sopa estaba coronada con trozos de carne tierna y hierbas frescas que flotaban como pequeñas islas aromáticas. Unas partículas brillantes, casi como polvo de estrellas, danzaban en la superficie del líquido, reflejando la luz tenue de la lámpara sobre la mesa.


Al llevar la primera cucharada a la boca, cerró los ojos instintivamente. El sabor lo envolvió como un abrazo inesperado: rico, profundo, con un equilibrio perfecto entre lo salado y lo dulce. La textura era un contraste entre lo cremoso del caldo y la suavidad de los ingredientes que se deshacían en su lengua. Había un leve picor al final, un recordatorio juguetón de que Hack nunca hacía nada completamente convencional.


“Esto…” Yosarian dejó escapar un suspiro mientras apoyaba la cuchara en el plato, como si el simple acto de describirlo pudiera empañar la experiencia. “Esto es lo que extrañaba.” Sus palabras eran sinceras, casi nostálgicas. “En la cárcel, la comida era... insípida. Sin vida. Como si quisieran recordarte que ya no eres humano.”


Hack, sentado al otro lado, con las piernas cruzadas y una sonrisa burlona, le observaba con esa chispa de humor que siempre lo acompañaba. “Oh, claro, porque antes de la cárcel tenías una dieta muy sofisticada.” Su tono era una mezcla de sarcasmo y cariño. “Si no mal recuerdo, cuando nos conocimos solo comías comida deshidratada y barras de nutrientes. ¿Te acuerdas de esos cubos que crujían como vidrio?”


Yosarian lo miró por encima del borde de su cuchara, sus labios curvándose en una sonrisa ligera, pero no menos irónica. “Ese fue el pasado.” Se llevó otra cucharada a la boca, disfrutando el sabor mientras las especias calentaban su pecho. “Tú me has vuelto blando.”

La emperatriz caminaba por su cámara privada, el sonido de sus botas resonando en el suelo de mármol pulido. Cada paso era una afirmación de su poder, pero esa tarde, sus pensamientos estaban lejos de la majestuosidad de su palacio. La irritación se manifestaba en su rostro, pálido pero marcado por la intensidad de su mirada. Pensaba en Yosarian. Su astucia, su habilidad para eludir cada trampa, cada amenaza, la desbordaba. No lograba entender cómo alguien tan impredecible podía desafiar su voluntad sin pagar el precio. Lo peor era que, tras cada enfrentamiento, sentía que algo mucho más peligroso se escondía detrás de él, algo que no podía ver, pero que sí sentía: una mente superior, más allá de la suya.


Aquel hombre no era lo que parecía. Yosarian, con su aparente desprecio por la autoridad, su desdén por los protocolos, su actitud desmesurada, se había convertido en una obsesión para ella. Pero la emperatriz se equivocaba. No era Yosarian quien orquestaba el caos, sino Hack, el hombre en las sombras, el estratega detrás de la fachada. Y ahora, decidida a poner fin a la amenaza, la emperatriz convocó a los suyos.


En el aire denso de su oficina, apenas iluminada por la tenue luz roja de los láseres de seguridad, pulsó el comando para enviar un mensaje a los sicarios más letales del Imperio. La respuesta fue inmediata. En el exterior, la tormenta de nieve cubría los paisajes, la ventisca como una cortina de hielo que oscurecía todo a su paso. Dentro, sin embargo, la emperatriz mantenía la calma. Podía oír el crujir de su reloj de pared, y el tic-tac se sintió como una advertencia a Yosarian: su tiempo se estaba agotando.


Mientras tanto, a miles de kilómetros de distancia, en Nueva Europa, un ex militar observaba el retrato de Yosarian con una mirada fría y decidida. La luz de la lámpara reflejaba la cicatriz en su rostro, una marca de guerra que había visto más sangre de la que podía recordar. Su dedo trazó el contorno del rostro del fugitivo, los ojos implacables y la mandíbula fuerte. Había sido una vida de entrenamiento, de lucha, de derrotar enemigos en el campo de batalla, pero ahora su misión era diferente: Yosarian no era solo una pieza en una guerra, sino un desafío personal. La sed de venganza ardía en su pecho. Había algo en ese rostro que lo atormentaba, una mezcla de orgullo y desprecio que lo impulsaba a terminar lo que había comenzado.


La habitación estaba envuelta en la semioscuridad, con el único sonido del suave zumbido del sistema de ventilación. El ex militar, que ahora vestía ropas más informales pero igual de funcionales, nunca perdió el enfoque. Los recuerdos de su pasado como soldado, de la disciplina y el dolor, se combinaban con el presente. Tomó la foto de Yosarian con fuerza, apretando los dedos alrededor del papel, como si pudiera aplastarlo. Sabía lo que debía hacer.


La emperatriz pensaba en sus sicarios. El ex militar pensaba en la caza. Ambos, en sus respectivos mundos, se preparaban para enfrentar la astucia de un hombre que, aunque oculto tras una fachada de caos y rebeldía, se había convertido en el enemigo más peligroso.



Comentarios

Entradas más populares de este blog

Ramsung galactic, capitulo 1.

La hermandad de la piedra, capitulo 1.

El arca, capitulo 9.