El enterrador, temporada 2, capitulo 3.

 La hora finalmente había llegado. Yosarian respiró hondo, el aire denso de la celda le quemaba la garganta, pero no podía detenerse. En su oído, el pequeño chip que Hack le había dado comenzó a emitir un leve pitido. La frecuencia estaba clara: la cuenta regresiva había comenzado. Sin previo aviso, las puertas de la prisión se abrieron con un estruendo metálico, como el rugido de una bestia despertando de su letargo. Las alarmas comenzaron a sonar, el sonido ensordecedor perforando el aire tenso de la celda.


Yosarian, como un animal acechando su presa, saltó de su sitio, moviéndose con la rapidez de un fantasma. Los ruidos de las alarmas parecían distorsionarse en su cabeza, el latido de su corazón era lo único que escuchaba con claridad. La prisión, antes tranquila y asfixiante, se convirtió en un hervidero de caos. Los presos, desconcertados, empezaron a salir de sus celdas, arrastrándose fuera de la oscuridad con rostros confundidos, sin entender lo que sucedía.


Pero Yosarian ya había dado un paso adelante. En un suspiro de rapidez, desapareció en un pasillo lateral, sus botas resonando levemente contra el concreto sucio. La luz fluorescente que parpadeaba a lo lejos hacía que las sombras se alargaran, creando una atmósfera distorsionada, como si el tiempo se hubiese estirado. El aire estaba viciado, impregnado con el olor ácido de la humedad y el desinfectante barato que nunca lograba eliminar la sensación de suciedad.


No pasó mucho antes de que los primeros guardias, armados de furia, se acercaran al pasillo. Yosarian, sin dudar, saltó sobre ellos desde las sombras, sus movimientos precisos y rápidos como un depredador. El sonido de los cuerpos cayendo al suelo fue sordo, el impacto amortiguado por el concreto sucio. Tres, cuatro, cinco, los noqueó con la agilidad de un hombre que conocía bien el arte de la evasión. Su respiración se aceleraba, pero su mente permanecía fría y calculadora. Había aprendido a moverse bajo presión.


Con los pasillos despejados, Yosarian no perdió tiempo. Se agachó junto a uno de los cuerpos caídos y extrajo un par de pistolas, el metal frío y pesado en sus manos. Al escucharlo, el clink del acero lo ancló a la realidad; el sonido de la libertad comenzaba a convertirse en algo tangible. Con rapidez, metió las armas en su cinturón, preparándose para lo que estaba por venir.


Enfrente de él, la rejilla de seguridad que había estado observando durante días apareció ante sus ojos. Los pernos de la puerta, rotos por Hack, daban paso a una abertura irregular. El metal destrozado brillaba en la luz débil que se filtraba desde arriba, y el sonido de los hierros chirriando le pareció una melodía familiar. Yosarian no dudó ni un segundo. Empujó la puerta con fuerza, el metal protestó al moverse, y ante él se desplegó una escalerilla empotrada en la pared.


Bajo la tenue luz roja de emergencia, las escaleras se perdían en la oscuridad. El olor a polvo y a metal oxidado llenaba sus pulmones, haciendo que su respiración se hiciera más profunda, más medida. Cada peldaño que tocaba parecía retumbar en su pecho. Los escalones crujían bajo su peso, pero Yosarian no se detuvo. Bajó rápidamente, el sudor comenzando a resbalar por su frente, pero su determinación lo empujaba hacia abajo, hacia la libertad que lo esperaba.


A cada paso, la presión en su pecho aumentaba. Sabía que el reloj estaba corriendo, y el eco de las alarmas seguía martillando en su mente, un recordatorio constante de que no podía relajarse. Las sombras lo envolvían más y más a medida que descendía, el aire se volvía más frío y denso. Pero Yosarian, con la mente fija en la meta, se perdió en la oscuridad, dispuesto a luchar por su libertad hasta el último aliento.

Yosarian llegó al alcantarillado con los pulmones ardientes, el aire pesado de la cloaca le hacía cosquillear la garganta mientras avanzaba entre las sombras. El suelo resbaladizo bajo sus botas emitía un sonido sordo, un crujido de barro y agua estancada. El hedor de la humedad y el metal oxidado se mezclaba con la acritud de los productos químicos vertidos en los drenajes. Caminó a buen paso, decidido, cada respiración corta y calculada mientras los ecos de los disturbios en la prisión retumbaban a través de las paredes de concreto. Los gritos y el ruido de la violencia, la contención de los presos que ahora eran reprimidos a golpes, llegaron a él como una marea distante. Pero Yosarian estaba enfocado, avanzando hacia la siguiente escalerilla que lo alejaría del caos.


El sonido de los gritos de los prisioneros se difuminó lentamente, y la humedad de las paredes del alcantarillado lo envolvió en una quietud opresiva. En el aire, flotaba un pesado regusto metálico, como si el lugar mismo respirara a través de las rendijas de los desagües. El suave murmullo del agua corriente mezclado con el crujir de las losas bajo sus pies era lo único que rompía el silencio. Con cada paso, la sensación de la tierra mojada le calaba en los huesos, su ropa pegajosa y mojada, pero el impulso de avanzar lo mantenía firme.


Finalmente, llegó a la escalerilla, su silueta se destacó contra la abertura negra que lo esperaba. La estructura de metal rechinó suavemente cuando colocó sus manos sobre ella y comenzó a ascender. El aire fresco y húmedo se volvía más denso a medida que subía, las escaleras crujían, protestando bajo su peso. El murmullo del alcantarillado comenzó a desvanecerse, y el frío de la subida calaba en su piel, dejándole una sensación punzante. Cada peldaño parecía más largo que el anterior, y la sensación de estar dejando atrás la prisión se convirtió en un peso reconfortante.


Cuando alcanzó la cima, se encontró frente a una puerta metálica cerrada. El sonido de su respiración era lo único que lo acompañaba. Al abrir la puerta, se encontró con un pequeño vestíbulo, la luz artificial de las lámparas de neón parpadeando y proyectando sombras alargadas sobre las paredes desnudas. El olor a tecnología, a cables expuestos y a plástico quemado, invadió sus sentidos, y allí, en el centro de la habitación, estaba Hack. Rodeado por pantallas de alta tecnología, cables que se retorcían y dispositivos de control dispersos por mesas llenas de diagramas y planos. Sus ojos brillaron al ver a Yosarian, una sonrisa furtiva cruzó su rostro.


“Te estaba esperando”, dijo Hack, su voz grave pero calmada. “Sígueme”.


Yosarian lo observó un momento, sintiendo una mezcla de alivio y tensión. Sin dudar, lo siguió mientras Hack lo guiaba hacia una compuerta lateral. Al otro lado, en un espacio apartado, estaba la mini nave. Pequeña pero impresionante, con líneas aerodinámicas y paneles brillando en la penumbra. El ruido suave de los motores preparándose para la activación llenaba el aire, una vibración constante que se sentía en el suelo, en el pecho.


Entraron sin palabras. Hack se acomodó en el asiento de control, manipulando rápidamente los controles mientras Yosarian se aseguraba de que todo estuviera en orden. El olor a oxígeno filtrado, combinado con la fría vibración de la nave, hizo que sus nervios se relajaran ligeramente. Cuando las compuertas se cerraron, el mundo exterior se desvaneció, y con un suave zumbido, la nave comenzó a elevarse. Las paredes del edificio quedaron atrás, y la sensación de estar a punto de cruzar una frontera se apoderó de Yosarian. En la oscuridad, los motores rugieron con una potencia creciente, y el zumbido de la nave se convirtió en una melodía familiar, la promesa de la libertad en cada vibración del casco metálico. Sin mirar atrás, Yosarian sintió cómo su vieja vida estaba lejos de terminar.

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